Las recetas de la abuela

Toñy Benedicto

Tenían una abuela excepcional. Sabía hacer de todo, desde puntillas de ganchillo con que adornar el respaldo de los sillones o las estanterías de la vitrina en donde se guardaban aquellas copas de champán especiales, algún recuerdo delicado de un viaje, e incluso las fotografías de los nietos, hasta aquello tan necesario como era el hacer un remiendo perfecto en la rodilla del pantalón que se había roto por culpa de una caída sobre un lecho de piedrecitas que conformaban un jardín, al que solían ir sus nietos para jugar por las tardes. Además, tenía una mano especial para la cocina. Sus guisos y dulces, especialmente la paella de los domingos y el bizcocho de los cumpleaños, hacían las delicias de todos. Poco a poco la abuela se fue haciendo mayor y sus cualidades culinarias y manuales iban a menos. Un día los nietos mayores pensaron que su abuela les podría ir dando las recetas de aquellas comidas y dulces que hacían las delicias de todos en los días especiales. Como ya estaba un poco torpe, decidieron ir a su casa una tarde para que les explicara cómo preparaba esas deliciosas comidas y dulces, mientras ellos iban tomando nota.

La nieta mayor compró un diario personal con las tapas de piel, al ver ese diario, todos se extrañaron —¡así no se perderá! —dijo la chica. Una tarde fueron todos a ver a su abuela y una vez allí le pidieron que les dijera cómo hacía ese exquisito arroz y pollo.

He aquí la receta del arroz y pollo de la abuela:

—Necesitas unos trocitos de pollo, pones dos o tres para cada persona, ni muy grandes, ni muy pequeños y si son muy comilones, pones más pollo, eso ya la cantidad que tú veas, pero sin pasarte. Lo fríes y lo apartas.

—Para el sofrito pones en la sartén un chorrito de aceite, ni mucho ni poco, una cosa que esté bien. Un tomate mediano para sofreír, un poco de sal, pimentón y azafrán. Si te gusta le puedes añadir un pimiento mediano, verde o rojo. Una vez todo frito pones la carne y lo juntas todo. Después echas dos vasos de agua y al empezar a hervir, lo dejas un ratito, hasta que veas que la carne está buena de comer. Luego añades el arroz, un puñado o dos por persona, eso ya lo que tú veas, depende de si comen mucho, de si es para mayores o si se trata de niños, en cuyo caso pones un poco menos. En este punto los nietos preguntaron por la cantidad de arroz en gramos.

—Ya os lo he dicho antes, no es necesario, yo siempre lo mido en ‘puñaos’ o en vasos, de los de agua, pero si sois muy comilones, le puedes añadir un poco más por cabeza, eso lo dejo a vuestro gusto, ni mucho ni poco, ya sabéis, una cosa que esté bien.

—¿Abuela cuánto tiempo necesita el arroz para estar en su punto? volvieron a preguntar.

—Pues hasta que el arroz esté blandito, tienes que ir probando hasta que tu veas que ya está, y si le falta un poco de caldo, le añades un poco de agua sin pasarte, que luego se queda demasiado blando y aguado. —¡Ah y si hueles a pegado!, lo apartas, lo tapas y lo dejas reposar.

—¿Abuela, cuánto tiempo de reposo?

—El tiempo que necesite, eso ya va en gustos —respondió.

Los chicos preguntaron entonces por cómo hacía esa comida tan rica que llevaba garbanzos, alubias, lentejas y arroz.

—¡Ah, ese es el potaje de los cuatro puñaos!

Echas un puñao de garbanzos, otro de alubias, otro de lentejas. Le haces un sofrito con tomate y cebolla. Lo cubres todo de agua y lo dejas hervir hasta que esté todo blando. A la hora de comer le añades el puñao de arroz y lo dejas hervir hasta que el arroz esté blandito.

—Abuela, ¿cuánto aceite, tomate y cebolla necesitamos para el sofrito?

—Pues un tomate pequeño, un poco de cebolla y un chorrico de aceite, pero cuidado en no poner mucho porque luego sale demasiado aceitoso. Un chorrico, es suficiente, ya sabéis, ni mucho ni poco, una cosa que esté bien.

—Abuela, y ese bizcocho tan rico, ¿cómo se hace?

—¡Ah!, eso es muy fácil. Necesitáis seis huevos, un vaso de leche, un vaso de azúcar y un vaso de aceite, casi medio kilo de harina. Lo echáis todo poco a poco mientras lo vais mezclando con un tenedor. Le ponéis raspadura de limón y luego le vais echando la harina, poco a poco junto con las papeletas de levadura. La masa se tiene que quedar ni muy líquida, ni muy espesa, más bien un poquico espesica, pero sin pasarse, porque si te pasas de harina, el bizcocho puede salir muy duro. Luego, para que no se pegue, echáis la masa en un recipiente untado con mantequilla y lo metéis en el horno a fuego medio hasta que suba y tenga un color bonico.

—¿Cuánto tiempo abuela? —preguntaron de nuevo los chicos.

Pues unos veinticinco, quizás treinta minutos, vosotros lo vais viendo y cuando tenga buen color, lo pincháis con un palillo y si sale limpio, ya está hecho.

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