¿Cómo que debe haber?

Toñy Benedicto

Don Pascual era un comerciante que movía un negocio muy lucrativo y por lo tanto daba muchos dividendos. En aquellos años no había tantas entidades bancarias como ahora, que te guardan y mueven el dinero, por eso lo tenía todo guardado en una caja fuerte.

Llegó un momento en que la magnitud del negocio le sobrepasaba y tuvo que contratar a un contable para que le llevara las cuentas, a pesar de que él las tenía todas en la cabeza y sabía en cada momento cuánto dinero tenía en el bolsillo, en la caja fuerte de la oficina, en la de su casa y en el Banco.

Cada día al finalizar la jornada no se olvidaba de preguntar al contable cómo marchaba el negocio. Nunca miraba ni echaba un vistazo a las libretas y las anotaciones en los libros de contabilidad, entre otras cosas porque no entendía de esas cosas.

Tenía una gran confianza en sus trabajadores, especialmente con los de la oficina y en particular con el joven contable. Se lo habían recomendado expresamente unos socios suyos porque según le dijeron —¡había estudiado en la Universidad! y sabía mucho de números y de cuentas, además era una persona de fiar, sincero y muy honrado, como toda su familia. El joven contable le explicaba hasta el más mínimo detalle de la marcha del negocio, con palabras que, según comentaba don Pascual a sus amigos, a veces no comprendía muy bien, pero que dado que el chico había estudiado en la Universidad, era normal que se expresara con unas palabras diferentes a las de los demás —que no hemos ido nada más que a la Escuela en donde aprendimos las primeras letras y poco más —comentaba siempre lleno de satisfacción por la suerte que había tenido al conseguir ese contable universitario.

Todos los días en la oficina, al terminar la jornada de trabajo, se hacía la misma rutina. Primero don Pascual preguntaba cómo había ido la jornada, si llevaban las cuentas al día, y recomendaba que eso era muy importante para la buena marcha del negocio. Después el contable le mostraba los libros de contabilidad a cierta distancia, porque don Pascual no veía bien de cerca. Finalmente, don Pascual guardaba los libros y toda la documentación en la caja fuerte de la oficina, luego se guardaba las llaves en el bolsillo del chaleco y era el último en salir a la calle y cerrar la puerta del despacho con una llave especial de seguridad. Todas las noches de todos los días laborables hacía la misma rutina.

Una mañana dijo a sus empleados que estaría ausente durante un tiempo. Necesitaba hacerse una operación muy delicada en la vista y tendría que guardar reposo. Dejó como responsable de todo al joven contable quien debía pasar todas las noches, después de cerrar el despacho, por su casa para darle el parte del día y notificarle los cambios experimentados en la contabilidad.

El tiempo que don Pascual permaneció en su casa por consejo del médico, todo se hizo como él había previsto y ordenado. No hubo ni un solo fallo. Nadie se puso enfermo ni faltó al trabajo. Todo marchaba muy bien y don Pascual se sentía muy orgulloso de sus trabajadores. Según pasaba el tiempo y siempre con permiso del doctor, don Pascual iba por el despacho de vez en cuando. Comenzó visitando su oficina unos diez minutos —solo para dar una vuelta —decía, pero se quedaba un rato charlando con los clientes que, al verlo tan repuesto, se sentaban a su lado para darle conversación y ponerlo al día de sus respectivos negocios.

Así fue poco a poco, recuperando fuerzas y cada día que pasaba aumentaba unos minutos su estancia en el despacho, siempre bajo la aquiescencia de su médico de cabecera que no se separaba de su lado ni un momento.

Don Pascual se recuperó totalmente de su operación de la vista y se encontraba en plena forma y con las fuerzas suficientes para comenzar de nuevo con la rutina de su trabajo diario.

Un día, de buena mañana, llegó al despacho muy bien vestido, satisfecho y contento. Estaba en plena forma y con ganas de tomar las riendas de nuevo.

Quería ver los libros de contabilidad ahora que ya tenía la vista muy bien. Deseaba revisar las cuentas con sus propios ojos. A partir de ese día comenzaba una nueva rutina. Ya no necesitaba que le dijeran cómo iban, desde ese día las vería por sí mismo.

Llegó la hora de cierre, el joven contable puso los libros encima de la mesa de don Pascual, quien como si de un ritual se tratara, comenzó a abrir los libros con mucha parsimonia.

Lo primero que llamó su atención fueron las palabras que estaban escritas en letras mayúsculas en la parte superior de cada página DEBE / HABER y debajo de cada palabra, escritos los números contables.

Rápidamente preguntó qué significaba aquello de —Debe / Haber, pues no lo entendía —son términos contables le replicó el chico.

Don Pascual le contestó rotundo

—Pero ¿cómo que Debe Haber?, ¡que hay, ¡que hay!, vamos que tengo los dineros guardados en la caja fuerte y por eso sé que hay, no que debe haber.

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