La cena de Nochevieja

Toñy Benedicto

A Paco Martínez Rojas, In Memoriam

Una tarde, Aurora, una viuda, con una chispa especial, contó su propia experiencia.

—Éramos un grupo de amigos de toda la vida que los fines de semana solíamos reunirnos para cenar y charlar.

Acudía, de vez en cuando, siempre que estuviera en la ciudad, otro amigo que era periodista de profesión y al que le gustaba ser el centro de atención. Le llamábamos entrañablemente el yo-yo pues su conversación siempre era, yo hice…, yo fui…, yo estuve…, yo recibí…, yo conocí…, yo, yo, yo, de ahí el cariñoso apelativo.

Otro amigo, muy querido y respetado por todos, era don Leonardo, persona de edad avanzada, conversación amena, cercano y muy coloquial, al que le gustaban las bromas y los chascarrillos.

Con motivo de la Navidad nos invitó a cenar en su casa para celebrar la Nochevieja.

Según íbamos llegando nos abría la puerta de su hogar indicándonos que pasáramos directamente al comedor donde nos esperaba una mesa llena de manjares culinarios y delicias comestibles especialmente preparadas para nosotros.

Al entrar al salón-comedor presidiendo la gran mesa desde el punto central, había una langosta, la más grande del mercado. A su alrededor, platos con ostras, camarones, gambas rojas y blancas, almejas de carril, mejillones, calamares a la romana, todo muy fresco y recién hecho. En un segundo círculo, más alejado del centro, estaban situadas las patatas fritas, almendras, galletitas saladas, pistachos, garbanzos torraos, aceitunas rellenas, platitos con ensaladilla rusa, tomates rellenos, y como era Nochevieja no faltaban las nueces, los turrones, las uvas y el cava, para el que había preparado unas copas antiquísimas que según nos dijo habían pertenecido a su abuela, —¡por lo que deberíamos llevar mucho cuidado con ellas! —nos advirtió desde el primer momento.

Los invitados, fuimos llegando poco a poco, permanecíamos de pie en torno a la mesa, charlando entre nosotros porque, entre otras cosas, el anfitrión no nos animaba a tomar asiento.

Era la primera vez que acudíamos a casa de don Leonardo, y queríamos darle una muy buena impresión. Las conversaciones giraban en torno a la indumentaria de las señoras, muy elegantes, pues la ocasión lo merecía. Todo ello sin perder de vista los manjares, que nos esperaban encima de la mesa y a los que mirábamos por el rabillo del ojo y con la boca hecha agua, pues parecían decirnos —¡cómeme!

Por fin llegó el ansiado momento y cuando estuvimos sentados en torno a la mesa, el anfitrión se puso en pie para dirigir unas palabras:

—Estoy muy orgulloso y contento de que hayáis aceptado mi invitación; pero me gustaría antes daros un consejo, unas normas sencillas e importantes que las personas bien educadas no deben olvidar en los convites —dijo en tono solemne.

Ya sabéis —continuo su alocución— que, en las bodas y convites, todo el mundo se lanza a comer en primer lugar las gambas y mariscos, pues bien he de deciros que eso es de personas con muy mala educación. Las normas dicen que hay que empezar por otras cosas, eludiendo siempre el marisco, por aquello del mal olor que te queda en los dedos.

Finalizó su discurso con una frase que dejó a todos, con la miel en los labios —este consejo que os he dado es símbolo de elegancia y buena educación.

—Bien, eso es todo lo que os quería decir, ahora ya podéis disfrutar y comer de lo que he preparado especialmente para vosotros con mucha ilusión —fueron las últimas palabras de su discurso.

Tal y como nos había sugerido —seguía narrando Aurora— empezamos, muy finos y elegantes, a comer una patata frita, una almendrita, un trago de vino, un sorbito de cerveza, una aceitunita rellena mientras que, por el rabillo del ojo, no dejábamos de mirar las gambas, las almejas de carril, ¡la enorme langosta!, la reina de la noche, todo eso en medio de una conversación banal y sin sustancia entre almendra va y patata frita viene.

De pronto, uno de los comensales muy querido por todos, puesto en pie, se dirigió muy educadamente al anfitrión,

—Mire usted Don Leonardo, le tengo que decir una cosa que me está quemando por dentro. Usted piensa de mí que soy muy buena persona, educado y respetuoso con las normas, pero lo cierto es que soy la persona más desobediente y maleducada del mundo y por tanto no voy a seguir sus indicaciones. De modo que voy a empezar por comerme la langosta para demostrarle la mala educación que tengo.

La perplejidad con que estábamos escuchando esa perorata el resto de amigos, desapareció en segundos y empezamos a discutir entre nosotros, asegurando que cada uno era más maleducado y desobediente que el otro, ¡pero que mucho más!, y por eso, íbamos a empezar por comernos el marisco en primer lugar.

En cuestión de segundos todos nos desinhibimos y echamos mano de aquellos manjares, sin orden ni concierto.

La reacción de don Leonardo, no se hizo esperar, con sonoras carcajadas nos aseguraba que era eso, precisamente, lo que quería que hiciésemos, que saboreáramos esa cena sin complejos ni vergüenzas, que comiéramos desinhibidos y disfrutáramos con los manjares que nos había preparado con toda la ilusión del mundo.

Terminamos la noche brindando por el Año Nuevo.

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