Federico

Francisco Javier Salmerón Giménez

Decía Pablo Neruda respecto a Federico García Lorca que su voz tocaba a las multitudes como una guitarra. Que tenía el corazón alegre de un niño y un lenguaje que seducía. Su poesía, continuaba, era excelsa y llena de tonalidades y en cuanto a su teatro, representaba los dramas nunca expuestos del pueblo andaluz y de todos los pueblos españoles (Sergio Macías Brevis: El Madrid de Pablo Neruda).

“Era un niño abundante, el joven caudal de un río poderoso. Derrochaba la imaginación, conversaba con iluminaciones, regalaba la música, prodigaba sus mágicos dibujos, rompía las paredes con su risa, improvisaba lo imposible, hacía de la travesura una obra de arte… Este gran juguetón escribió con la mayor conciencia y si desenfrenó su poesía con locura y con ternura, yo sé que era un sabio ancestral, un heredero de la gracia y de la grandeza del idioma español. Pero lo que me sobrecoge es pensar que estaba comenzando, que no sabemos dónde hubiera llegado si el crimen no hubiera aplastado su mágico destino. La última vez que lo vi me llevó a un rincón y, como en secreto, me dijo de memoria seis o siete sonetos que aún persisten en mi memoria como sonetos ejemplares. Era un libro entero que nadie conoce aún”.

Se refería Neruda a los Sonetos del amor oscuro.

Viendo la belleza que nos dejó y pensando en su juventud asesinada, pensaba el poeta chileno en la belleza que no nos alcanzó a entregar.

Antonio Machado escribió un hermoso poema relacionado con la muerte de Federico García Lorca. Lo tituló La muerte fue en Granada. Sus primeras estrofas dicen:

            Se le vio, caminando entre fusiles,

            por una calle larga,

            salir al campo frío,

            aún con estrellas de la madrugada.

            Mataron a Federico

            cuando la luz asomaba.

 

            El pelotón de verdugos

            no osó mirarle a la cara.

            Todos cerraron los ojos;

            rezaron: ¡ni dios te salva!

            Muerto cayó Federico

            -sangre en la frente y plomo en las entrañas-

            …Que fue en Granada el crimen

            sabed -pobre Granada-, en su Granada.

En la mañana del 14 de julio de 1936 el poeta llegó a Granada para instalarse con su familia en la Huerta de San Vicente. Vicenta Lorca, su madre, escribiría al día siguiente lo contentos que estaban todos al tener a Federico con ellos.

Un mes después, ocurrido ya el golpe de estado, se presentó allí (seguimos a Ian Gibson: Cuatro poetas en guerra) una escuadra provista de una orden de detención del poeta, que no pudo hacerse efectiva pues se encontraba bajo la protección de la familia Rosales. Tras una búsqueda infructuosa en la Huerta del Tamarit, fue detenido en la tarde del 16 de agosto.

Saldría esposado del Gobierno civil con otra víctima: un maestro de primera enseñanza, que había sido detenido en su casa por un grupo de falangistas y a quien su familia nunca volvió a ver. Los empujaron dentro de un coche que tomó la dirección de Víznar, al pie de la sierra de Alfacar. Allí las víctimas eran encerradas en la planta baja de un caserón, donde permanecían hasta la ‘saca’. Luego, antes de rayar el alba, recordemos el poema de Machado, se los llevaba ‘de paseo’. Después llegaban los enterradores, que sepultaban los cadáveres allí donde habían caído.

Por la mañana del 18 de agosto ya corría por Granada la noticia del fusilamiento de Federico García Lorca.

Ayer pasé por el barranco de Víznar, donde sigue el poeta, y recordé las manifestaciones de Pablo Neruda, el poema de Antonio Machado y la descripción de Ian Gibson. Y me pregunté qué tipo de País consiente en tener tirado en un barranco a uno de sus mejores poetas, ochenta y seis años después de que fuera asesinado.