Las fiestas de San Bartolomé

Francisco Javier Salmerón Giménez

Los momentos de diversión eran muy escasos en la vida tradicional, con la única excepción de las fiestas patronales, organizadas de modo anual y que concentraban en el casco urbano a todos los habitantes del término para disfrutar de las únicas fiestas. El ocio era un bien muy escaso y con ellas se podía escapar brevemente de lo cotidiano. Solían celebrarse en verano, tras la recogida de la cosecha, como separación entre uno y otro año constituyendo “un útil que posibilita la medición y la ordenación del tiempo, de la vida”, según Flores Arroyuelo, para quien el año sería el intervalo de tiempo que transcurre entre una y otra fiesta, y que permitía “que la vida pueda continuar”. Se vivía en una realidad primordialmente campesina y sus manifestaciones, incluidas las festivas, hemos de mirarlas como actividades relacionadas con la tierra, con sus trabajos y sus frutos.

A la fiesta se le confirió desde antiguo un sentido religioso, de modo que viene marcada por la celebración del día del patrón cristiano de cada la población. En el caso de Cieza, su patrón es san Bartolomé, cuya figura es ensalzada como un defensor de la población contra la llegada de desgracias que puedan romper su frágil equilibrio. La defenderá de la llegada de una nube que borre sus cosechas y los deje sumidos en la miseria o evitará que una guerra y sus secuelas asolen sus campos, como se lee en un texto de 1765:

“Agradecidos los vecinos de esta villa al Glorioso Apóstol San Bartolomé a quien veneran y dan culto por la especial protección que les favorece en todas sus tribulaciones, en los estragos que causan las nubes de piedra en los campos de las jurisdicciones convecinales, en las guerras…”.

Con anterioridad a 1713, los festejos y “regocijos” populares eran organizados por los “distinguidos de la Villa”, como son denominados en algunos documentos, sin ningún modelo de organización coherente y duradero. Será entonces cuando se funde la Mayordomía de San Bartolomé como un intento de organización sistemático de las fiestas. En principio 41 personas tenían derecho a inscribir sus nombres en una cédula de papel que se introducía en un cantarillo de barro custodiado en el Arca del Archivo, en las Salas Capitulares contiguas a la Iglesia del patrón. Después de ser volteado, la mano de un niño extraía cuatro de las cédulas que contenía. Los elegidos se encargaban de costear y organizar las fiestas del año siguiente. Se celebraba como colofón a los festejos de ese año, presentándose los elegidos en el balcón ante muchos vecinos que aguardaban el resultado del sorteo y que acompañaban a cada uno de los nombres voceados con el lanzamiento de un cohete. Las fiestas habían acabado y la organización de la siguiente se ponía en marcha.

Se celebraban anualmente, siempre que una mala cosecha, una guerra o una epidemia (el coronavirus no ha sido el primer patógeno en detener una feria en Cieza) lo impidieran. En el Camino Real de Madrid tenían lugar los “regocijos públicos”, siendo los principales un castillo de fuegos artificiales, una corrida de toros “encomisada” y mogigangas.

Desde 1815 se rompió el anterior esquema. Los mayordomos no serían sorteados en adelante, transformándose en comisionados nombrados por las autoridades locales. Mientras la Institución que representaban empezaba a perder su significado, las fiestas entraron en un período de decadencia debido a la crisis económica y a la proliferación de epidemias que no aconsejaban la realización de actividades de carácter multitudinario. La situación cambió a partir de 1858, con la introducción de otra nueva forma de organización. A partir de entonces se comisionaba al Primer Teniente de Alcalde para formar un grupo que cuide de su planificación, que tendrán una duración de tres días: 24, 25 y 26 de agosto.

Junto a las corridas de toros, elemento principal, destacaban otras actividades, como los fuegos artificiales que se celebraban en la víspera y en el día del patrón, la función religiosa en la que se incluía el panegírico del Santo a cargo de un predicador, y la actuación de la orquesta, que llenaba de música a la población. Las casetas de feria se instalaban en la Glorieta. En ocasiones, compañías de cómicos de Murcia realizaban representaciones, coincidiendo con la fiesta.

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