La cumbre del cielo

Joaquín Gómez Carrillo

Antonio ‘Caruso’ se había hecho amigo de las montañas; amaba los senderos agrestes y zigzagueantes, los barranqueos entre adelfas y juncos, el adentrarse por los ramblizos, el ascender laderas y el bajar a cruzamonte, vadeando la coscoja y el lentisco. Pero lo más importante es que con su llaneza y su estilo peculiar de relacionarse con las personas, consiguió que muchos de nosotros, mujeres y hombres, amásemos también la naturaleza a través de las rutas que él trazaba, y descubriéramos lugares por los que nunca se nos hubiese ocurrido andar: espacios naturales donde reinan la jara, el jaguarzo, la sabina, el enebro y el romero, y que en el disfrute de su compañía, siempre emocionante, íbamos conociendo con esforzado placer.

Un par de veces, recuerdo, trepamos hasta la copa de la Palera, sierra de cresta afilada como lomo de iguana, que guarda en su solana espartizales y pinatos esturreados hasta tocar las aguas del Pantano de Alfonso XIII. Subíamos por la derruida casa del coto de los Losares; allí, en otro tiempo, moraba la familia humilde del guarda y pernoctaban de manera accidental los pobres esparteros, arrancadores de haces de esparto, que cargaban a cuestas largos trayectos hasta el lugar de la romana. Antonio ‘Caruso’ nos indicaba exactamente por dónde habíamos de orientar nuestra andadura; quizá él, con un sentido especial, conocía el rastro de sendas ya borradas por el tiempo, de trochas ocultas a causa de la proliferación del monte bajo, cuando ahora nadie aprovecha la leña, los arbustos o el propio esparto de las atochas. Luego aconsejaba hacer un alto a medio camino de la cima de dicha sierra, en un lugar barrido por los vientos, con vista al inexplorado y profundo cañón del río Quípar. Entonces, compartir algunas viandas era la esencia de la camaradería: los unos ofrecían uvas pasas; los otros, dátiles de Elche; o los de más allá, frutos secos untados con miel.

Llegados poco después al vértice geodésico de La Palera, disfrutábamos siempre de un mismo ritual: las fotos, las bromas, las ocurrencias (Antonio ‘Caruso’ era persona muy ocurrente). Allí nos sentíamos bien: estábamos un poquito más cerca del cielo. Abajo, casi a un tiro de piedra con honda, las aguas del pantano, con sus pequeñas islas pobladas de tarales, donde anidan los ánades en primavera, y que en el silencio denso y puro de las montañas, casi oíamos piar aguantando la respiración. Al frente, la mole rocosa del Almorchón, y, allá a lo lejos se veía, estirada en el valle que surca el río Segura, la ciudad de Cieza, empequeñecida por la distancia. ¡Qué bien se estaba en esos lugares! Antonio ‘Caruso’ sacaba una cuerda de su mochila y simulaba atarnos para una foto de grupo. Risas, chistes, la vida pasando en buena armonía.

Luego, la bajada; ¿por dónde? Él parecía tener estudiada la zona, parecía reconocer cada una de las piedras, cada uno de los pinos o de los esqueletos secos de los enebros, calcinados hacía años por el furor del fuego; él parecía tener andados los puntales y los barrancos. ¿Por dónde echar nuestros pasos? Era fácil: por donde Antonio indicara; mejor tras él mismo: primero un terreno suelto, algo resbaladizo; luego una zona arbustiva; más adelante, a media ladera, cruzábamos los rastrojos de un antiguo incendio forestal; después un bosquecillo cerrado, donde proliferaba el pasto tierno, el olor a humedad en la hojarasca y los musgos mullidos como esponjas; y en seguida desembocábamos en la pista que nos llevaría hasta el sitio de los coches.

Allí, en el mejor de los ambientes, nos esperaba un rato alegre, distendido, gozoso: amigos todos, camaradas de senderos, montañeros accidentales de un domingo ilusionado. Allí Antonio el ‘Caruso’ sacaba del maletero de su coche las neveras. ¡Madre mía, qué placer! La noche antes, Marifeli, su mujer, y él habían preparado el hielo, habían previsto buen número de botellas de cerveza de 1/5, ‘¡Los Quintos!’ (Antonio, tiempo atrás, había ido formando un grupo de amigos con ese simpático nombre: ‘Los Quintos’. El fin era sencillo y noble a la vez: caminar por el monte, subir cumbres, compartir amistad, y al terminar el periplo tomar unos quinticos de cerveza muy fría con algún picatoste que aportábamos).

Las neveras iban plenas de botellicas y trozos de hielo machacado. En el centro de la placentera reunión colocábamos, boca arriba, la tapa de una nevera; sobre ella, en una parte íbamos depositando las chapas (cero restos en el monte; total respeto a la naturaleza; máximo cuidado ecológico) y en la otra oquedad de la tapa echábamos las monedas; cada uno aportaba un euro, nada más; esa era la ‘cuota’ por el gozo de pasar una mañana alegre en la montaña, en cualquier monte de nuestros alrededores. Donde Antonio nos llevara estaba bien; él preparaba las rutas, las estudiaba in situ; días antes las había recorrido dejando señales imperceptibles a nuestros ojos para que todo fuera bien, para que no nos preocupásemos de nada: solo dejarnos llevar por sus indicaciones.

La quedada, a las 8, era en la puerta de su casa, en la Plaza de España. Nos distribuíamos en los coches y seguíamos el suyo. Unos días tirábamos para la Sierra de la Cabeza del Asno, otro día a darle la vuelta al pantano de Alfonso XIII, con vadeo del río Quípar incluido; otro a la Sierra del Molino, o a la Sierra de la Pila o a la Sierra de Ricote, a la Rambla de Benito… Qué más daba; lo esencial era la buena amistad, el buen rollo, el sudar un poco la camiseta y luego el placer de un par de quinticos fríos con cacahuetes, almendras o patatas fritas.

Sin embargo, un día Antonio el ‘Caruso’ tuvo que marcharse a subir la montaña definitiva: la cumbre del cielo. Y, aunque muchos de nosotros volvamos de nuevo a esos lugares, nada será ya lo mismo: no hallaremos las rutas, ciegas quizá por la breña; y, ociosas las neveras, será un regresar sin la esperanza de aquellos ágapes improvisados, que Marifeli y Antonio nos tenían preparados desde la noche antes con cariño.

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