Manantiales: Los Praícos de Doña Ángela

Joaquín Gómez Carrillo

Miren, les voy a comentar una curiosidad: cuando salgan de Cieza por la carretera de Mula y pasen las casas del Maripinar y el restaurante y la antigua escuela, verán que hay una recta que sube en dirección al paraje llamado ‘Rincón de Mula’, y se darán cuenta de que dicha recta acaba en una doble curva cerrada izquierda-derecha; qué extraño, ¿por qué esas dos curvas? Bien, les digo: esta carretera la hicieron a principios del siglo pasado (antes solo había el llamado ‘Camino viejo de Cajitán’), o sea, hace más de cien años, y la mentada doble curva no era por gusto, no; tenía un motivo importante, que a continuación les voy a desvelar.

En el paraje de La Herrada, por donde sube la citada carretera, y pasada la balsa de cocer esparto de Los Marcos (a la izquierda) y las canteras de piedra de yeso de ‘los Migaseca’ (a la mano derecha, en el llamado ‘Collao del Ginete’), se encuentra un poco más al interior del campo la ‘Casa de la Ermitica’ (a la izquierda según avanzamos carretera arriba). Esa finca, con su casona grande con almazara propia, donde habitaban en su ala pobre los medieros, y donde disfrutaban de mejores estancias los señoritos dueños de la tierra, con su capilla anexa a la que podían asistir a misa desde sus aposentos, esa hacienda -les decía-, un secano de viejos almendros de troncos retorcidos, olivos centenarios y viñedos, con algo de rieguecico para el gasto de la casa, es la que llamaban hace muchos años ‘Los Praícos de Doña Ángela’.

Allí sabemos que existían manantiales. En la actualidad meras surgencias de poca importancia, a pesar de que aún se puede ver alguna mina o galería subterránea que construyeran en busca de la vena del chorrico de agua que daba vida a la actividad humana. Vestigios que en el lugar lo atestiguan son algún pozo, alguna balsica de riego y, abajo en el barranco, la Balsa de Pino. Esta es grande y con tres compartimentos; ¿por qué?, porque era una balsa de cocer esparto, una más de las muchas que había en nuestro pueblo. En la industria de la espartería, que llegó a tener en Cieza uno de los mayores auges del mundo (¿se acuerdan del dicho del tiempo de los Austrias de que ‘en España no se ponía nunca el Sol’?, pues en Cieza no cesaba nunca el golpeteo de los mazos; las veinticuatro horas del día ‘¡pom-pom y pom-pom!’ en todas las fábricas), las balsas de cocer esparto constituían el paso intermedio entre los atochares del monte y el proceso industrial.

Ahora uno de los tres sectores de la Balsa del Pino está aprovechado para el riego, los otros dos en estado de abandono. Mas el hecho de la propia existencia de esta balsa nos da a entender el que allí existió abundante agua para su funcionamiento. Es más, hubo un tiempo en que habiendo dejado de cocerse en ella esparto, ésta seguía llenándose de agua; ello lo atestigua el que allí se ahogara un niño de corta edad de los medieros de la finca, y, aunque de eso hace ya muchos años, la tragedia pervive en la memoria de los hermanos que, niños también, corrieron a buscar a sus padres, los cuales no llegaron a tiempo.

Aparte de la mentada Balsa del Pino, a cosa de un centenar de metros existió la ‘Tejera del Tío Almagro’, para la cual indudablemente era necesaria el agua. Las tejeras (en Cieza había varias diseminadas por diferentes sitios) las construían en lugares donde estuviera cercana el agua y la arcilla de calidad. Y como vestigio único, se puede ver un horno de tejera en la vertiente del barranco, frente al que fue el ‘Ventorrillo de la Higuera’, no lejos de la citada balsa y de la propia Casa de la Ermitica. (A unos pocos metros de las ruinas del mentado ventorrillo, a la derecha de la carretera, puede verse otro humilde manantial de agua, que solo sirve ya como abrevadero de aves y otros animales salvajes).

Por todo lo que les cuento, no nos cabe duda de que en esa área de los Praícos abundaban los nacimientos de agua. Y tal es así, que contaban los viejos el proyecto de algún mandatario municipal de hace más de cien años, anterior por supuesto a la construcción de la Carretera de Mula, de traer al pueblo esta agua. Por entonces Cieza, a pesar del caudaloso manantial de la Fuente del Ojo, utilizado mayormente para el riego de los inmensos olivares y demás huerta ciezana, no tenía agua en las casas y la gente se abastecía gracias al servicio de los aguadores, los cuales llenaban sus cubas y vasijas, bien del río, bien de aljibes o manantiales cuando aquel bajaba turbio.

A mi juicio, si dicho proyecto existió (quizá haya documentación que lo corrobore), no estaría seguro de que llegara a funcionar. Pues, aparte de que lo considero algo descabellado por la distancia y las dificultades para salvar barrancos y desniveles, era obvio que en la base de la Sierra de Ascoy, mucho más cercana al pueblo, había también manantiales importantes, como lo fue el de La Mina del Agua, de propiedad municipal, que empezaría abasteciendo las fuentes públicas y pasó luego a suministrar agua potable a las casas (la Mina del Agua también se arruinaría con las perforaciones de los pozos privados en los años sesenta y setenta, ¡qué barbaridad!).

Termino este artículo donde lo empecé: en las ‘curvas del Rincón de Mula’. A la derecha de éstas, según se sube, estaba el Barranco de los Burros (o muladar), profundo, donde arrojaban las caballerías muertas para pasto de las alimañas. Y justo encima de esta doble curva, como obstáculo a esquivar cuando hicieron la carretera, estaba el depósito del agua que iban a traer, o que trajeron, desde los Praícos de Doña Ángela, para abastecer Cieza. Ya no existe, ¡una pena la desaparición de los vestigios!, pero yo lo conocí ruinoso. Tendría unos 4 o 5 metros de ancho por 8 o 10 de largo; y su fondo, de unos 3 metros de profundidad, se hallaba colmatado por el hundimiento de la bóveda de ladrillo que lo cubría.

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