París-Murcia

Francisco Javier Salmerón Giménez

En la noche del 14 al 15 de octubre de 1879 coincidieron las crecidas del Segura y del Guadalentín. Tras atravesar los términos de Lorca, Alhama y Librilla la avenida llegó al paso de los Carros, donde el Guadalentín perdía su antiguo y natural cauce, cuyo dique destruyó, lo que ocasionó que las aguas buscaran su cauce natural por el llamado Río Seco.

En Murcia las aguas alcanzaron una altura de 10,70 metros sobre el fondo del cauce y en su huerta el agua alcanzó una altura máxima de dos metros y treinta centímetros sobre los bancales, mientras que en el término de Lorca se llegó a tres metros y veinticinco centímetros. En el de Cieza la mayor elevación de las aguas fue de un metro.

El resultado de la inundación, que se conoció como la inundación de santa Teresa, fue un auténtico desastre para el conjunto de las poblaciones asentadas en las vegas del Segura y de sus afluentes. Se extendió además por la zona de Águilas y Puerto Lumbreras. La tormenta descargó también en la zona almeriense, donde originó el desbordamiento del río Almanzora. Las aguas provocaron grandes destrozos también en Cehegín, Moratalla, Mula y Cieza. Sólo se salvaron de la corriente de agua los pocos edificios bien construidos, pues todos los de los colonos fueron destruidos y sus habitantes sólo disponían de las ropas que se habían puesto precipitadamente en el momento de su huida. Y al comenzar la inundación durante la noche no pudieron salvarse mulas, bueyes y cerdos.

El desastre ocasionó una verdadera corriente de solidaridad por toda España, corriente que superó por primera vez los Pirineos, dando lugar a episodios en los que franceses, belgas y ciudadanos de otros países se volcaron con los damnificados.

En este sentido cabe destacar el éxito del periódico ilustrado que la prensa parisina editó en París con el título de Paris-Murcie, cuya recaudación sería destinada al socorro de los damnificados y que estuvo dirigido por M. Edouard Lebey, director de la agencia Havas. Pronto sobrepasaría los cálculos más optimistas realizados con antelación pues los pedidos afluían de toda Europa. Lebey lo calificaría a primeros de diciembre de 1879 como “un éxito que se acentuaba más cada día”.

El legendario periódico salió a la luz el 20 de diciembre de 1879 con una tirada de 300.000 ejemplares al precio de un franco y se pudo adquirir en las redacciones de muchos periódicos europeos.

Lebey había creado un comité director que agrupaba a los más prestigiosos periodistas franceses del momento que consiguieron la aportación de importantes firmas. Los miembros del Comité, además de Lebey, fueron Hippeau, redactor del L’Événement, Laffite, director del Voltaire, Adrien Marx, redactor del Figaro y Arthurs Meyers, director del Gaulois.

Como el periódico La Discusión describió, “las ilustraciones y grabados, notabilísimos por todos conceptos, compiten con el texto y son obra de Meissonier, Doré, Gerome, Madrazo y de otros artistas cuya fama es europea”. En efecto, su contenido aguardaba tras una espectacular portada debida a Gustavo Doré, pintor y escultor francés que alcanzó fama internacional como ilustrador, gracias a obras como la que lo abría.

Sus 24 páginas, impresas por la casa Plou y compañía acogen firmas de la calidad de Víctor Hugo o Alejandro Dumas o de importantes personajes como el Papa León XIII o el rey de España. El periódico La Época comenzó su descripción del siguiente modo:

“La portada es obra de Gustavo Doré, de ese lápiz maravilloso inspirado por una imaginación más maravillosa todavía. El dibujo representa una familia de inundados refugiándose sobre el techo de una casa, rodeada por el agua; en el fondo, y disipando las tinieblas con los celestes rayos que irradian de su cuerpo, aparece el ángel de la Caridad. Esta composición, tal vez una de las más poéticas y bellas de Doré, explica el objeto del periódico. Rompe la marcha, en la parte literaria, Víctor Hugo con un poema en prosa, titulado Fraternidad. Alejandro Dumas, hijo, dedica su artículo al pobre Manzanares, que de fijo se siente incapaz de hacer una infamia como la del Segura. Garnier se dirige al prefecto del Sena suplicándole que permita a los parisienses edificar como les dé gana. En las dos páginas de dibujos que signen aparecen las firmas de Madrazo, Gerome, Dubufe, Beme-Belleeour, Boulanger, Tony, Fleury y Lepage…”.