Un comercio sin numerario

Francisco Javier Salmerón Giménez

En los primeros años del siglo XIX “la villa depende inmediatamente de la agricultura, sin otra industria fabril y de comercio”, según se puede leer en las actas municipales ciezanas.

Si nos centramos en su actividad comercial, esta era prácticamente inexistente, en parte porque se trataba de una sociedad cerrada, centrada en el autoconsumo, donde las familias se abastecían por sí mismas para cubrir sus necesidades básicas y en parte porque el comercio no era libre, al no existir libertad de precios ni de establecimiento. Para algunos productos existía un ‘rematante’ que pagaba un canon municipal por la exclusividad de su venta, mientras que la venta de comestibles sólo podía realizarse en la Plaza de la Iglesia y sólo se permitía a los agricultores que cogían en fincas propias, mientras que el trigo, la cebada y otros productos que se traían desde fuera no podían venderse en otro lugar, siempre vigilados por el fiel almotacén, un oficial del Concejo encargado de la inspección de pesas y medidas, que portaba siempre con “una romana corriente mediana; media fanega; media arroba de cobre; medio celemín; un cuartillo de hoja de lata y un peso viejo de madera” como utensilios para llevar a cabo su labor.

El número de comercios era muy escaso, existiendo cinco puestos de panadería en las calles Mesones, Posadas, Buitragos y Cartas, cuyo horario acababa con el toque de oraciones de la noche, mientras que la venta de carne se circunscribía a las puertas de las carnicerías o la Plaza, en condiciones realmente insalubres hasta que en 1859 se construyera una carnicería pública.

En 1817 se había establecido una bodega donde debía de reunirse todo el vino que se introdujera en el pueblo, para su distribución posterior en los puestos. Igual ocurría con el aceite y con el aguardiente, que sólo podían vender los particulares que tuvieran su propia cosecha y ello con limitaciones, pues el máximo permitido para la venta particular era de cuatro arrobas.

Sin embargo, a partir de 1827 el vino, el vinagre y la carne pudieron transitar libremente, y en este año se estableció un comercio de grano y se abrieron algunas pequeñas tiendas, como una de ropas. Dos años antes, en 1825 sólo existía una casa de comercio. Si a ello unimos la falta de ‘numerario’ durante toda la década de los 20 del siglo XIX encontramos una economía casi de trueque, pues la cantidad de dinero circulante era muy escasa, haciéndose muchas transacciones en especie.

A partir de 1834 cobró fuerza la idea de establecer un mercado semanal pues sólo durante la feria de agosto podían adquirirse la quincalla, las ropas y el ganado de labor. El mercado semanal podría proporcionar, pensaba en esas fechas el Ayuntamiento, “la baratura de los artículos de primera necesidad para las clases proletarias y facilitar a los demás la expedición de frutos agrícolas aumentando el consumo y los distintos impuestos”. Comenzó a funcionar en 1843, con una periodicidad semanal, siendo el día elegido para su celebración el martes. Durante los meses de invierno se establecería en la ‘placeta’, contigua al convento de frailes, por lo que se le denominará Plaza del Mercado. En él se venderían telas, vidriado, legumbres, pescado salado, azúcar, frutas y otros productos.

Con la puesta en marcha de la legislación liberal que impuso la libertad de comercio se apreció una pequeña expansión comercial, al abrirse dos nuevas tiendas de ropa así como una lonja de chocolate y género de quincalla y establecerse un tercer estanco de tabaco, aunque continuó el contrabando de este. Y un vecino de Murcia comenzó a vender hielo, horchata y limón a partir de la nieve traída de las montañas.

En 1850 existían ya cuatro tiendas de ropa, tres lonjas pequeñas de géneros coloniales y otros efectos y ocho tiendas de abacería, llegándose a la casi total liberalización del comercio, al suprimirse los pasaportes interiores y ordenarse el libre transporte de granos, aunque el vino y el aceite seguían sin libertad de venta, lo que produjo en el pueblo “una ansiedad general para que se dejen en libertad”, lo que terminaría consiguiéndose.