Las cinco monteras

Toñy Benedicto

Esto era una vez un señor que vio en el desván de su casa un trozo de paño grueso y bastante grande, con una textura en su hilado capaz de guardar calor. No estaba mal de color, era algo así como grisáceo y dependiendo de la cantidad de luz a la que se expusiera, estaríamos hablando de un tono entre azabache y plata, un gris perla, o quizás un gris azulado.

El caso es que Pepillo, así lo conocían en el pueblo, necesitaba una gorra o montera para el invierno y pensó que con la textura que tenía ese paño, así como el tamaño bien podría servirle para ir calentito cuando apretara el frío. Sin dudarlo dos veces, agarró el trozo de tela lo guardó a buen recaudo bajo la chaqueta y se dirigió a la única sombrerería que había en su localidad. El dueño era amigo suyo y le haría un buen trabajo además de un buen precio.

—Buenos días amigo Andrés —saludó Pepillo nada más abrir la puerta.

—Buenos días tenga usted, amigo Pepillo, ¿qué le trae por aquí?

—¿Me pregunto si con este trozo de paño, me podría hacer una montera, para este invierno? —dijo mientras le mostraba el paño.

Andrés, el sombrerero, agarró el trozo de tela, lo miró y remiró dos o tres veces, echó un vistazo a la cabeza de Pepillo, así por encima, pues la tenía un poco grande y dando un respingo respondió sin duda alguna que sí, que le podría hacer una montera preciosa y que volviera en una semana, que estaría dispuesta.

Pepillo se marchó muy contento y, no había llegado a la esquina de la calle cuando se paró a pensar y se dijo —muy rápido me ha dicho éste que me saldría una montera, ¿a ver si es que me quiere engañar y con la tela que le he dado sale más de una? Tras lo cual dio la vuelta y regresó a la sombrerería.

—Andrés estoy pensando que por qué no me hace usted dos monteras, así tendré para quita y pon.

Andrés, el sombrerero, se le quedó mirando durante un rato. Tomó la cinta métrica, midió la tela y midió el contorno de la cabeza de Pepillo y tras un fuerte resoplido le respondió que sí, que le podría hacer dos.

Pepillo se marchó tan contento pensando en que había hecho un buen negocio, pero al cabo de un rato volvió a dudar del sombrerero y de nuevo se hizo la misma pregunta —¿y si me está engañando y del trozo de paño pueden salir tres monteras? Es que no se puede uno fiar de nadie —se dijo para sí.

De nuevo volvió sobre sus pasos y de nuevo le preguntó si, en lugar de dos le podrían salir tres monteras. Andrés, el sombrerero, lo miró de soslayo y ya con un poco de sorna le manifestó que sí, que le haría tres monteras, si era eso lo que quería. Y Pepillo volvió a marcharse tan contento y satisfecho.

Así estuvieron un buen rato. Por un lado, Pepillo pensando en que al final su amigo el sombrerero lo iba a engañar y de nuevo se volvió varias veces para preguntarle si le podría hacer alguna montera más.

Por otro lado, Andrés, el sombrerero, siempre le respondía lo mismo —que sí hombre, que sí, que te hago las monteras que tú quieras, ¡faltaría más!, para eso somos amigos.

Al final y después de muchas vueltas, llegaron al acuerdo de que le haría cinco monteras, si era eso lo que quería.

Pepillo se marchó henchido de satisfacción al ver que se había salido con la suya y estaba seguro de que, de esa manera, no le sobraría ningún trozo de tela.

Al cabo de una semana, tal y como quedaron, Pepillo se pasó de nuevo por la sombrerería de su amigo.

—Buenos días Andrés, vengo a recoger las monteras que le encargué.

—Buenos días Pepillo, ahora mismo se las traigo.

Al cabo de unos minutos volvió Andrés, el sombrerero, con las cinco monteras puestas cada una de ellas encima de cada uno de los dedos de su mano izquierda.

—Aquí tiene usted sus monteras, le dijo mostrándole la mano con los dedos boca arriba y con las cinco monteras, una en cada dedo.

Pepillo se quedó perplejo al ver las cinco monteras tan pequeñitas y le dio las quejas por lo pequeñas que las había hecho, pues no se las podría poner.

A lo que Andrés, el sombrerero, le respondió

—¿Usted no quería cinco monteras?, pues aquí las tiene una, dos, tres, cuatro y cinco —le dijo señalando cada una de las monteras al tiempo que las contaba una a una con ayuda del dedo índice de su mano derecha.

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