La ignorancia es muy atrevida

Toñy Benedicto 

Antiguamente con la llegada de la primavera que es la época de la celebración de Semana Santa, en las casas solían hacerse limpiezas en profundidad, digamos que se abrían los armarios y comenzaba la faena del cambio de ropa por una más liviana, se sacaban las copas y juegos de café especiales de las vitrinas y se lavaban o limpiaban. A las alfombras les quitaba el polvo acumulado del invierno con un sacudidor de mimbre, porque no existían las aspiradoras y también, si lo necesitaban, pintaban o encalaban las paredes de la vivienda.

Los dueños de las casas optaban por hacer esa faena ellos solos y en el caso de tener que pintar llamaban a un pintor profesional. En la historia que nos ocupa, una familia numerosa por escasez de dinero decidió pintar ellos mismos la habitación de sus hijos pequeños gemelos, con motivo de la Primera Comunión de los niños. Habían hecho el gasto de comprar los trajes, que en este caso eran dos, los dos pares de zapatos, los dos libritos de la Primera Comunión, las dos cruces de madera que llevarían al cuello, en fin, todo lo necesario, calcetines, ropa interior, guantes, y a todo eso añadirían los gastos de la celebración. Al no ser ya bebés pensaron en que deberían cambiar los muebles del dormitorio pues hasta ese momento dormían los dos juntos en una cama de cuerpo y medio. Una alfombra, la mesita de noche y una silla completaban el dormitorio. Para renovarlo decidieron comprar una cama para cada uno, un armario ropero, una cómoda de seis cajones y una mesa de estudio con dos sillas. Además, pintarían también el dormitorio pues estaba demasiado decorado con los cientos de dibujos que los niños habían ido pintando día tras día en las paredes, pues además de para dormir lo utilizaban para jugar, hacer los deberes del colegio, e inventar toda clase de trastadas que terminaron por dejar el cuarto ‘hecho unos zorros’.

Lo primero fue decidir el color de la pintura, azul para las paredes mientras que las cortinas las pondrían blancas. Para ahorrar un poco pensaron que podrían pintar ellos mismos la habitación, total era muy pequeña y sería muy fácil. Hablaron con un amigo que era pintor profesional quien, al darse por enterado no le hizo mucha gracia pues él también necesitaba trabajar, por lo que insistió en que les haría esa faena por un módico precio. A pesar de sus esfuerzos por hacerles desistir de esa idea, no dudó en aconsejarles la pintura que deberían comprar y cómo deberían hacer el trabajo. Faltaba un mes para la celebración de la Primera Comunión por lo que decidieron que ese fin de semana lo dedicarían a pintar, así tendrían tiempo para hacer el cambio de muebles y poner cortinas nuevas.

Llegó el sábado por la mañana y el joven matrimonio se puso manos a la obra. Lo primero fue vaciar la habitación de muebles. El marido pensó que para no mancharse y como no hacía frío, lo mejor sería pintar en calzoncillos, de esa forma si se manchaba, con darse una ducha ya estaría todo solucionado. Y así lo hicieron.

Abrieron el bote de pintura, lo colgaron en lo alto de la escalera, el marido se subió con la brocha en la mano y comenzó la faena de pintar las paredes, pero algo debió de fallar en sus cálculos pues en el trayecto que realizaba la brocha desde el bote de pintura hasta la pared, caían muchas gotas al suelo, por lo que la esposa tenía que ir limpiando con la fregona esas gotas que iban poco a poco haciendo un charco en el suelo mientras intentaba esquivarlas para que no cayeran encima de su cabeza.

Por su parte el ‘aprendiz de pintor’ no dudaba en pasar su mano manchada de pintura, por la cara y la cabeza para secarse el sudor y luego restregarla en los calzoncillos para limpiársela.

Cuando habían transcurrido dos horas pintando escucharon el timbre de la puerta. Era su amigo el pintor que se había pasado un momento para vigilar cómo iba la faena.

Al entrar en el dormitorio y ver el panorama que se ofrecía ante sus ojos, por un lado, el suelo encharcado de pintura azul, por otro su amigo que, subido a la escalera llevaba más pintura en el cuerpo y los calzoncillos de la que había en el bote y su esposa parecía que había ido a la peluquería a ponerse mechas azules en el pelo, no pudo por más que soltar una larga y sonora carcajada.

El matrimonio al ver al pintor riendo de esa manera y con tanta sonoridad se quedó tan extrañado que no salían de su asombro. Fueron tan inocentes que incluso le preguntaron si estaban haciendo bien el trabajo.

El pintor por su parte, que no podía parar de reír, haciendo gala de una gran ironía, tras echarles muchos piropos por lo bien que sabían pintar, no dudó en adular su buen hacer y ofrecer trabajo al pintor novel formando parte de su cuadrilla. El matrimonio de pintores, no tardó en darse cuenta de la ironía que encerraban las palabras de su amigo el pintor y terminaron pidiéndole por favor, que terminara él aquel trabajo, ante su demostrada incompetencia.