Las ganas de ser abuela

Toñy Benedicto

Ricardo y Mari Pepa se conocieron en la clase de párvulos cuando con tan solo cinco años iniciaron la escolaridad en un Colegio Comarcal al que podían asistir los niños y niñas cuyo domicilio estaba censado en el campo.

Esa circunstancia de que el colegio fuera un Centro Comarcal les daba la posibilidad de comer juntos en el comedor escolar. El hecho de compartir mesa ayudó y mucho en que esa amistad, afecto y compañerismo que surgió fuera cada vez mayor entre ellos desde el primer día en que se conocieron.

Siempre se les veía juntos en el recreo, además sus mesas de clase estaban contiguas y aprovechaban para hacer juntos los deberes y actividades de clase.

La vida fue pasando y con ella los años. La pareja seguía con su amistad cada vez más profunda y entre ellos existía una gran empatía y confianza, hasta el punto de contarse sus cosas por muy íntimas que pudieran ser y sin darse cuenta fue surgiendo algo más que amistad. Una llama que se transformó con la edad en un cariño puro y sincero. 

Una vez terminaron la escolaridad continuaron sus estudios en el Instituto de Enseñanza Media del pueblo en donde cursaron el Bachiller.

Al finalizar el Bachillerato Ricardo tuvo que tomar una decisión que le cambiaría el rumbo de vida que se había marcado. Su padre enfermó y él no pudo seguir con los estudios por lo que comenzó a trabajar. Al tener una buena base por el hecho de haber obtenido el título de Bachiller Superior, consiguió trabajo en la oficina de una gran empresa de su ciudad.

Mari Pepa sin embargo pudo continuar con sus estudios, pero prefirió quedarse en casa y aprender las labores del hogar para ser una perfecta ama de casa y de paso estar al lado de su gran amor. Eran otros tiempos y el que la mujer estudiara una carrera no estaba muy bien visto. De hecho, había un lema —la mujer honrada, en su casa y con los pies quebrados, por eso su decisión todo el mundo la vio bien.

Con el tiempo se dieron cuenta de que eso que sentían el uno por el otro era amor sincero y para toda la vida y decidieron llevar su noviazgo en secreto, algo en su interior les decía no debían hacerlo público. Todavía eran muy jóvenes.

Una vez Ricardo volvió del Servicio Militar y Mari Pepa ya había cumplido los 22 años decidieron comunicar a sus respectivas familias que eran novios y deseaban casarse cuanto antes.

Esa decisión no cayó muy bien en casa de Mari Pepa, sobre todo en su madre que pensó que ese casamiento no era muy favorable para su hija, pues ella habría querido que lo hiciera con alguien que tuviera una mejor posición o quizás alguien con más fortuna, sin comprender que la fortuna la tendría junto a la persona que, desde pequeña había sido su amigo y confidente y del que estaba locamente enamorada.

A pesar del disgusto, Ricardo y Mari Pepa se casaron una espléndida mañana de primavera. Hicieron un gran viaje de novios y a la vuelta del mismo se encontraron con que todos sus familiares y amigos les preguntaban —¿qué, ya?, ¿ha ido todo bien?, ellos respondían siempre con una gran sonrisa. A los dos meses de estar casados Mari Pepa comenzó a notar las típicas angustias que aparecen en una mujer cuando está embarazada y efectivamente, en unas semanas lo confirmó. Fue una noticia inolvidable que les llenó de felicidad incluso la madre de Mari Pepa estaba contentísima porque iba a ser abuela, ¡aunque el padre fuera ese yerno suyo! pero dicen que la felicidad dura poco en casa del pobre y cuando Mari Pepa iba a cumplir los tres meses de embarazo, desafortunadamente sufrió un aborto.

El caso es que estuvo con ese problema durante varios años. Al poco tiempo de quedarse embarazada, por mucho cuidado que llevara siempre sufría un aborto, llegando a contabilizar hasta siete.

Comenzaron una larga peregrinación de ginecólogo en ginecólogo, sin importarles el dinero, pues todos eran particulares y con una minuta bastante alta. A pesar de esos doctores tan listos la pobre Mari Pepa siempre abortaba. Se recorrió todas las consultas y cuando ya estaban a punto de resignarse, un día les hablaron de un médico muy joven y muy famoso que tenía la consulta en un hospital muy lejos de donde vivían por lo que tendrían que hospedarse en un hotel. Tras pensar los pros y los contras detenidamente pidieron cita para la consulta. En esta ocasión, aun a su pesar, la madre de Mari Pepa se empeñó en ir con ellos a la consulta del nuevo ginecólogo. Una vez allí, el doctor tras examinarla se puso a leer detenidamente el dossier que le llevaron con toda clase de análisis y pruebas. En eso estaba el hombre muy concentrado cuando sin venir a cuento, la mamá de Mari Pepa comenzó a hablar y así, como quien no quiere la cosa, al tiempo que señalaba con el dedo índice a su yerno, dejó caer la pregunta que le estaba reconcomiendo por dentro desde el primer aborto de su hija —Y digo yo doctor — comenzó a hablar la señora con un tono de voz inocente —si mi hija siempre ha estado muy sana, ¿es posible que quien no pueda tener hijos sea el tío este?