La vida y el covid

Joaquín Gómez Carrillo

Fin de las mascarillas, con alguna honrosa salvedad; fin de las restricciones, no sé si con alguna particular excepción. El caso es que el gobierno gobernante ha implantado la normalidad por decreto, como aquel ‘patriarca’ del ‘Otoño del Patriarca’ de García Márquez, que todo lo podía gobernar y someter a su control y voluntad. Ya tenemos permiso oficial hacer vida normal, lo que queramos: llenar los bares y restaurantes hasta reventar, con o sin mascarilla; eso ya queda al libre albedrío del potencial contagiado, del presumible enfermo, del por desgracia futuro hospitalizado, e, in extremis, del que la pudiera o pudiese espichar e irse al otro barrio, que nos tenemos que morir todos alguna vez, ¡venga!, que aquí no va a quedar ni el gato. Pero es la ley. No es que el gobierno haya pensado que el covid ya se ha ido, no, eso no lo creo; las autoridades políticas no son del todo tontas (aunque a veces un pelín sí, ¡válgame dios!) y saben que el covid existe y está entre nosotros, y saben que las jodidas olas de la enfermedad llenan salas hospitales, pueblan UVI y dan negocio a las funerarias; todo eso lo sabe el gobierno gobernante, pero ha de salvar al ‘Soldado Ryan’, que no es otro que las desastrosas cifras económicas, las tasas, los índices, del PIB y el IPC, las curvas cartesianas, que inventó el puñetero Descartes y que en ellas se puede reflejar todo, desde el desorbitado precio de la electricidad hasta la perniciosa inflación, que a los efectos de la cartera del sufrido mileurista, o inframileurista, es como un impuesto más. En fin, que los políticos gobernantes han pensado que “mejor morir de pie que vivir económicamente de rodillas”. Y en esas estamos.

El otro día voy a mi carnicería de barrio, que no es más grande que el medio celemín (la carnicera, con su mascarilla, por supuesto, y yo con la mía, claro), y en estas que entra una chica a cara descubierta, tan pimpante ella, y se extraña y se dirige a mí, e, intuyendo que uno es que no se entera de la película, me suelta “¡que ya no hay que llevar mascarilla!”. La miro, con el gesto de “¿ah síii nena…?”. Pero le digo que legalmente, no, aunque por lógica y por precaución y respeto a los demás, sí. No lo entiende, claro, pues muchas personas asumen que todo puede resolverse a golpe de decreto: a una pandemia se le da la orden de que acabe mediante una publicación legal en el BOE y ya está, así de sencillo. Pues no, mira, le digo a la chica: los contagios están creciendo, las autoridades sanitarias empiezan a hablar de una séptima ola y el personal de los hospitales empieza a temblar por la que se le puede venir encima. Pregunta pazguata: ¿Entonces por qué el gobierno quita las mascarillas?, argumenta la chica. “Por política”, le respondo pacientemente. “Por oportunidad política” (y vaya usted a saber los elementos que se barajan dentro del concepto ‘oportunidad’).

El gobierno lo sabe, que el bicho campa por sus fueros, que sigue fastidiando y poniendo en riesgo a muchas personas. Dicen que los contagios en mayores de 60 años se han doblado en la Región de Murcia, ¡el doble que hace tan solo 15 días!, y ya estamos en los mil y pico por cien mil, que es como decir ¡madre mía, qué hemos hecho nosotros para merecer esto! Como única escapatoria tenemos las vacunas; hemos de confiar en que con ellas la cosa será llevadera, siempre y cuando no tengamos alguna otra enfermedad previa y se complique, y siempre y cuando el Señor sea bueno y la casualidad no nos arruine la salud, que es lo mismo que la vida. Y además queda en nuestras manos una cosa muy importante: el cuidadín. Hay que seguir teniendo mucho cuidadín y no dejarse llevar por la rienda suelta de la norma, del decreto de “apañaos como podáis, que me tienen hasta aquí la patronal de los bares, de los restaurantes, de las casas de juego, y los comités de fiestas multitudinarias de los pueblos y ciudades”; no hay que olvidarse de las buenas y educadas maneras a la hora de entrar a locales cerrados donde hay otras personas, que el covid lo carga el diablo, ¡ojo!; que un real decreto ni quita ni pone covid, y por desgracia, y porque a la fuerza ahorcan, hemos aprendido que las mascarillas protegen, ¡vaya si protegen!, de resfriados corrientes, de gripes corrientes y, por supuesto, de la maldita pandemia.

De manera que dejemos que el gobierno se preocupe de la economía, a ver si nos saca de pobres, y nosotros, cada cual, de su salud, que es lo más importante (como dijo aquel sabio, y sin embargo rey, “más vale honra sin barcos que barcos sin honra”). Más nos vale la salud que todas las riquezas del mundo; o dicho de otra manera: de qué le sirve a una persona trasgredir la prudencia (aunque sea legal hacerlo), meterse en un sitio cerrado y hasta la bandera de gente sin mascarilla, poniendo en peligro su salud. Prudencia es la regla. Prudencia versus ‘decreto no passsa na del gobierno’.

Miren, el primer día de la entrada en vigor de dicha permisividad legal, estoy en la panadería, que no es más grande que un güevo de pava, donde hasta el día antes sólo se permitía la entrada a tres personas a la vez (en realidad sólo hay una dependienta y despacha uno a uno, no entiendo la necesidad de la presencia de más personas), y esa mañana se zampan cinco, ¡venga, todos para adentro!, como en el ‘camarote de los hermanos Marx’; y en estas que llega el listo, sin mascarilla, y además mirando al resto como si fuéramos tontos que no estamos a la última de las brillantes decisiones del gobierno. En fin, menos mal que en mi súper la exigen, y hacen muy bien, no tengo ganas de estar en la cola de frutería y que me tosan en el cogote sin mascarilla. Vamos a ser respetuosos con los demás y tener sentido común. El hecho de que el gobierno levante la obligación de llevar mascarilla (por motivos que no vienen al caso de las buenas pautas de salud social), no implica tener que quitársela si a uno no le da la gana.