Doscientos años después

Francisco Javier Salmerón Giménez

En marzo de 1808 Manuel Godoy intentó convencer a Carlos IV para abandonar Madrid ante la perspectiva que las acciones del ejército francés ofrecían. Había ordenado la concentración en Aranjuez de la fuerza militar disponible para acordar el traslado de la corte al sur de España, acción a la que Fernando se opuso al mantener que el desplazamiento militar francés hacia Madrid era amistoso.

La caída de Godoy significó la desaparición de toda resistencia efectiva a los planes napoleónicos, mientras que la abdicación de Carlos IV, dominado por la situación, dejó el campo libre al reinado de Fernando VII, quien tomó una serie insensata de decisiones que lo llevaron a territorio francés, donde Napoleón arbitró entre padre e hijo para entregar finalmente el trono de España a su propio hermano José, acto al que la mayor parte de la población española se opuso, origen de la guerra de la Independencia.

Con ambos reyes fuera de España, los españoles organizaron una numantina defensa que produjo unos pocos reductos de independencia efectiva, como Cartagena y Cádiz.

El concepto de patriotismo varió de modo que la actuación de los liberales, que tenían en sus manos la dirección del país, no sería determinada por la adhesión a la casa de Borbón sino por la defensa del territorio ocupado y por la liberación de las poblaciones sometidas al ejército invasor. Si con ‘patriotismo’ y ‘patriota’ los ilustrados se referían a la predisposición favorable al sacrificio por la comunidad, en España sirvió para identificar a quienes luchaban contra los franceses, se sacrificaban por la colectividad y luchaban por la libertad. De modo que la idea y el sentimiento de patria o de nacionalidad, la comunidad fraternalmente unida en un pacto defensivo de la tierra española, comenzó a sustituir entre los liberales a su personificación en los reyes.

Por contra, los realistas se consideraban a sí mismos como ‘españoles legítimos’, en oposición a quienes habían provocado ‘la ruina de la Patria’, y a quienes por tanto consideraban como españoles ilegítimos. El general realista valenciano Rafael Sempere expresó los términos anteriores tras enorgullecerse de haber contribuido “a sacudir el yugo que los tenía enajenados de sus antiguas leyes y de su legítima religión”, tras liquidar la obra de los constitucionales.

Hace unos días, un amigo que conoce bien mi trabajo sobre este período me envió un enlace de un artículo publicado en ABC por Juan Manuel de Prada, en que este fija 1812, año de la aprobación de la Constitución española siguiendo los modelos francés y americano, el momento, asegura, en el que comienza a morir España surgiendo el engendro de la Nación Española, con el que los liberales habrían conseguido disolver los vínculos cordiales entre los pueblos de España, bajo una fundente fe común. Y acude a Pemán para referir la obra de Cádiz como ‘birlibirloque siniestro’ que sustituye a España por el engendro de la ‘nación’.

Para el autor constituyó el fracaso de un régimen importado por enemigos de dentro que habría arrebatado a los españoles su pasión común y que llevaría a una ‘decadencia infame’ que nos ha convertido en una colonia de potencias extranjeras ‘y en sentina de todos los vicios’.

Al leer el artículo me vinieron a la mente los esfuerzos realizados por los realistas, que pretendían el mantenimiento incólume de la monarquía absoluta, contra quienes sintiendo una pulsión por la libertad individual o comprendiendo la necesidad de cambios económicos y legales que pudiesen variar la realidad de un país atrasado tras una devastadora guerra, la pérdida de las colonias americanas y la nefasta gestión de los gobiernos de Fernando VII, deseaban crear un marco moderno de relaciones políticas, sociales y económicas.

He recordado a personajes como Rafael Sempere y su concepción de ‘su legítima religión’, tan intransigente que rechazaba principios como la libertad individual, la igualdad ante la ley, la libertad de imprenta y la soberanía nacional, considerados como contrarios tanto a la Religión Católica como a las leyes tradicionales de España. O como el obispo Simón López, que creía en su autoridad para dictar el modo en el que el común de las personas debía vestir en público, intención propia de una teocracia. Y que, curiosamente, escribió un tratado sobre las comedias públicas como ‘escuela de corrupción y sentina de maldades’. O como otro de los defensores del absolutismo, el bandolero Jaime Alfonso el barbudo, elevado al rango de General de la Fe, quien reunió a sus partidarios al grito de “¡Vivan las cadenas! ¡Muera la Constitución!”, ensalzando a Fernando, engalanado con escapularios en una ferviente defensa de la Inquisición. Unidos todos por esa ‘fundente fe común’.

La lectura del artículo me ha causado tristeza, al poder trasladar a su autor doscientos años atrás, como un Voluntario Realista. Como aquellos que en Murcia gritaron de alegría cuando “llegó ya el feliz y deseado día que deseaban los buenos, leales y cristianos españoles… en que animados del ardiente celo y patriotismo por la Religión Sacrosanta, y por los justos derechos de Ntro. Soberano y muy amado Rey, y Señor D. Fernando VII, derribasteis el ídolo de los sectarios e impíos”.

Pareciera que doscientos años después, y tras cinco guerras civiles, nos encontráramos en el punto de partida, como si una maldición nos impidiera movernos de lugar.

Compartir en facebook
Compartir en twitter
Compartir en whatsapp
Compartir en telegram
Compartir en email