Atalaya siberiana

Joaquín Castaño Balsalobre

Hace exactamente un año comenzaba mi andadura como columnista del nuevo Mirador de la Prensa, hace 52 semanas que todos los viernes las lectoras y lectores tienen la oportunidad de leerme, y recuerdo a la perfección la primera columna de Atalaya Siberiana que hablaba de las vacunas contra la COVID19.

Hice un alegato a ultranza de los beneficios de la vacunación, hice una apuesta sin fisuras de las bondades de la vacunación, creo que a estas alturas no me equivoqué.

Entonces, lo recuerdo a la perfección, estábamos en una tercera ola, que tras, esta y las anteriores dejaron tanto en nuestro país como en el resto del mundo, muchísimas víctimas mortales.

Hoy en día, en la sexta ola, y con más contagios que hace un año, los ingresados en las UCIS y los fallecidos son infinitamente inferiores a los del año pasado, y no se debe a ninguna cuestión que no pase por la ciencia. Y sí, las vacunas cambian vidas, nos protegen frente a la infección, frente a las enfermedades; y si no, que se lo digan a la Iglesia Católica, que en los países con menos recursos defienden la vacunación frente a la no vacunación para salvar vidas, o que se lo digan a la generación de padres y abuelos en este país, que gracias a la vacunación pueden seguir contándolo.

La vacuna es uno de los iconos más importantes del avance de la ciencia, es el sumun de la vida frente a la enfermedad y la muerte. A estas alturas no logro comprender cómo hay formaciones políticas que, sin basarse en estudios científicos, solo teniendo presente el ‘cuñadismo’ recomiendan no vacunarse.

Conozco algunos casos de personas que, además de ser antivacunas militantes han pasado por la UCI, algunos con secuelas graves y algún fallecido que otro.

No podemos negar que estamos en manos de la ciencia, o al menos, yo sí quiero estar en manos de ella, no puedo deslegitimar, porque no tengo criterios para hacer lo contrario, que personas que consagran su vida al estudio de la ciencia, personas que estudian años y años estén en un error.

Sin embargo, no puedo ni debo confiar en el ‘cuñadismo’, desde la ultraderecha casposa y sus secuaces que afirmaban que esta ‘operación’ serviría para introducirnos un chip. Además de una temeridad el alentar a los ciudadanos y jugar con las expectativas del ser humano, me parece muy atrevido.

Desde luego, creo en la libertad, tanto individual como colectiva, respeto a las personas que no se vacunen, pero, de verdad, que no pongan en riesgo ni su vida ni la de la sociedad. Indudablemente una persona que opte por no vacunarse está amparada por derechos reconocidos en nuestra Constitución pero a los que sí queremos seguir viviendo y vacunándonos también nos ampara el derecho constitucional, el derecho a la protección de la salud y de la vida, por lo que me parece tremendamente justo y necesario que en los locales de hostelería, que a mi juicio son de los que más perjudicados están saliendo de esta situación, exijan el pasaporte COVID. Me siento seguro visitando locales que exijan dicho certificado. Lo siento por los antivacunas pero vivir en sociedad es saber respetar, además de los derechos, la vida.

Para otra columna darían los locales que no comprueban el certificado de los clientes y clientas, cuya profesionalidad pongo en duda.

Y es que siempre he hecho y seguiré haciendo apología del derecho a vivir, a disfrutar de la maravilla que nos ofrece la vida. Seguiré defendiendo a la ciencia y al estado de Bienestar por encima de cualquier cuñadismo, porque la vida es sencillamente maravillosa, aunque en ocasiones es muy injusta, pero la vida es lo más grande que un ser humano puede tener, junto con su salud y su libertad.

Feliz Año 2022 a todas las lectoras y lectores de esta columna así como a todas las personas de bien.