La visita al psiquiatra

Toñy Benedicto

Desde que nació, debido a su gran energía, todos decían que parecía un león. Entre los más íntimos comenzaron a llamarle cariñosamente Leónidas y cuando llegó el momento de su bautismo, una vez todos en la iglesia, el sacerdote preguntó por el nombre que iba a recibir ese niño. El padre respondió de forma rotunda —Leónidas.

Ante la respuesta el sacerdote estuvo un poco remiso, pues le parecía un extraño nombre y le sugirió el de Leónidas-Antonio. Tras un tira y afloja un poco subido de tono entre el padre y el sacerdote porque el padre amenazaba con ‘dejarlo moro’, expresión antigua para decir que se quedaba si bautizar, finalmente llegaron a un acuerdo y el niño recibió el Santo Sacramento del Bautismo bajo el nombre que el sacerdote había sugerido, aunque siempre fue conocido por todos como Leónidas y durante toda su vida hizo honor a ese nombre.

Demostró tener una gran inteligencia, trabajador, servicial, perfeccionista, entusiasta, mucha energía en todo lo que se proponía y con una voluntad de hierro. Era además generoso y complaciente por lo que se hacía de querer. Encontró a una chica de la que se enamoró y toda su vida se dedicó en cuerpo y alma a cultivar ese amor de forma apasionada.

La preocupación por el bienestar de su familia le hacía trabajar más horas de las debidas lo que repercutió en el bienestar de su salud.

Llegó un momento en que a consecuencia de sus problemas con el trabajo perdió el sueño, hasta tal punto que sus amigos decían que se parecía a don Quijote pues pasaba las noches de claro en claro y los días de turbio en turbio y como consecuencia su salud mental comenzó a resentirse y decidió ir a su médico de cabecera quien, tras recetarle algo para dormir y relajarse, le aconsejó que lo mejor sería que fuese a la consulta de un psiquiatra.

En aquellos años ir a la consulta de un psiquiatra o al médico de los locos, como se les llamaba por aquel entonces, no le gustó nada, pero se tomó muy en serio la recomendación de su médico acerca de que debería ir a la consulta de un psiquiatra, aunque en realidad, por muchas vueltas que le daba a la cabeza y por mucho que repasaba su forma de actuar no encontraba nada extraño y mucho menos pensaba en que se estaba volviendo loco.

Por fin, un buen día decidió buscar un psiquiatra. Después de mucho preguntar le dijeron que había un doctor muy famoso que vivía en la capital y que tenía que pedir cita. Al cabo de unas semanas pudo al fin contactar con la clínica y le dieron cita para quince días después. Durante ese tiempo de espera estuvo muy nervioso, apenas podía conciliar el sueño y se le quitó el apetito, algo que para él fue muy malo pues era de la opinión de que mientras no se te quiten las ganas de comer, por muy mal que te encuentres, tu enfermedad no era grave.

Por fin llegó el día señalado, Leónidas se presentó puntual a su cita con el psiquiatra quien, tras hacerle las preguntas de rigor, le miró el fondo de ojos y habló con el paciente de cosas fútiles para que se calmara, luego le recetó unas pastillitas para relajarse y conciliar el sueño al menos durante ocho horas seguidas.

—Con ese tratamiento se encontrará mejor —le dijo el médico y le dio cita para la nueva consulta, un mes después.

—¿Cuánto le debo, doctor? —preguntó Leónidas.

—Son mil pesetas —le respondió el médico.

Sin hacer comentario alguno, Leónidas pagó al médico sus honorarios y se marchó un tanto pensativo, pues aquello le había costado una fortuna.

Una vez pasó el mes que le había dicho el psiquiatra, volvió de nuevo a la consulta y de nuevo le miró el fondo de ojos y de nuevo le dijo que debía dormir y de nuevo le aconsejó que siguiera con lo mismo que le recetó en la anterior consulta.

A la hora de pagar, preguntó cuánto le debía y el doctor le respondió que mil pesetas.

—¿Mil pesetas igual que el mes pasado? —preguntó Leónidas —¿es que por ser paciente suyo no me va a hacer una rebaja?

—No —respondió el médico. Son mis honorarios y esto siempre es igual.

—¡Entonces no vengo más! —le dijo Leónidas muy enfadado.

A lo que el médico le respondió

—Pues si no viene más, ¡ya está usted curado!