Las norias de Cieza (y las de Abarán)

Francisco Javier Salmerón Giménez

En los años 80 y 90 las norias de Abarán estaban a punto de desaparecer. Ya no cumplían su función de elevar el agua del Segura y la desidia de la mayoría las había abandonado, lo que significaba una condena a muerte.

Varias personas, sin embargo, maestros que trabajaban allí, formaron un grupo de investigación medioambiental, el grupo Macaón, que fue encabezado por el ciezano Juan José Martínez Soler y que contaba con otros ocho integrantes, entre ellos José Banegas Ortiz y Pascual Dato Cobarro. Su atención se fijó de modo prioritario en las norias abaraneras dada la urgencia que apreciaron desde el punto de vista de su posible conservación.

El trabajo de investigación lo relacionaron con la educación, de modo que elaboraron una unidad didáctica con el objetivo de que los contenidos relacionados con las norias pudiesen aprenderse en la escuela, una escuela que en aquellos años estaba en plena efervescencia innovadora.

Pero el excelente trabajo que realizaron alcanzaba mucho más allá que una unidad didáctica para uso escolar. Servía para conocerlas en profundidad: buscaron dónde se encontraban, para lo que realizaron un mapa de localización, estudiaron sus esquemas de funcionamiento, con una completa descripción e iniciaron un acercamiento a su uso histórico.

Nos presentaron el proyecto al Centro de Profesores de Cieza, que entonces yo dirigía, y lo aceptamos con entusiasmo, convirtiéndolo en el año 1993 en el número 24 de la colección editorial de los Centros de Profesores de Murcia, Documentos CEPs, con el título de Las Norias de Abarán. La publicación serviría para que desde otros ámbitos, en Murcia y en lugares más lejanos, se fijaran en el potencial que el estudio tenía por lo que alcanzó una importante difusión nacional. Una difusión que convencería a los ciudadanos de Abarán de que poseían algo de mucho valor, decidiendo su puesta en valor, acción que colocaría a Abarán en muchos mapas turísticos, llevando hasta ella a decenas de miles de personas de muy distinta procedencia que querían (y quieren) visitarlas.

Tuvieron suerte finalmente.

Una suerte que no alcanzaron las norias de Cieza, porque la vega del Segura a su paso por Cieza estaba ocupada por norias que elevaban el agua del río a terrenos elevados. Aunque apenas queden testimonios materiales de ello.

Su punto de partida tuvo lugar en la década de los años 1820, siendo la primera de ellas levantada en la acequia principal que atraviesa el paraje de La Parra. En ese mismo año otra noria dio riego a la Cañada de Don Benito, tomando el agua de la acequia de La Andelma. A partir de ese momento se estableció un ritmo incesante de construcción de norias.

En 1825 comenzó un proyecto de construcción de seis ñoras o volantines para dar riego con las aguas de la acequia de Los Charcos a tierras de La Parra, Canadillo, Charcos y Barratera. Y en ese mismo año se aprobaron otros proyectos similares en Los Charcos y en La Andelma, completadas con otras en el partido de El Ginete junto a otra en el partido de El Argar. Y siete se colocaron en El Fatego ese año. En 1826 se instaló un volantín en El Colladico, en el partido de Barratera, con objeto de elevar el riego hasta las tierras de la Cañada de la Parriega, así como en la de Penalva y otras adyacentes. Otro en La Parra y un tercero entre las Ramblas. Durante 1827 se colocó una noria para dar riego a los secanos en la parte superior de la acequia de Los Charcos. Otra en el partido de La Ermita, “en el sitio de sobre el molino” y otra en el partido del Canadillo.

Todavía en 1842 se construyó una noria en La Veredilla, junto a la acequia. A partir de esa fecha la construcción de norias se combinó con la ampliación de las acequias.

Como vemos, los campos ciezanos estaban repletos de norias como las que hoy vemos en Abarán. (Sobre las norias ciezanas: Francisco J. Salmerón: ‘Transformación del paisaje agrario ciezano entre 1808 y 1874’ en Papeles de Geografía).

Aunque, como decía, las norias de Cieza no tuvieron la suerte de las de nuestros vecinos. Bueno, realmente no fue una cuestión de suerte, su pervivencia se basó más bien en el conocimiento y la constancia que algunos demostraron.

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