Sopa y hamburguesas

Toñy Benedicto

Visitar a los abuelos durante los fines de semana, fue una costumbre que se instituyó en la familia desde el nacimiento del primer nieto. Eligieron el domingo para juntarse todos a comer. Al principio la abuela hizo el propósito de que cada domingo fuese diferente, por lo que no repetía comida. Aquella decisión no dio sus frutos porque había comidas que a los niños no les gustaban. Cuando se sentaban a la mesa siempre había alguno que decía que no quería comer de eso que había en el plato porque no le gustaba y que no iba a comérsela, momento que aprovechaban el resto de primos para hacer una piña entre ellos y al final terminaban, por un lado, los padres enfadados, por otro los niños llorando y la abuela intentando mediar sin resultado positivo alguno, pues entre tanto llanto y alboroto, la comida se quedaba en los platos. Tras varios intentos para que todo saliera bien, la mayoría de veces fracasaban por la comida. A los niños les apetecía siempre algo diferente de lo que comían en su casa de forma habitual.

Un día convocaron una reunión familiar con el objetivo de conseguir un acuerdo. Después de mucho hablar entre ellos, dando cada uno su opinión y su menú, llegaron a la conclusión de que todos coincidían en que la paella era la comida de la abuela que más les gustaba y les apetecía tanto a pequeños como a mayores, por lo que al final tras una Entente Cordiale para que todo quedara en una armonía familiar, decidieron que todos los domingos del año y aquellos días en que se juntaran todos a mediodía en casa de los abuelos, la abuela haría ‘paella’ para comer. Les gustaba el sabor especial que tenía el arroz de la abuela y desde aquel momento esa comida quedó como una institución, cada vez que estuvieran en casa de la abuela, o bien si la abuela les visitaba en sus casas.

A partir de esa decisión no hubo más problemas con la comida familiar. Fuera la época del año que fuese o la fiesta que celebraran, cumpleaños, santos, o simplemente porque sí, porque les agradaba comer todos juntos, el menú sería paella, ensalada y fruta. Podrían faltar el aperitivo, la ensalada o la fruta, pero tuvieron claro que la paella era sagrada. Bajo ningún concepto cambiarían la paella por otra cosa.

Comer paella era una fiesta para todos. Los adultos muy contentos porque los niños comían muy bien y los niños por su parte nunca ponían objeción alguna ante la visión del delicioso plato de arroz cocinado por su abuela.

El caso es que cada vez que la abuela estaba presente siempre había paella para comer.

Los niños tienen a veces una imaginación fuera de lo normal y si además la niña o el niño son de los que se montan en su cabecita una historia sobre su vida y sobre todas las personas que están a su alrededor, puede salir algo explosivo.

En una ocasión los padres de los nietos más pequeños tuvieron que marcharse de viaje y los niños se quedaron en casa con sus abuelos. Llegaron casi a la hora de dormir, ya cenados de su casa. Tan solo deberían tomar el vaso de leche y derechos a la cama. Todo salió muy bien. Todos muy contentos. Al día siguiente la abuela les preparó su desayuno con leche y galletas, un bocadillo pequeño a la hora ‘del recreo’ y dudó en preparar una paella para comer. Los niños estuvieron encantados. Para merendar tomaron un bocadillo, todo normal y todos muy felices, pero cuando llegó la hora de la cena la abuela les preparó el menú que solían tomar en su casa, de primero un platito de sopa y de segundo, unas hamburguesas. Los niños cenaron divinamente. Dijeron que todo estaba muy bueno, pero de pronto el mayor de los chicos miró a su abuela de forma extraña y le preguntó:

– abuela, si tú no sabes cocinar nada más que paella, ¿cómo es que nos has preparado para cenar sopa y hamburguesas?