Para cenar, un “faci, o algo sencillo”

Toñy Benedicto

Aquel verano don Miguel y doña Pilar marcharon a pasar unas pequeñas vacaciones en la isla de Menorca. Allí vivía un antiguo vecino de juventud que emigró en los años 60 para intentar cambiar su vida y encontrar un trabajo mejor y a fe que lo consiguió. Tenía muy buenas manos y pronto encontró trabajo como fontanero en una empresa de saneamientos para hoteles. Poco a poco fue ampliando su negocio y en la actualidad era el propietario de una empresa de distribución de productos de saneamiento para hoteles. Sus hijos, todos varones, ayudaron mucho en la expansión del negocio familiar. Vivían todos con sus familias en la bahía de Fornel, concretamente en la ciudad de Es Mercadal y para más concreción frente al cementerio, por lo que la primera noche doña Pilar que no conocía la zona, se asomó un rato por la ventana de su dormitorio para ver “el panorama” y notó que a lo lejos se veía algo así como titileo que le llamó la atención y se quedó durante un buen rato mirando por la ventana ese maravilloso espectáculo que se ofrecía ante sus atónitos ojos.

A la mañana siguiente al comentar, durante el desayuno, el inesperado espectáculo que tuvo la noche anterior y ante su sorpresa, le dieron la razón porque según manifestaron lo que vio con tanta admiración eran ni más ni menos que las velas de los difuntos, pues las ventanas de su casa daban justo enfrente del cementerio municipal. A la noche siguiente y el resto de días del viaje, aun a pesar del calor, doña Pilar durmió con la ventana cerrada y la persiana bajada y además procuraba dormir mirando a la pared y con la espalda para la ventana.

El primer día de su estancia alquilaron un coche, pues la distancia más larga entre un punto y otro era de un máximo de 40 Km, de tal modo que desayunaban en la bahía de Fornel donde tenían el hotel, y comían en Mahón. Por la tarde los amigos los llevaba en su barca de pescadores a lugares insólitos y recalaban en todas las calas que veían. Hicieron excursiones a caballo por los caminos de tierra señalados mediante cuerdas de esparto.

Otro día visitaron el Faro de Cavalleria, excursión que fue muy emocionante. Se trataba de una carretera de 3 kilómetros sobre el mar, dejando a ambos lados un horizonte de agua. Visitaron Cala Tirante, Cala Galdana y Ferrerías donde compraron las famosas abarcas menorquinas y unas botas para el invierno. Otro día iniciaron la ruta hacía los monumentos prehistóricos y construcciones megalíticas conocidas como taulas y talayots.

Como estaban en el mes de julio les coincidió con la fiesta de El Jaleo.

El Jaleo en Menorca, es una Fiesta Popular con mayúsculas. Se trata de una especie de baile que ejecutan caballos y jinetes, al son de una musiquilla popular y repetitiva en el trascurso del mismo. Los caballos elevan las patas delanteras y el jinete debe demostrar su habilidad. Mientras se deleitan con el baile se reparten unos chupitos con una bebida tradicional conocida como ‘pomada’, que se sirve muy fría al tiempo que calienta la cabeza. El público demuestra su habilidad poniéndose debajo de las patas del caballo, evitando que les pisen.

Cada día que salían de excursión con los amigos, la señora María, esposa de uno de ellos, era la encargada de preparar el avituallamiento y como la pobre mujer parecía no tener mucha experiencia en este tipo de cosas, preparaba siempre — “algo sencillo”— según su expresión particular.

Cuando llegaba la hora de merendar, ese algo sencillo, se traducía en bocadillos de casi medio metro de largos en los que siempre había aceite, tomate rallado, y algo más.

Tantos bocadillos comieron que llegó un momento en que doña Pilar estaba hasta el mismísimo moño de tanta sencillez y en una ocasión le sugirió que por qué no preparaba alguna tortilla de patatas para la excursión, o unos pepitos que podrían acompañar con unos tomates partidos, en fin, otra cosa que no fuese siempre ‘algo sencillo’.

—¡Ah, tiene razón, esta noche cenaremos un ‘faci’!

Cuando llegó el momento de la cena, una vez todos sentados alrededor de la mesa, la señora María sacó ‘el faci’, que no era ni más ni menos que media barra de pan tostado para cada uno, con un chorro de aceite y una loncha de jamón serrano encima.