“Al que juzgue mi camino le presto mis zapatos” (Parte 2)

Joaquín Castaño Balsalobre

No podía desfallecer y que aumentase la preocupación en ellos, yo me hacía el fuerte para, con ello, que no se preocupasen por mí demasiado, no quería ser cómplice de la preocupación. Mientras tanto me iba gestionando otra manera de encarar la vida, me iba fortaleciendo como persona para que mi gente más cercana no notara ni mis dificultades ni mi preocupación.

Cada noche tenía el miedo propio cuando me iba a la cama, me preguntaba ¿Y si mañana la vida me da los buenos días sin ver por el otro ojo? Preocupaciones excesivas en situaciones límites.

De esa espiral salí, a mi juicio, estoicamente, con mucha inteligencia emocional, cuando cogí fuerzas físicas, porque mentales apenas me quedaban, y me ofrecí como voluntario a una entidad social que trabaja con personas sin hogar, a Jesús Abandonado. Decidí hacerme voluntario y servir con mis limitaciones en el comedor social.

Me iba de casa en el autobús urbano, con algún golpe que otro y una vez por semana, ofrecía lo poco o lo mucho que me quedaba. Empaticé tanto, relativicé tanto mi problema, que a partir de ese momento estaba asistiendo al nacimiento de un hombre nuevo.

Siempre había tenido una especial sensibilidad con lo social, pero mi situación, mi empatía, me atravesó el corazón, me di cuenta de que era una persona afortunada, lo relativicé todo. Tenía una deuda pendiente conmigo mismo, me veía en la necesidad de devolver a la sociedad en forma de gratitud que mi experiencia, estaba quedando solo en la pérdida de visión y no nada más.

Tenía y tengo una familia maravillosa, tenía un hogar y una niña de 5 años que me estaba dando fuerzas para seguir adelante, seguir luchando.

Allí conocí voluntarios maravillosos, personas de toda índole que entregan una de las cosas más valiosas como es el tiempo, con muchos de ellos todavía mantenemos una extraordinaria relación de amistad, con los trabajadores de la casa.

Posteriormente, por las cosas del destino, acabé trabajando en la Fundación de Jesús Abandonado, tomé la causa de los ‘sinhogar’ y los principios de la Fundación como míos, (trabajar por la justicia social) habían formado parte de mí, me habían ayudado en mi duro proceso y por tanto veía que tenía una deuda pendiente con ellos. Me dejé la piel con la Fundación, la llevé a todas partes e hice mi nueva forma de vida. Se forjó un hombre nuevo, un hombre que aceptó los designios del destino.

Me sentía y me siento un hombre afortunado, cada día agradezco a la vida mi existencia.
Así, este testimonio lo he querido trasladar a través de esta columna después de que varias personas cercanas, Trabajadoras sociales, me animasen a hacerlo con el objetivo de trasladar el testimonio a personas que están pasando por duros procesos, no lo hago con otro ánimo, solo el de poder ayudar a cualquier persona que pase por un proceso similar.

Tengo que reconocer que no ha sido fácil trasladar en palabras las sensaciones que, al escribir esta columna, me han surgido, sensaciones de angustia, felicidad, generosidad y algunas negativas que se me agolpan en la cabeza y en los sentimientos, todas esas sensaciones necesarias para la construcción humana.

Gracias a todas y todos los que me han ayudado en el proceso, gracias a las personas que en tiempo han formado parte de este episodio de mi vida, gracias a la generosidad de mi familia, amigos y en especial a los voluntarios y trabajadores de la Fundación de Jesús Abandonado que sacaron lo mejor de mí en mis malos momentos. Con gente así siempre se puede. Gracias de corazón.

Compartir en facebook
Compartir en twitter
Compartir en whatsapp
Compartir en email
Compartir en telegram