¿Están todos bien?

Toñy Benedicto

Ya estaban en fiestas de Navidad. Los planes para esos días, no los tenía previstos con antelación, lo cual suponía un gravísimo problema para sus intereses. En principio pensó que podría volver a la casa de la playa de sus padres, pero, por otro lado, si se marchaba sin los amigos estaría muy solo. Había urdido una estrategia para convencer a su padre, que era el escollo más importante que tenía que superar. Su madre era otra más fácil de convencer, porque al final siempre cedía después de unos cuantos besos, abrazos y caricias. Con esos pensamientos iba conduciendo hacia la casa de campo que su familia tenía en las afueras del pueblo.

Como siempre llevaba el coche lleno de amigos, no le gustaba la soledad y disfrutaba compartiendo, no solo su tiempo libre con los amigos, sino también los préstamos de dinero que, unas veces su padre y otras sus amigos le hacían. En esta ocasión había pensado que, si le pedía la casa de la playa a su padre delante de todos los amigos, seguro que no podría negarse. Una vez en el coche camino de la casa de campo, sacó la conversación acerca de cómo debía pedirle las llaves de la casa de la playa. Unos decían que tendría que ser muy cariñoso y que le diera un beso al llegar. Otros que lo mejor sería seducir a su madre, pues si las madres están de acuerdo, el padre termina por aceptar lo que les piden. Juanito, que no estaba muy seguro de tenerlas todas consigo, iba ensimismado en sus pensamientos y en qué hacer para conseguir que su padre aceptase la propuesta, razón por la que llevaba la cabeza en otros asuntos muy diferentes al de prestar atención a la conducción. El reloj marcaba casi las diez de la noche y deseaban llegar a tiempo para la hora de la cena y matar dos pájaros de un tiro, que no era otra cosa que “cenar y conseguir el permiso para ir a la playa”. Circulaban por una carretera no exenta de peligro pues era algo estrecha al tener las medidas justas. Se trataba de una carretera comarcal en donde había construidas muy cerca del arcén de la calzada, varias casas de agricultores, que vivían por esa zona.

El karma, la casualidad o el destino quiso que una de ellas estuviese construida en plena curva, por lo que si circulabas a una velocidad excesiva podrías darte de bruces con la pared de la casa. Juanito, nunca supo cómo llegó a ocurrir aquello. El caso es que se salió de la curva y vino a empotrarse justo en la pared que daba al comedor. En su interior se encontraba toda la familia cenando, ajenos a lo que ocurriría en tan solo unos segundos.

De pronto los comensales, escucharon un gran ruido y sin saber cómo ni por qué se les cayeron encima no solo los cuadros que tenían colgados en la pared, sino también los propios cascotes de la pared eran los que caían sobre la mesa y sus cabezas. Por un momento pensaron que era el fin del mundo y de pronto entre la gran polvareda y los cascotes vieron algo increíble, ¡el morro de un coche se encontraba en medio del comedor, pegado a una de las esquinas de la mesa familiar, como si de un invitado más se tratase!

Todos quedaron atónitos por lo que había ocurrido y porque, gracias a Dios, no permitió ningún percance grave a las personas que allí se encontraban. Tan sólo, aparte del gran susto, el tremendo agujero que se produjo en la pared del comedor que cayó a trozos junto con el cuadro de la Última Cena, las fotografías de los abuelos y otro que llevaba pintado un enorme jarrón con flores –por cierto, ¡feísimo! En medio de todo aquel desastre se quedó el coche parado con los cuatro ocupantes dentro que, sin saber qué hacer y para evitar soltar una carcajada nerviosa, se llevaron ambas manos a las respectivas bocas con todas sus fuerzas, mientras que, Juanito, también sin saber qué hacer ni qué decir, optó por bajar tranquilamente la ventanilla del coche, que estaba, como los barcos cuando encallan, varado entre los escombros y con el morro casi pegado a la mesa.

Se armó de valor, miró de reojo a sus compañeros de viaje, se santiguó, suspiró profundamente, contó hasta tres, asomó como pudo la cabeza por la ventanilla y con la mejor de sus sonrisas preguntó –Buenas noches, ¿están todos bien?

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