La Mina de los Marqueses

Joaquín Gómez Carrillo

Eran, por aquel entonces, malos tiempos de guerra y algunos hombres jóvenes, en edad de incorporarse a filas, preferían más bien no exponerse a las balas, cosa bastante comprensible. ¡Iba a ser que no!, cuando a estos les llegaba la citación para presentarse al Centro de Reclutamiento que había en ‘Torre Guil’, Sangonera la Verde (Murcia), un pedazo se caserón y finca pertenecientes a gente de mucha alcurnia, que habían sido incautados por el ejército.

Unos preferían esconderse en la propia casa, en algún camaranchón secreto con salida de escape o ventanuco al corral (hubo quien pasó la Guerra oculto bajo un montón de leña); otros se escaqueaban durante el día y aparecían a dormir en su cama por la noche (se dio el caso de una recién casada que, con el marido supuestamente en el frente de Madrid, le crecía y crecía la barriga y no sabía cómo ocultársela, naciendo felizmente la criatura a los pocos días de acabar la Contienda, cosa que el padre celebró contento y feliz, ya a cara descubierta, por no haber estado en el lado de los perdedores). Pero aún había otros a los que llamaban ‘emboscados’ (no tiene nada que ver la palabra con ‘el maquis’ o resistencia a ultranza en la posguerra). Los emboscados eran los que se echaban al monte, ‘al bosque’; algunos con armas, que se las traían del frente cuando ponían pies en polvorosas y decían “esto no es pa mí”. En la Sierra de Ricote hubo la más famosa ‘partida’ de emboscados, que escapaban siempre a las batidas y tiroteos de la Guardia de Asalto; esta partida fue conocida con el nombre del que la lideraba, que no voy a desvelar aquí. Luego, una vez que volvieron a tañer las campanas en los campanarios y los curas volvieron a sus misas, ellos se presentarían a la nueva autoridad, exultantes de su ‘no colaboración con el ejército rojo’, y recibirían parabienes y hasta empleos con gorra de plato.

En general, todos ellos constituían una especie de ‘resistencia’ pasiva, una forma de no tomar parte en la sangrienta lucha de las dos Españas. ¿Tenían ideología? Quizá sí, pero no hasta el punto de defenderla matando o exponiéndose a morir. En general, los incorporados a filas, se podría decir que era por dos motivos: el primero y más común el geográfico, es decir, tú eras de la provincia de Murcia y te tocaba pegar tiros para allá, te daban una instrucción de urgencia con fusiles de palo y te mandaban a la trinchera; lo mismo ocurría con el que era de la provincia de Salamanca, a ese lo ponían a pegar tiros para acá. Así de sencillo: según fueras de un sitio o de otro, te obligaban siempre a matar al de enfrente. Otro motivo era por ideología; en estos casos se alistaban voluntarios tan contentos (leí una carta de uno de Cieza: “Queridos padres —decía—, estoy muy bien; estamos matando munchos fascistas; ¡no vamos a dejan ni uno!”. El muchacho ignoraba que los ‘fascistas’ no se dejaban matar tan fácil, y, en un momento en que salió de la trinchera a aliviar la vejiga, lo barrieron con una ráfaga de ametralladora. ¡Una lástima! Ni que decir tiene que en el otro lado ocurría tres cuartos de lo mismo: los convencidos por ideología estaban igual de encantados ‘matando rojos’.

Había casos excepcionales: con ideología, con odio, con ganas de ir a por el enemigo, pero en geografía contraria; esos casos se resolvían ‘pasándose’: los del ejército nacional cruzaban las líneas gritando: “¡No disparéis camaradas, viva el comunismo libertario!” (eran los menos); mientras que los del ejército republicano se pasaban, con los brazos levantados, repitiendo a voz en cuello: “¡Viva Franco, arriba España!”.

Pero unas décadas antes de toda esta historia de la maldita Guerra Civil, había llegado a Cieza un inglés emprendedor, Bernard H.B. (para los que aquí, Bernardo, fundador de la saga de los Brunton en nuestra localidad). Entre las varias empresas que llevó adelante hubo una algo singular, creada para realizar prospecciones mineras en la Sierra del Oro, con el fin de hallar y explotar mineral mediante galerías subterráneas. Los mineros se instalaron en una casica junto al Pozo de la Nieve, justo en el paraje del Madroñal. (Cuando se hartaron de picar sin mucho provecho ni porvenir, se largaron entregando a mi abuelo Joaquín la llave de dicha casa y un puñado de herramientas mineras y cachivaches varios. Con uno de aquellos carbureros yo empecé a hacer espeleología).

Llegaron a realizar, al menos que yo conozca, cuatro o cinco galerías en diversos lugares de un área concreta de la sierra, en busca de las ansiadas vetas de mineral, que parecían ser esquivas. Una de estas minas, creo que la más prometedora, que no tendría más de 40 o 50 metros, estaba en una abrupta ladera poblada de albaidas y lentiscos, un lugar muy poco accesible y casi oculto para quien no conociese bien el terreno.

En tiempos de guerra, una familia que habitaba en un paraje cercano tenía prolífica descendencia, y, entre los hijos varones, dos de ellos en edad de marchar al frente. A estos dos fulanos, que les habían apodado ‘los Marqueses’ y eran de inclinación de mal vivir, lo de exponerse a las balas en el frente no entraba en sus aficiones. Así que se ocultaron; ¿dónde? En esta última galería citada. ¿Quiénes lo sabían? Su familia y algunos vecinos que eran de la condición de ‘ver, oír y callar’.

Mi abuelo había dejado la llave de la casica de los mineros a una familia ciezana que tenía un hijo tísico, desahuciado (la tuberculosis era un azote mortal). Cuando el tísico se murió, desinfectaron la casa con cianuro y las tristes pertenencias las arrojaron al Pozo de la Nieve. Los Marqueses, se metieron al pozo y se llevaron lo aprovechable a la mina, y allí permanecieron a salvo de la Guardia de Asalto que los buscaba. ¿Qué pasó? Pues que siendo estos de mala catadura, robaron de noche un cerdico en el campo de Abarán y, como lo acuchillaron previamente para que no fuera gruñendo, por el rastro de la sangre serían descubiertos.