Paisajes urbanos de Cieza, XVI

Joaquín Gómez Carrillo

Al fondo del llamado ‘Callejón del Bodegón’, hace bastantes años que el Parreto puso una ‘timba’. Era un lugar discreto y él se las arreglaba con un bombico medio de juguete, un puñado de cartones de bingo sobados y medio celemín de panizo. Eso caía bajando la Cuesta del Chorrillo, a la derecha; no tenía pérdida: unas escalericas mugrosas y un callejoncico estrecho llevaban a la guarida de quienes sentían la llamada del azar.

En la Cuesta del Chorrillo hubo una de las ‘fuentes públicas’ de agua, las cuales nunca deberían haber quitado. Las fuentes eran la génesis del abastecimiento de agua potable en el pueblo, en tiempos en que ‘la Mina del agua’ aún manaba un caudal generoso. Fueron varias las fuentes que hubo en diversos lugares: en la Calle Capitana, en la Cuesta de las Morericas, en la Cuesta de la Villa, en la Cuesta Cosme o en la Calle Ello, a la espalda del Teatro Galindo, frente a unas casicas humildes, cuya edificación provenía de cuando estuvo allí la primera plaza de toros.

Cuando el ingeniero Diego Templado confeccionó el plano del ‘ensanche de Cieza’ en el año 1924, previó una placeta en dicha zona del Chorrillo con salida al Camino de Murcia, entonces ‘Calle Libertad’. De manera que la comunicación de esa barriada con la parte alta del pueblo no fuera solo a través del embudo estrecho de la cuesta, junto a la Erica del Hospicio (por cierto, el edificio ese alto que hay ahí, querían sacarlo hasta la acera de la Farmacia del Nono, dejando acceso a la Cuesta del Chorrillo por un túnel angosto; pero el ayuntamiento dijo que nones y la obra estuvo parada mucho tiempo).

Por enfrente, más o menos, de la mentada farmacia, y antes de construirse el Palacio de Justicia y un jardincillo triangular con el solar sobrante, había ahí una almazara, la de Doña Mariquita Piñero. En el pueblo hubo desde antiguo muchas almazaras, pues este tenía tradición olivarera; la ‘Huerta’ de Cieza era en su mayoría una vasta extensión de olivar con kilómetros y kilómetros de regueras que partían de ‘el Pantano’ (una enorme balsa redonda situada cerca del ‘Molinico de la Huerta’), a través de las cuales se repartía el agua de riego por tanda.

Al Parreto, algunas tardes se le llenaba el negocio y el hombre se cansaba de cantar los números a viva voz; se raspaba la garganta. Entonces fue a la tienda de ‘Ortuño’ en la Plaza de España, ¿se acuerdan?, a comprar un equipo de sonido de lo más barato que hubiera, de saldo. Le endilgamos un amplificador de válvulas de poca monta, un micro de condensador que había que ‘comérselo’ para que se oyera y unos bafles de cartón piedra que andaban rodando algunos años ya por la tienda. Todo muy económico, que yo le instalé en su timba con cuatro pitos y un tambor.

Antiguamente, la salida de la Cuesta del Chorrillo era por Ronda de Levante, ahora ‘República Dominicana’. De ahí para abajo eran bancales de riego: el ‘Huerto de Ciprián’, con su balsa y su casa en la orilla de la Acequia del Fatego (esto lo sé por mi plano, que he dicho antes, de 1924). Por la Ronda de Levante, cuyas fachadas de las casas, antiguas de más de un siglo, hacen media luna, existía un caminico que iba a parar a la Balsa del Zaraíche, junto a la cual estaba el Matadero (no confundir con el edificio de la Jefatura de la Policía Local, que ése fue otro matadero más moderno). Dicen que mucho antes de construirse el Camino de Murcia, era por la Cuesta del Chorrillo y por Ronda de Levante, por donde se salía del pueblo hacia Murcia. O sea, viniendo de Madrid, se entraba por la Cuesta de la Villa y se salía por la del Chorrillo. La finca del tal Ciprián se regaba con su balsa propia y su manantial. El manantial persiste con su chorrico de agua y se encuentra en los sótanos de ese edificio grande de pisos que hay en la mentada Calle República Dominicana (o Ronda de Levante), que yo lo he visto cómo su agüica nace en la base del muro y está canalizada por una atarjea para que vierta en la red del alcantarillado.

El plano del ingeniero Diego Templado está realizado casi en su totalidad. Como él lo diseñó, sacándolo de su magín, así se han ido construyendo, las calles, las plazas, las avenidas, etc. Pero esa placeta, que él la nombró con la letra ‘F’ (la Plaza de España, que no existía tampoco, la dibujó y le puso la letra ‘A’), no ha llegado a lograrse; seguramente porque había que hundir una casa grande del Camino de Murcia, la número 22 en aquel plano (ahora creo que el número sería el 24). La plaza tenia forma de rombo y en ella confluían la Calle San José, la Calle Florida Blanca y el callejón ciego que hay bajando el Chorrillo, a la izquierda.

En la Cuesta del Chorrillo también había dos almazaras: una a la izquierda, la de Don Pascual Camacho, después de Doña Luisa García; y otra a la derecha, que era de Don Pedro Martínez, y luego de su hija Josefa Martínez y su yerno Mariano Pérez. Todas las almazaras de Cieza, salvo la de ‘los Mateos’, en los bajos del Casino, era movidas con ‘fuerza de sangre’, es decir, una mula con los ojos tapados giraba moviendo el molino de la molturación de la oliva, y, el resto de faenas, incluyendo el prensado de la pulpa en los cofines de esparto, se hacía a brazo o mediante la ley de ‘la palanca de Arquímedes’ (“…dadme un punto de apoyo y moveré el mundo”, dijo una vez el sabio de Siracusa).

El Parreto se ganaba un dinerete con la timba. Se buscaba la vida. Los hombres que deseaban tentar la suerte llegaban, se sentaban a las mesitas trompeando una cerveza y pedían el cartoncito de bingo. Una vez repartidos los cartones, negros ya de tocarlos con las manos sucias, el Parreto echaba un puñaico de panizo sobre cada mesa y se iba a donde tenía el pequeño bombo con las bolas. Giraba la manivela, agitaba el bombo y dejaba escapar una a una las bolas. “¡El deciséis!”, “¡el vinticuatro!”, “¡el trentiuno!”, iba cantando con el micro. Los hombres ponían sobre los números granos de panizo, hasta lograr línea, o bingo.