El tercer hijo

Joaquín Gómez Carrillo

Hay otra versión —digamos ‘apócrifa’— de la famosa parábola evangélica del hijo pródigo, a la cual hace alusión León Felipe en su libro ‘El poeta prometeico’. En ésta parece ser, y así lo asegura el zamorano de la villa de Tabara, que los hijos no eran dos, sino tres: el ‘pródigo’, el ‘no pródigo’ y otro más, que para los cánones ‘no venía al caso’.

De manera que, lo mismo que di protagonismo a la madre en el artículo ‘La madre pródiga’, me permitiré recrear un poquito la historia de este tercer vástago. (Aparte, quizá hubo otras hermanas, que por mujeres tampoco se mientan; ya saben que la mujer ha estado relegada en muchas culturas; incluso la Iglesia, en otros siglos ha albergado dudas sobre si era o no portadora de alma, pásmense).

Este tercer hijo, por lo que sabemos, abandonaría también la casa paterna, lo mismo que el hermano ‘pródigo’; pero al contrario del ‘pierdecasas’ de Golfelio, este hijo no volvió nunca, se quedó en tierras lejanas, medró y llegó a ser padre de una larga estirpe y hasta fundador de varias ciudades. ¿Recuerdan ‘Cien años de Soledad’, de Gabriel García Márquez, y a su personaje protagonista José Arcadio Buendía, que, junto con su esposa Úrsula, fundara Macondo a orillas de un río de aguas bravas tras descubrir el galeón español perdido en mita de la selva? Pues esta del tercer hijo de la parábola sería quizá una historia paralela. Piensen.

Asegura León Felipe que esta versión no es nada herética y, por supuesto podría engarzarse sin problema en la conocida; aunque desmontaría algunas cosas de la original, como el que Golfelio ya no pediría a su padre la ‘mitad’ de los bienes, sino la ‘tercera parte’. Y no sabemos tampoco si ese tercer hijo, al parecer llamado Libertio, se marchó de casa antes o después de que lo hiciera el hermano. Más bien podemos pensar que, siendo el menor, lo haría un poco después, pero antes de que volviera, derrotado y arrepentido (con falso arrepentimiento) el hijo pródigo, lo cual demuestra la valentía del muchacho para pensar y decidir por sí mismo sobre su vida y no dejarse influir por la caridad hacia unos padres apenados. Pues la juventud ha de tener ese punto de egoísmo y de insolidaridad, para saltar a veces del marasmo familiar, que te va poniendo cada vez más lastre en los pies; cosa que, evidentemente, le ocurría a Fielfillo, el mayor: iba a ser un continuador del proyecto familiar, pero nunca realizaría el sueño de protagonizar su propia vida.

Libertio, cuyo catre donde dormía estaba en el mismo cuarto que su hermano mayor, le habló a este una noche de su inquietud viajera.

—Lo tuyo, hermano, es el terruño de nuestros ancestros y la vida sedentaria y familiar —hablaba con la luz apagada—. Tú serás la continuación de padre en esta casa, pero yo anhelo recorrer montes y ríos, mares y mesetas, y relacionarme con otras gentes y otras culturas.

Libertio, al día siguiente lo comunicó a su padre; se lo dijo mientras estaban ambos desbarbando la viña en un bancal.

—Padre, tengo decidido hacer de mi vida una aventura, si usted me da permiso para marcharme—. A lo que Prodiginio, un poco triste, no se atrevió a llevar la contraria a su benjamín, a su cabico de tripa. Y, como hiciera con Golfelio, le ofreció un dinerete para sus gastos hasta poder subsistir por sí mismo.

—No —dijo el muchacho—. Lo venturoso de la vida consiste en ganarse cada cual su bocado de pan con esfuerzo propio. Sólo me llevaré un par de sandalias, una cantimplora de agua y alimento para una jornada.

Prodiginio pensaba que Libertio, su pequeño, regresaría pronto al regazo de su madre y a la protección familiar, en cuanto tuviera frío, tuviera hambre, lo castigara el sol o lo amedrentaran las tormentas. Mas no fue así. Aunque el muchacho enviaba mensajes desde otras regiones y países. Primero lo hizo a través de un comerciante de vinos que tenía un pequeño barco y navegaba por el sistema de cabotaje.

—Tu hijo aprende el arte de la enología en una bodega de Grecia y se ha desposado con la bella hija del dueño —le comunicó—. Prodiginio, a cambio, le compró varias arrobas del caldo griego. Y por la noche, junto a Saray, su esposa, rio de satisfacción.

Mucho tiempo después le mandó saludos con un aviador que enlazaba continentes por placer con su aeroplano: —Tu hijo es ya padre de seis niños iguales en Tombuctú —dijo. Y Prodiginio regaló al aviador las monedas de plata justas para que pudiese volar hasta América. A la noche soñaría con seis palacios de sus nietos, uno en cada esquina del mundo.

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