Guruceta

Toñy Benedicto

Antonio-Miguel fue siempre un chico amante del fútbol. Para él no existía otro deporte, ni asignatura, ni juego, ni trabajo al que poder dedicar su tiempo. Vivía solamente para el fútbol. Su único objetivo era llegar a ser árbitro. En el colegio, a pesar del empeño de los maestros, y tuvo varios, para que aprendiera a leer, fue toda una misión imposible hasta que se dieron cuenta de que lo que más le motivaba era el fútbol. De eso sabía más que nadie, pasaba todo el día hablando de jugadores, entrenadores, encuentros nacionales e internacionales. Sabía más que nadie y siempre tenía a su alrededor un numeroso grupo de amigos embobados escuchando sus historias futbolísticas. Tan grande era su afición al juego de la pelota que los maestros le dejaron organizar un campeonato de fútbol entre los diferentes cursos. Se celebraría durante los recreos. Antonio-Miguel se encargó de pintar en el suelo las zonas del campo de juego. Los encuentros se celebrarían a la hora del recreo. Una vez comenzado el encuentro, no permitía que nadie se moviera de su sitio y si tenían necesidad de ir al aseo, se tenían que aguantar hasta su finalización. Los alumnos se sentaban en el suelo para ver los partidos y no consentía que nadie organizara tangana alguna.

Si algún niño de los espectadores protestaba por una jugada que no le había gustado, gritaba o decía alguna palabra malsonante, Antonio-Miguel en su papel de árbitro y señor del encuentro, sacaba tarjetas incluso a los espectadores y llegó en más de una ocasión hasta expulsar, no solo al jugador que había cometido una falta grave, sino también a los espectadores que protestaban por una jugada e incluso si había protestado por su actuación. En más de una ocasión llegó a expulsar del campo a los maestros porque estaban hablando o comentando alguna jugada. No permitía ni los desórdenes ni que se hablara durante el encuentro. —Aquello era muy serio y quien no cumpliera sus órdenes sería expulsado —repetía sin parar. Los compañeros del colegio le apodaron Guruceta, en recuerdo del famoso árbitro de fútbol, Emilio Carlos Guruceta Muro, árbitro internacional de fútbol español, que era oriundo de San Sebastián. Eran tantas las ansias y el deseo de ser árbitro que los maestros aprovecharon aquella afición para decirle que tendría que aprender el reglamento del fútbol si quería aprobar los exámenes. Gracias a ese deseo tan fuerte, consiguieron que, aprendiera a leer y escribir, a base de leer el reglamento de fútbol, aunque lo hacía muy lentamente y con faltas de ortografía. Cuando cumplió los catorce años se marchó del colegio y no volvieron a saber nunca más de él. Preguntaban a su familia y siempre les decían que se había marchado a vivir fuera y que estaba en un lugar muy lejano y que por eso no podía venir a visitarles, pero que según les decía cuando hablaban con él estaba muy bien y era muy feliz.

Al cabo de muchos años, se presentaron en el colegio dos frailes. Uno de ellos manifestó al conserje su deseo de hablar con los maestros. Una vez en el despacho del director, se presentó de manera muy formal: —Buenos días, don Manuel, soy Antonio-Miguel y el fraile que me acompaña es mi compañero de trabajo. Vengo a darles las gracias por la ayuda que me prestaron cuando era un niño y por animarme a aprender a leer para sacar el carnet de árbitro. Sin su ayuda no habría conseguido nada de lo que soy ahora. Después de alcanzar mi objetivo de obtener el carnet de árbitro de fútbol, decidí ingresar en un convento de frailes y, como sabía leer un poco, allí conseguí estudiar la carrera de Teología. Hoy gracias a mis buenas obras, el señor obispo de la Diócesis me ha ofrecido un trabajo muy humano. Estoy ayudando a los desahuciados por la droga y a los enfermos de sida. Mi labor consiste en cuidarles y darles cariño además de animarlos jugando al fútbol —¡naturalmente yo soy siempre el árbitro del encuentro, faltaría más! —aseguró a sus maestros que estaban alucinados con las cosas que Antonio-Miguel les narraba acerca de cómo se había desarrollado su vida desde que abandonó el colegio. Al escuchar todo aquello, los maestros no dudaron en decir: —¡Milagro, Dios es grande!

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