Paisajes urbanos de Cieza, XIV

Joaquín Gómez Carrillo

La parada de los taxis se hallaba entonces en la Esquina del Convento. Algunos taxistas procedían de la reconversión de las tartanas (de tartaneros a taxistas), y otros lo eran por pura vocación. Joaquín Salmerón, el ‘Médico de la guitarra’ (en mi casa, el muy querido ‘chache Joaquín’), era taxista de oficio; se había hecho a sí mismo trabajando en un taller; de modo que era experto mecánico, asunto por otra parte de pura necesidad, pues la tecnología del motor era tan tosca que en cualquier momento de un viaje por carreteras de tierra había que echar mano a la caja de herramientas y hacer que el auto siguiera funcionando y salir de cualquier atolladero.

Cuando la Guerra Civil, los del Comité iban apoderándose por las bravas de los escasos vehículos que existían en el pueblo (“¡Es para la causa, camarada!” y se lo llevaban, y, a brocha gorda, le pintaban en la carrocería ‘CNT’, ‘UHP’, ‘FAI’, según). El Comité había instalado el parque móvil oficial en unas industrias requisadas con entrada por la Carretera de Abarán: unas naves, ahora cochambrosas, que hay un poquico antes de llegar Hospital. Por cierto, allí existe todavía un refugio antiaéreo subterráneo, lleno de basuras y de comperdón hasta arriba. Bien valdría la pena, ya que es el único refugio de la Guerra Civil que existe en Cieza, el limpiarlo y conservarlo como testimonio, y patrimonio histórico material, de una desgraciada etapa de nuestra historia como pueblo.

Muchos años después, en esas naves que hoy se están cayendo cachos y que tarde o temprano tirarán para que el urbanismo de Cieza llegue hasta el Hospital, existió una importante industria conservera: ‘La Ciezana’. Entonces hubo, funcionando a pleno rendimiento, hasta cinco fábricas de conservas de frutas en nuestro pueblo: las dos de ‘Guirao Hermanos’ (en la Estación y en el Camino de Madrid), la de los ‘Martinejo’, en la manzana de frente al Capitol, la ‘Cooperativa de Nuestra Señora la Virgen de Lourdes’, en Barratera, y la antedicha ‘Ciezana’, en el Camino de Abarán. Entonces había trabajo, y ganas de trabajar, y cultura del trabajo también; no como ahora, que muchos jóvenes permanecen, carlancúos, en la casa de los padres esperando que les caiga una breva. Bueno, además de las mencionadas empresas temporeras, las había permanentes, como las dos grandes: ‘Géneros de Punto’ y ‘Manufacturas Mecánicas de Esparto’, en el Camino de Murcia y en el Camino de La Fuente, respectivamente.

Existe una fotografía aérea antigua, muy bonica, en la que se ve la parada de taxis, con los vehículos alineados, en la puerta del Convento. Entonces, carentes de motor de arranque, había que ponerlos en marcha con manivela; el conductor sacaba esta, que guardaba celosamente bajo su asiento, la introducía por un agujerico en el morro del coche y le daba una o dos vueltas briosas, hasta que el motor petardeaba, soltaba un pedo de humo y permanecía en marcha con un frágil temblor. Otras veces la cosa no era tan sencilla, y el taxista, avezado y conocedor de las tripas del coche, levantaba de un lado y de otro las tapas de hojalata que cubrían el motor y tocaba algún intríngulis, o rezaba por lo bajini: “¡…si tienes gasolinica, si tienes aceitico, arranca ya, que me vas a hacer perder la carrera!”.

En el Solar de Doña Adela, que también lo habían tomado al servicio de las necesidades bélicas, lo que tenían era más bien chatarra, a la intemperie, cosa que no valía mucho. Asunto distinto a las naves del Camino de Abarán, que allí estaban los buenos coches y camioncillos arrebatados a particulares. Cuentan de un señorito muy flamenco, un industrial con billetes, que se jactaba de que a él no le iban a quitar su cochazo, y se paseaba con él por las calles, fumando Farias y tirándoles requiebros a las mujeres. Y cuentan que iba por la Calle San Sebastián un día, escupiendo por el colmillo, y vio a dos anarquistas que estaban afanados cambiando el nombre de la calle (eso de cambiar los nombres de las calles ha sido una terquedad recurrente en toda época); uno subido a una pequeña escalera y el otro le daba el martillo, los clavos, y una chapa con el nombre pintado en basto: ‘Calle de Buena Ventura Durruti’. Entonces, el señoritón, chuleándose, se detuvo, sacó la cabeza por la ventanilla y les dijo, que si querían, que arrimaba su coche para que se subieran encima.

Joaquín ‘el Médico’ tenía una ‘Rubia’ preciosa, y no quería que se la llevaran los del Comité (era su medio de vida, el taxi, conseguido con esfuerzo). La subió al Madroñal de noche, y, entre mi abuelo Joaquín y él, la metieron en la bodega, la calzaron sobre cuatro posetes de madera y le quitaron las ruedas; mi abuelo las cargó en el serón de la mula y, por una senda del monte, las llevó a otra casa de la vecindad. Barrieron las rodadas con un escobón y allí permaneció escondido el taxi bastante tiempo. De la bodega hacían uso dos familias, mas imperaba la ley de ‘ver, oír y callar’.

Los coches no se parecían en nada a los de ahora; había un tipo de vehículos, de transporte de viajeros sobre todo, que llevaba parte de mecánica y parte de ebanistería; o sea, a un chasis metálico cualquiera, de cualquier marca y motor, se le añadía artesanía muy bien trabajada de madera; esto eran las llamadas ‘rubias’, por el color natural de la madera.

Los chivatazos tenían ida y vuelta. Alguien, casi al final de la Guerra, se chivó de la existencia del coche en el Madroñal, y alguien se chivó del chivatazo a su dueño. Mi abuelo traería de nuevo las ruedas de noche, con la mula y, hasta altas horas estuvieron trabajando a la luz del carburo. Le pusieron aceite y combustible al taxi, y lo sacaron al camino mediante una bestia de tiro; luego arrancaría perezosamente en las cuestas abajo. Limpiaron bien, echaron Zotal y borraron toda huella.

Los del Comité llegaron al día siguiente, envalentonados, seguros. Mi abuela dijo no tener llave de la bodega; ellos arrimaron un perigallo a un ventanuco y uno metió medio cuerpo: toneles, telarañas y tufo a Zotal.