Tiempo de cerezas

Joaquín Gómez Carrillo

Luego, a toro pasado, se supo lo que se supo, pero aquel día fatídico nadie imaginaba que pasara lo que pasó.

En el artículo anterior nos quedamos cuando el vecino de la casa de las tendidas del esparto, acabada la tarea de cortar la colmena, se marchó dejando allí sus trastos en un saco de arpillera: la careta, el ahumador, la pala y el cuchillo de matarife que usaba para cortar colmenas.

Cosa de 15 o 20 días después, el hombre estaba aparejando la burra para llevar fruta a la Plaza; era muy temprano y el orto solar tenía aún telarañas de la noche. Ladró el perro y por la esquina del corral surgió el bulto del vecino; sin duda iría a recoger los trastos de cortar colmenas.

Hablamos de primeros de los sesenta y en un contexto rural, donde las relaciones entre vecinos no se entenderían bien a la luz del presente. En aquel entonces, un vecino que llegase a la hora de comer, podía sentarse a la mesa; primaba el sentido de la hospitalidad, el principio de colaboración en los trabajos y el deber de ayuda en las necesidades; y se tenía como valor supremo la lealtad y como patrimonio personal la honradez.

“¿Qué vienes, a por tus cosas?”, preguntó el hombre al vecino. Y éste, nada hablador, tosió con tos de fumador y asintió con un leve ruido nasofaríngeo. El hombre había preparado unos platones de cerezas con papel de seda y empezó a cargarlos en la bestia; era el tiempo de las cerezas y la tarde antes estuvieron despuntando el árbol. (En la finca solo había un cerezo, enorme, y el hombre, para que no picaran las cerezas los bandidos gorriones, había hecho un molinete de caña y lo había izado sobre la copa del cerezo). La mujer, que ya andaba atareada con sus cosas, y con la bebé de pocos meses, que parecía dormir como las liebres y se despertaba con su madre todas las mañanas, fue al rincón del tinajero, tomó el saco con los apichusques de cortar colmenas y se lo entregó. Pero el de la casa de las tendidas del esparto se había sentado en una silla en el zaguán, muy junto a la puerta de la calle, por la que seguía observando cómo el hombre sujetaba muy bien los platones de cerezas sobre las aguaderas de pleita de la burra.

El hombre vio que el otro sacaba su petaca y su librillo y se ponía a liar un cigarro. La mujer también se dio cuenta, y de que había dejado en el suelo, junto a sus pies, el saco de arpillera, y, apoyado en la pared el garrote nudoso que llevaba (era costumbre el usar cayada o garrote los hombres por el campo). De la huerta cercana venía el canto de las oropéndolas, y, en el pino grande que había junto a la era de trillar, los gorriones metían su escandalera matutina. “Me tengo que ir”, le dijo el hombre, “que voy a llevar estas cerezas a la Lonja”. Él era cliente de los Marrajises, los asentadores, y siempre les llevaba a ellos la poca fruta que cogía en la hacienda. El vecino de la casa de las tendidas del esparto, lo miró con sus ojillos achinados tras la cortina de humo del tabaco y pronunció algo así como “…me voy a fumar el cigarro”. Todo normal.

Unos años antes había venido una familia de otro pueblo y se había instalado en la casica de la loma de los pinatos. Desde entonces, el vecino de la casa de las tendidas del esparto y el vecino de la casica de la loma de los pinatos, se habían hecho muy amigos. Mucho. Muchísimo. Siempre estaban juntos, a veces con sus respectivas familias: sus esposas y sus hijos. A veces echaban peonadas juntos, a veces se iban de caza juntos; y la mayoría de las veces se juntaban en la taberna y se convidaban juntos.

Era por la siega, que aún se hacía con hoces en el bancal, y el de la casa de las tendidas del esparto, días antes de aquello se había ido a segar en una labor alejada, y, como no tenía medio de locomoción, se quedaba a dormir con la cuadrilla en el pajar. (Se supo después que la esposa de éste había dejado los tres hijos pequeños encerrados bajo llave en su casa de las tendidas del esparto y, de madrugada, se había ido por sendas oscuras a dar cuenta a su marido de lo que le había ocurrido esa misma noche).

La mujer estaba cociendo la leche en la lumbre. Ordeñaba la cabra a medias por las mañanas y después retiraba los bocicos a los chotos para que acabaran con las ubres de su madre. La leche tenía que subir tres veces; en tanto, la mujer oyó al vecino de la casica de los pinatos que pasaba a su trabajo (solía pasar muy temprano); éste voceó un saludo sin detenerse, y sin imaginar quién había sentado en el zaguán. La mujer conocía lo de la amistad cerrada de los dos vecinos, y vio que el de la casa de las tendidas del esparto se levantó de la silla en silencio, quedando el saco en el suelo, y, con el garrote en la mano, fue tras los pasos del otro. La mujer pensó: ‘le va a gastar alguna broma’.

Pero no fue broma. El de la casa de las tendidas del esparto rompió su garrote nudoso de sabina tostado al fuego en las costillas del de la casica de los pinatos. Mas antes, el desgraciado, que luego se supo que había intentado abusar de la mujer del amigo, en la huida ciega, ensangrentado y dolorido, se había tirado por un barranco y, en el hondo, el atacante le molió a placer los huesos. (Dirían que quedó inútil para siempre).

La mujer, con la bebé en los brazos, incrédula de lo que estaba ocurriendo, pensó que debería hacer algo. Tomó una arrodea, bajó al barranco y halló el cuadro: sobre un charco de sangre yacía el uno (en el suelo los dos pedazos del garrote nudoso de sabina), y el otro, cual un prestidigitador de circo, había hecho aparecer en su mano el cuchillo jifero que usó para cortar la colmena. La mujer, dejó a la bebé en el suelo y empujó al del arma homicida, gritándole que no lo hiciera; el agresor cedió: “Me voy al cuartel”, dijo, y arrojó el cuchillo al suelo.

Sobre la mesa de la audiencia provincial la mujer tendría que reconocer – “sí, es ése” –, el cuchillo grande de cortar la colmena, a preguntas del fiscal.

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