Tiempo de pascuas

Joaquín Gómez Carrillo

La Pascua, digamos la genuina, es la que se celebra en la Semana Santa: la de Resurrección, la que se engarza con la tradición hebrea de celebrar en el primer plenilunio de la primavera la salida de Egipto del pueblo de Israel acaudillado por Moisés. Sin embargo, en los tiempos navideños (finales del mes de diciembre y principios de enero) hay un par de pascuas que celebrar; estas son la Pascua de Navidad, o del nacimiento de Cristo, establecido de forma convencional desde hace siglos en la Nochebuena del 24 al 25 de diciembre (en realidad no se puede saber cuándo nació Jesucristo, y más bien, por las pistas evangélicas, puede ser que fuera en el otoño, pero al establecerse el cristianismo como religión oficial del Imperio Romano y entrar a saco, a veces en plan talibán, con el paganismo y sus fiestas politeístas, se decantaron por la mentada fecha para cargarse las ‘saturnales’ o fiestas en honor al dios Saturno). La otra pascua que celebramos ahora es la Adoración de los Reyes Magos (en realidad, la Biblia nos dice que eran «…unos magos que venían de Oriente», lo de ‘reyes’ es un añadido porque queda mucho mejor, da más solemnidad a la cosa, ya que así, unos magos a secas, uno se puede imaginar a Tamariz, en lugar de a esos personajes multirraciales de luengas barbas).

Bueno, el asunto es que venía a decirles que al haber en las fechas que estamos las dos pascuas mencionadas, pues es muy correcto felicitar de esa manera: ¡Felices pascuas! Lo que no se puede decir es «felices navidades», eso no, ya que Navidad solo hay una; ni tampoco pega mucho, desde el punto de vista religioso -y estas son festividades religiosas por excelencia-, el decir «felices fiestas», pues el sentido de la Navidad es mucho más profundo que el de una fiesta cualquiera.

Mi abuela, en estos días de primeros de enero solía decir «Ya s’ha pasao la Nochebuena, San Silvestre y Año Nuevo; ahora queda que pasar la Pascua de los caballeros», sin duda hacía alusión a la Pascua militar, que se celebra justo en la epifanía o Pascua de los Reyes Magos. También otro refrán que amplificaba los tiempos navideños era aquel que aseguraba que «Hasta San Antón, pascuas son». Pero eso nos trae el recuerdo de otra época, cuando el tiempo de las pascuas era más sencillo y a la vez más extraordinario.

Miren, las sociedades cambian; es lo normal: unos tiempos traen otros y, en contra de lo que afirma Jorge Manrique en las ‘Coplas a la muerte de su padre’, no todo tiempo pasado fue mejor ni nos ha de parecer mejor. Ahora las pascuas navideñas se viven de forma muy distinta y con menos rasgos extraordinarios. Ahora lo típico es que se dispare el consumo y se practique el consumismo; pero en realidad hacemos las mismas cosas que en el resto del año: comer bien, tomar dulces, beber alcohol, tener ocio festivo, comprar juguetes a los niños, etc. Eso lo hacemos todo el año. Por eso, aunque dichas prácticas aumenten y se disparen durante estas pascuas, no llegan a ser nada extraordinario. La vida es aburridamente igual en estas fechas que en el resto del año, pues en resumen, en Navidad, no hacemos otra cosa que realizar más de lo mismo.

Antes, y remontándonos unas cuantas décadas, cuando éramos más pobres y todo era mucho más simple, y nuestra sociedad estaba más deprimida, las pascuas se vivían como un hito en la rueda del año: se comía carne, cosa que abundaba poco en la mesa de las clases bajas; se tomaban dulces, que normalmente tampoco estaban en la gastronomía diaria; se cantaban villancicos y se visitaba a los vecinos y amigos para pedirles el aguilando, que no iba más allá de unos mantecados y una copita de licor. En las casas que se podía, se mataba el pavo; al respecto, un villancico rezaba así: «Esta noche es Nochebuena, noche de matar el pavo, y le echaremos las plumas a la vecina de al lado»; pues ello se veía quizá como un signo de ostentación, ya que no todo el mundo tenía al alcance de su economía el adquirir un pavo por Navidad.

En los campos, las familias tendían a la autosuficiencia, es decir, se comía de lo que producía la tierra y de lo que se criaba en los corrales. Se araban los bancales, se sembraba el trigo, se segaba y trillaba en la era, se llevaba el grano al molino y con la harina se amasaba el pan en la artesa y se cocía en el horno. El dinero apenas hacía falta, pues hasta en los molinos se pagaba el servicio con la maquila.

Cuando se aproximaban las pascuas, recuerdo que mi madre se ocupaba de hacer los dulces: las tortas de mosto, los mantecados, los aguardentados, los rollos de naranja, de canela, los almendrados, cuya almendra teníamos que partir y moler en un mortero. Entonces empezaban los momentos extraordinarios. Y llegaba lo peor: el sacrificio del pavo; niños nosotros, llorábamos al presenciar ‘el crimen’. Todo recaía sobre la mujer, siempre se llevaba la peor parte en las tareas. Mi madre entonces metía al animal dentro de un saco de arpillera, con tan solo la cabeza fuera; pedía nuestra colaboración para sujetarlo y, santiguándose varias veces con la navaja en la mano, rezaba un Señor mío Jesucristo y no sé cuántas avemarías antes de cometer el acto, siempre obsceno, de la muerte. La sangre en una fuente para hacer las ‘pelotas’ con piñones y perejil, el agua caliente en una olla de barro para desplumar el pavo, el olor a vísceras, y luego la carne de las tajadas fibrosas en el cocido, que se nos hacía bola en la boca por la falta de costumbre.

Las pascuas eran también un tiempo extraordinario porque llegaban nuestros emigrantes pobres, con un coche de tercera mano y contando cosas maravillosas de allende los Pirineos, como el que en Francia no había la figura del señorito, sino ‘el patrón’; o como que en el extranjero ya habían descubierto el güevo de Colón del raíl continuo y los trenes no andaban con el tacatán-tacatán como aquí.

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