¡Qué cosas…!

Joaquín Gómez Carrillo

Miren lo que les voy a decir, están poniendo en la Dos el programa ese de las casas fabulosas, o como se llame; y yo, fíjense, que lo pongo y a veces hasta lo sigo, más que nada, porque como tengo la tele en modo versión original, para ver si pillo alguna palabra en inglés; bueno también me gusta ver los diseños arquitectónicos, es cierto, que una cosa no quita para lo que les voy a comentar. Lo que me repatea es que en una televisión pública, que se nutre con nuestro esfuerzo tributario, exhiban esas mansiones o caprichitos de millonarios, con presupuestos incluidos. Vamos a ver, que se puede hacer ese mismo programa como divulgación arquitectónica, o artística (es lo mismo: la arquitectura es un arte), y pueden mostrarnos, casi de manera didáctica, el cómo se diseña y se construye un edificio en esos entornos maravillosos; hasta ahí de acuerdo; pero, hombre, que no saquen a unos fulanos, inglesitos o de donde demonios sean, supuestos propietarios forraos de dinero hasta las trancas, y hacer que hablen y digan ‘recochinosas’ frases como: “¡Albricias!, nos hemos ahorrado en el presupuesto final, porque nos habíamos hecho a la idea de que costaría más de novecientos mil euros, pero nos ha quedado por ochocientos noventa mil”, pues qué quieren que les diga, me parece como una provocación, una burla, al televidente español medio, inframileurista y acosado por la disparatada subida de la luz, por la inflación de los precios, y lo que te rondaré morena. Claro que la alta clase política española no entiende estos matices; ellos, los políticos, a su bola.

Y hablando de ‘importación’ de programas, algunos más malos que la carne de perro (siempre hablo de Televisión Española, que es la pública, las otras cadenas no me interesan, ni se me ocurre sintonizarlas), me hace gracia cuando los traducen al español, supuestamente por traductores de la casa (de TVE, me refiero), y en el programa se habla por ejemplo de un territorio, de una extensión geográfica, y, para la mejor compresión de los televidentes, en el original lo comparan con un condado del Reino Unido o con un estado de USA; entonces los muy bobos traductores de aquí, lo hacen al pie de la letra y nos dicen en la cara, por ejemplo, que “…los pastores de la Laponia se mueven con sus renos por un territorio tan grande como Dakota del Sur”. ¡Jajaja!, y a mí qué me cuenta usted con eso, idiota; dígame mejor como la provincia de Cáceres, o como Castilla y León, o como cualquier extensión geográfica de nuestro entorno y conocimiento, ¿o es que el españolito medio va a echar mano de la tableta o del móvil en ese momento para ver y hacerse una idea de cómo es Dakota del Sur?

Bueno, y pasando ya a un asunto más técnico, también tiene pelendengues la misión esa de la NASA, cuyo fin es estrellar una nave espacial contra un pedrusco que está por ahí dando vueltas y comprobar si le hacen pupa. La cosa puede parecer de novela de H.G. Wells (¿se acuerdan de ‘La guerra de los mundos’, cuyo texto, genialmente dramatizado en la radio por Orson Welles, el 30 de octubre de 1938, aterrorizó a la ciudad de Nueva York, una sociedad, digamos, bastante entontecida por la idiotez del halloween?). Pues estos muchachos de la agencia espacial norteamericana, imaginando que un meteorito pueda caer en el futuro sobre la Tierra y provoque una catástrofe parecida a la que mató a los dinosaurios, han estado dándole a la cabeza y se les ha ocurrido comprobar si el ser humano (un piojillo no más, que está siempre enzarzado en guerras y odios políticos, étnicos y religiosos) sería capaz de influir en el curso azaroso de los miles de asteroides de nuestro alrededor sideral, es decir, de las afueras de nuestra atmósfera protectora que mantiene a la Tierra a salvo de pedruscos pequeños descarriados de sus órbitas.

Han dicho los de la NASA: Construyamos una nave espacial suicida, para que se haga añicos contra una roca más grande que un piano (bueno, en realidad es un cacho piedra bastante mayor que la Chinica del Argaz, más o menos como el Cine Capitol, para que ustedes se hagan una idea). Este es el ‘satélite’ Dimorphos que gira como un loco alrededor del asteroide Dydimos (algo más grande), dos mosquitos, vamos, que vuelan a unos cuantos milloncejos de kilómetros de la tierra. Pues lo sesudos científicos, como les decía, se han planteado el reto (por unos trescientos y pico millones de euros de coste, una baratija) de ver si son capaces de sacar de sus carriles, aunque sea un milímetro, este cuerpo del Sistema Solar. Ardua tarea. La nave llegará el año que viene, porque la distancia de aquí a allá no es moco de pavo y, además, una vez que el cohete la ha sacado de la influencia gravitatoria terrestre, tiene que ir ella solica, ¿con qué energía?, pues con la más poderosa que existe en el Universo: la de la gravedad; los astrónomos hilan fino y calculan que el vehículo sea impulsado por la influencia de otros campos gravitatorios (si, simplemente la Luna lunera, es capaz de ‘levantar’ las masas oceánicas, creando las mareas, ¿qué no podrán hacer los grandes planetas?).

De manera que, a falta de Supermán, que ese sí que podía volar a la estratosfera y salvar el mundo sin quitarse el sombrero, pues estos muchachos creen que cascándole un buen meneo con la nave espacial al Dimorphos ese, a lo mejor consiguen que ‘s’haga p’allá’ un poquico. Pero claro, esto no es más que un juego de niños. Como nos venga un morlaco del tamaño del que se cepilló a los dinosaurios hace sesenta y seis millones de años, a ver quién lo va a desviar con navecitas espaciales de hojalata…

Y mientras tanto, la humanidad amenazada seriamente con el virus del Cóvid y esa otra variante nueva africana, el ‘Omicrón’, ¡hay que fastidiarse!

En fin, cuídense mucho, ahora con las reuniones, comidas y cenas, pues ya saben que “de grandes cenas están las sepulturas llenas”.

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