Los recelos

Toñy Benedicto

Trabajaban en un almacén de frutas en donde se repartían el trabajo por tramos horarios y cuando era necesario, el encargado de que todo funcionase bien tenía la facultad explícita del jefe para cambiarles de puesto, en el caso de que hubiera algún problema bien de horario, bien de relaciones entre ellos o que surgiera algún imprevisto de última hora, como podía ser el que tuvieran que echar más horas por haberse retrasado la llegada de la fruta, o que un camión se hubiera estropeado a última hora y debían esperar a que fuera reemplazado por otro.

El caso es que entre los trabajadores nunca hubo sus más ni sus menos. Todo lo contrario, eran tantos años trabajando juntos que habían trabado algo más que una simple relación de compañeros. Entre los hombres y las mujeres había surgido una sincera amistad y se ayudaban mutuamente, pero había una excepción, como siempre suele ocurrir en un lugar en el que hay muchos trabajadores.

Se trataba de Frasquito, un compañero que había dado que hablar mucho últimamente entre el resto de trabajadores debido a su ascenso meteórico, pues hacía relativamente pocos años que llevaba trabajando en la empresa y recientemente había sido ascendido al puesto de encargado general de frutas y verduras, a simple vista sin justificación meritoria alguna.

El dueño lo nombró responsable de la gestión del proceso de compra e importación de los productos que se manipulaban en la empresa. Su trabajo consistía en controlar la mercancía comprada asegurando que estuviera en condiciones de calidad y frescura. En ausencia del jefe por cualquier motivo, la responsabilidad de la disponibilidad del producto en los mercados, y de la buena marcha del negocio sería siempre de Frasquito.

El caso es que el dueño del almacén llevaba una temporada en la que se ausentaba mucho de su negocio sin dar explicación alguna y surgieron los dimes y diretes entre los trabajadores así como la elucubración de si llevaba una vida algo extraña, que ya no era el mismo, incluso aseguraban haberlo visto en compañía de una mujer que no era su esposa, en fin, los cotilleos de bajo copete que no tienen ni pies ni cabeza y que se hacen por el placer de criticar cuando alguien ve algo que no es habitual en la conducta usual de una persona y en el caso del jefe, que siempre había sido un hombre muy pendiente y cariñoso con su mujer, no tenía ningún sentido.

Por su parte Frasquito, lejos de llevar un comportamiento ejemplar desde su ascenso que fue muy ‘comentado’ por todos los trabajadores del almacén, precisamente por el poco tiempo que llevaba trabajando en la empresa, y porque a partir  de ese momento pasó a ser lo que dice un chaquetero con el jefe, y de hacer su trabajo de forma impecable como era llevar un control exhaustivo del stock de frutas y verduras, para evitar habladurías del resto del personal, ‘se dejaba caer’ en sus obligaciones razón por la que con el paso del tiempo comenzaron a tener problemas generados por los errores de la falta de almacenamiento de los productos que debían manipular diariamente. El resto de los trabajadores se daba cuenta de que el jefe no le exigía la responsabilidad debida precisamente por su ascenso y a las elucubraciones sobre lo que estaba sucediendo siguieron las habladurías y chismes entre ellos, siempre haciendo referencia a sus ausencias con excusas injustificadas, lo que provocó un cierto malestar entre el resto de compañeros que no paraban de darle vueltas a la cabeza tratando de averiguar qué estaba pasando con este compañero a quien no le echaban en cara ni sus ausencias y mucho menos su bajo rendimiento que causaba perjuicio en la buena marcha del trabajo en equipo que realizaba el resto del personal del almacén.

Un día a la hora del descanso, no pudieron evitar sacar a colación la deferencia en el trato que tenía el jefe con Frasquito y en el transcurso de la conversación a alguien se le encendió una lamparita en la cabeza y sin pensárselo dos veces dijo

—¡algo sabe Frasquito muy personal y secreto y por eso no lo echa el jefe!