Cieza y sus ciclos de progreso

Francisco Javier Salmerón Giménez

Hoy resulta difícil encontrar una morera en Cieza, aunque los niños encuentran sus hojas, indispensables para que el gusano se convierta en mariposa. Pero en los siglos XVI y XVII su cultivo era el predominante y los campos de Cieza se encontraban recubiertos por ese árbol. La gran demanda de seda fue responsable de ello y la respuesta que los ciudadanos de Cieza dieron a la necesidad de sus hojas llevó a una época de prosperidad general para la población, constituyendo la principal fuente de riqueza del municipio.

La ciudad dio su primer estirón desde que en el siglo XIII los repobladores cristianos abandonaran la enorme ciudad abandonada por los pobladores islámicos en el cerro del Castillo, después de un primer intento de recuperar el complejo entramado urbano de Siyasa.

En base al desarrollo de la industria sedera aumentó la población y creció la ciudad, en una primera fase de crecimiento económico que continuaría en los siglos sucesivos, aunque no a través de un ritmo continuado y sostenido. Porque en torno a 1850 sólo quedaban en pie unas 450 moreras. A comienzos de ese siglo el trigo y la cebada significaban más de la mitad del total. Una dedicación a una agricultura extensiva que produjo un decaimiento económico, que unido a la destrucción realizada por los ejércitos franceses en 1812 llevaron a un general retroceso.

Como respuesta a esta situación, la sociedad ciezana dedicó un esfuerzo monumental a la ampliación del espacio regable. Contaba con la red de acequias que sus antecesores habían dejado tras el abandono de Siyasa, que volvieron a ser útiles con los años. Y pronto se verían como insuficientes: a partir de 1820 comenzaron a introducirse norias, junto con la ampliación de las antiguas acequias, produciéndose una ampliación espectacular de los regadíos: la acequia de Don Gonzalo regaría 162 fanegas de tierra, mientras que la Andelma (cuyo nombre árabe significa ‘río’) abastecería a 241.

Ello dio lugar, desde 1850, a un período favorable en el que mejoraron las condiciones de vida de la mayoría de los habitantes. Porque ese esfuerzo coincidió con el despegue de la horticultura, en especial de los agrios, comenzando a un nuevo ciclo agrícola caracterizado por una agricultura exportadora, ya no de subsistencia, movida por la diversificación de la dieta alimentaria y la mejora del consumo en importantes sectores sociales. El campo de Cieza se encaminó hacia la producción hortofrutícola, donde el rey de la huerta sería por vez primera el albaricoquero y vio como en la década de los noventa llegaban los perales.

Más tarde tendría lugar la tercera fase de desarrollo, basada en el esparto, aunque su origen habría que buscarlo en 1870, cuando se instalaron las primeras fábricas textiles. De modo que el esparto, una planta que soporta la sequía habitual de nuestra tierra sería el origen de la transformación de la economía y de la sociedad ciezanas, hasta el punto de que la mitad de la población se ocuparía de su producción, en unas condiciones difíciles para los trabajadores. En 1932 había 22 fábricas esparteras, donde trabajaban 1.500 obreros y obreras.

La política autárquica que el general Franco impuso tras su victoria, una política negativa en tantos órdenes para la vida de varias generaciones de españoles, supuso sin embargo que la industria espartera pudiera continuar su desarrollo sin acusar la competencia de otras fibras que iban ganando terreno, de modo que en los años 50 continuaba existiendo en Cieza una potente industria basada en el esparto y que era casi la mitad de la de toda la de España. Sin embargo, a partir de los sesenta, con la irrupción brusca en el mercado español de fibras artificiales tras la apertura económica, se desmoronó.

La economía ciezana se volvió entonces de nuevo hacia la agricultura, basada en el regadío a pesar del enorme déficit hídrico que soporta, solventado por el trasvase de agua desde el Tajo. En otras poblaciones cuya economía se había sustentado en todo o en parte en el esparto no sucedió así y los capitales generados después de muchos años de industrialización se dedicaron al desarrollo de otros tipos de industria: así sucedió en Crevillente con sus alfombras, en el Elche con sus calzados, en Ibi con sus juguetes. Pero Cieza, cuando los modelos eran los contrarios, volvió a ser básicamente agrícola.