Pepote

Toñy Benedicto

Paquita dio a luz en marzo a un niño a quien pusieron por nombre José, como su abuelo paterno, pero como era muy glotón le llamaban cariñosamente Pepote.

Pepote estuvo mamando hasta cumplir los cuatro meses de edad, momento en que, al superar el peso medio, el médico aconsejó a su madre que lo destetara poco a poco y le fuese dando comida normal, hasta que el niño se acostumbrara. De esa forma podrían ir controlando su alimentación y darle aquello que le alimentara bien y no le engordara.

Paquita hizo paso a paso todo el que el médico le decía, pero Pepote, a pesar de que estaba muy vigilado se llevaba a su boquita todo lo que encontraba, ya fuera comestible o no. En una ocasión lo descubrieron hurgando en el comedero del perro que vivía con ellos en casa, comiéndose a puñados el pienso del pobre animal. Enseguida lo llevaron a urgencias y allí pudieron deshacer el entuerto. En otra ocasión se tragó una bolita de anís de caramelo y por poco no tuvieron que ir de nuevo a urgencias.

Pepote, demostró tener una gran habilidad para conseguir sus objetivos, sobre todo si estaban relacionados con algo que llevarse a su ‘boquita de piñón’, como suele decirse, aunque de piñón no tenía nada, todo lo contrario, era un saco sin fondo. Próximo a cumplir los ocho meses de edad, lo encontró su madre sentado en el suelo delante del frigorífico, intentando abrir la puerta. Aquella hazaña fue la gota que colmó el vaso y entonces decidieron ponerle un candado a la puerta del frigorífico para impedir que pudiera abrirlo.

Una vez que comenzó a andar solo decidieron llevarlo a la guardería. Se transformó en un niño encantador que se hacía querer por todos, cuidadoras, cocineras, limpiadoras. Su fina inteligencia le hizo ser el capitán del recreo y todos hacían lo que él mandaba. En una ocasión se ‘pasó tres pueblos’ y embaucó a sus compañeros de guardería para jugar a las guerras, el objetivo fue entrar a la cocina y conseguir galletas que serían el botín de guerra, para luego esconderlas dentro de una caja de hojalata que tenía la maestra en un armario y guardarlas allí a buen recaudo, para cada día ir sacando una para cada uno de los que formaban el grupo hasta que se terminaran. Su estrategia duró poco, pues uno de los chicos se chivó y descubrieron el tesoro que tenían guardado.

Próximo a cumplir su primer año llegó el mes de febrero y con él, la Fiesta de La Candelaria que se celebra, según el santoral católico, el 2 de febrero, en recuerdo del pasaje bíblico de la Presentación del Niño Jesús en el Templo de Jerusalén y la Purificación de la Virgen María después del parto.

Siguiendo esa tradición religiosa los niños nacidos durante el año son llevados por sus familiares a la iglesia. En la tradición judía, las madres tenían que esperar cuarenta días después del parto para purificarse y, hasta entonces, no podían presentar al bebé ante las autoridades religiosas. Este ritual se materializa con una oferta y bendición de velas de cera. Es esta una de las fiestas más antiguas entre todas las que están dedicadas a la Virgen María que fue introducida por el Papa Gelasio I, en el año 496.

Como ocurre muy a menudo en el calendario festivo, esta fiesta religiosa tiene también un trasfondo pagano. Hay quien cree que podría ser heredera de antiguas costumbres romanas que se hacían durante la ‘Parentalia’, una fiesta en la que había procesiones con velas que servía para rendir una especie de culto a las almas de los difuntos.

En las iglesias se recreaban procesiones muy similares a las que debió hacer María una vez pasada la cuarentena. Se encargaban de ellas las mujeres que habían sido madres hacía poco, y llevaban grandes candelas encendidas. La Candelaria es una de las fiestas de la luz que se celebran, y se cree que las velas bendecidas ese día tienen virtudes protectoras y además cierra el ciclo navideño, por esta razón los más puristas de la tradición dictan que no se puede quitar el belén -ni los adornos de Navidad- hasta que no llegue esa fecha. En otro sentido al celebrarse esta fiesta en pleno ecuador del invierno hay quien se rige por el refranero popular que dice: “Si la Candelaria plora, el invierno es fora y si luce el sol, el invierno aumenta su rigor”.

Por otro lado, el dos de febrero millones de estadounidenses observan cómo sale de su madriguera una marmota y, en función de la proyección o no de su sombra, lo peor del invierno estará por llegar o ya habrá pasado.

Ese día de la Candelaria, Paquita llevó a su hijo a la iglesia para celebrar la fiesta. Repartieron velas entre los fieles y Pepote recibió la suya que debía sujetar en alto en espera de que el sacerdote la encendiera. Estaban sentados en los bancos finales de la iglesia, por lo que transcurrieron varios minutos hasta que llegó el turno del encendido de la vela de Pepote y en ese momento se dieron cuenta de que ésta había desaparecido, no por arte de magia, sino porque Pepote aprovechó aquellos instantes en los que su madre no lo vigilaba, para ir dándole bocaditos a la vela hasta comérsela entera, pensando que era un caramelo.