¡Mandar dinero!

Toñy Benedicto

–Esta es la historia, señores, de Carlitos, un chico joven que no estudiaba ni trabajaba, tan solo se dedicaba a hacer deporte, según nos comentó se trataba de un sobrino suyo y por eso conocía la curiosa historia.

Así comenzaba su historia el vecino del 2º B, aquella fresquita tarde de invierno, en la que bajo los rayos del sol que inundaban el patio de la casa, nos solazábamos escuchando sus relatos.

Continuó su historia de esta manera –desde pequeñito apuntaba maneras de deportista nato, hasta el punto de que todavía iba dentro del tacatá, cuando ya le daba patadas a una pelota. Una vez aprendió a caminar solo, le gustaba hacer gimnasia, como su mamá. La veía en casa y la imitaba. Tanto le gustaba esa actividad que poco a poco se fue metiendo más y más en cuestiones deportivas. Una de sus grandes ilusiones era ver los programas de deporte en la televisión en lugar de salir a jugar con sus amigos. Según crecía esa afición al deporte se fue afianzando en su mente y en su cuerpo cada día más y más.

Su vida estaba dedicada al deporte, cualquiera de ellos, le daba igual jugar a la pelota con los pies que, con la raqueta o al baloncesto, además de nadar, patinar, hacer gimnasia, incluso boxear. El caso era hacer deporte de cualquier clase. Cuando tuvo edad de ir al Instituto, la asignatura que más le gustaba era la de Educación Física. Se apuntó a los equipos de baloncesto, atletismo y fútbol.

Esos años de estudio los pasó fenomenal, según decía, cada vez que recordaba con cariño aquellos tiempos.

Una vez en edad de elegir cuál sería el devenir de su vida, tras reflexionar las opciones de estudiar una carrera o trabajar de camarero, carpintero, electricista, mecánico, a cada opción le sacaba un ‘pero’, por fin decidió estudiar una carrera.

En el segundo curso de bachiller en el Instituto tenían programado un intercambio con alumnos de otro instituto, en este caso francés. Carlitos se negó a hacerlo dijo que optaba por marcharse con el grupo de amigos que conformaban el club de ciclismo.

Se compró un equipo de ciclista profesional, organizaron las rutas diarias, el tiempo que invertirían y el lugar de descanso, que siempre fue un camping de los que estaban en la ruta. Naturalmente todo esto estaba financiado por sus padres, que le daban el dinero correspondiente al viaje de estudios que debería haber hecho.

Durante el último curso de Bachiller, en lugar de hacer el viaje de estudios programado, dijo que prefería invertir esos días para hacer senderismo. Hacía poco tiempo que era socio de un club y estaba impaciente por practicar durante varios días. Los padres no lo vieron bien, pero como ya era mayor, no podían oponerse a esa decisión. Aquella experiencia duró el mismo tiempo que el viaje de estudios y de esa manera no perdió días de clase.

Una vez que terminó sus estudios de bachiller, prefirió no seguir estudiando. Su único objetivo era el deporte, por encima de todo y de todos.

Su vida estaba marcada por el deporte, cualquiera que fuera.

Se levantaba temprano y salía unos días a correr, mientras que otros días prefería el senderismo, en ocasiones ciclismo con los compañeros de su club y aprovechaban para pasar el fin de semana fuera. Por las tardes practicaba la natación en la piscina pública en invierno y en el río durante el verano.

Naturalmente iba perfectamente equipado. Equipos patrocinados siempre por su padre, que era quien, a su pesar, pagaba todos esos gastos. A pesar de la insistencia de su padre para que buscara un trabajo que le permitiera, por un lado, poder emanciparse y por otro sufragar los gastos que le ocasionaba su vocación deportiva, hacía caso omiso a las advertencias de que cuando cumpliera los veinticinco años, se acabaría este dispendio.

Por fin llegó el día de su cumpleaños y como regalo pidió a sus padres dinero porque deseaba hacer el Camino Santiago. Ese era su próximo objetivo y quería cumplirlo por encima de todo. A cambio les prometió que sería lo último y después buscaría trabajo. Planearon todo el itinerario, calcularon los gastos, y llegó el día en que comenzaría su gran y última aventura.

Una vez iniciado el Camino, el primer día todo marchaba muy bien hasta que llegó al albergue correspondiente.

Entró, se registró y cuando vio que tenía que dormir en una gran sala con mucha gente desconocida, que dejaban sus mochilas, sus botas y calcetines, al lado de las camas, que las duchas y el resto de servicios eran comunes, no le agradó. Llamó a su padre, le informó de lo que pasaba y le dijo, de forma tajante, que se alojaría en hoteles en lugar de los albergues. El padre no pudo hacer nada para evitarlo.

Una vez llegó a Santiago de Compostela, se dio cuenta de que no tenía dinero, ni siquiera para un botellín de agua. Sin pensarlo dos veces puso un telegrama a su padre que decía –mandar dinero para volver a casa.

La respuesta no se hizo esperar y fue tajante –No mandar dinero, niño practicar deporte y volver andando.

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