El higo rayado

Toñy Benedicto

Pepe y Noemí pasaban los veranos en la playa, cuando sus hijos eran pequeños. Los fines de semana solían recibir la visita de sus familiares. Alquilaban, cada año una casa o chalet distinto, en un pueblecito pequeño en el que la costumbre que tenían todos era dejar aparcado el coche y sacar las bicicletas, que sería su vehículo durante las vacaciones. Todos los miembros de cada familia, tenía su propia bicicleta. Entre los vecinos, siempre los mismos, había una gran amistad, tan fuerte que parecían familia. Conchita y Rafael, eran sus amigos más íntimos en aquel lugar. A fuerza de verse todos los años, habían consolidado una buena amistad. Vivían en un chalet de su propiedad con un pequeño huerto alrededor en donde intentaban cultivar en macetas alguna que otra mata de tomates. La reina del huerto era una higuera situada en el centro. Bajo su sombra pasaban la mayoría de las calurosas tardes. Desde el primer día que llegaban, todos los amigos preguntaban por el estado de la higuera y de si los higos estaban ya en su estado de madurez apropiado para poder comérselos. –Hasta el mes de agosto, que nadie piense comer higos, no estarán maduros hasta esa fecha –respondía siempre Conchita.

Los días transcurrían lentos, calurosos y plácidos. Las mañanas, bien temprano, eran para hacer la compra del día en el único supermercado que, al estar atendido por un chico muy gordo, muy gordo, debido a una enfermedad, era conocido por todos, de forma cariñosa como ‘el supermercado del gordo’. Naturalmente todos iban montados en su bicicleta que dejaban aparcada en la puerta. Tras preparar la comida, se dirigían a la zona de playa, que la tenían a veinte metros de sus casas. Conchita dedicaba las siestas a preparar un fabuloso bizcocho casero que caería, tras la merienda, momento en que llegaban todos los niños de la calle a preguntar por él. Naturalmente, cada uno era portador de su propia onza de chocolate, con que acompañarlo.

Las tardes eran increíbles. Después de la merienda todos volvían a la playa para jugar hasta la hora de la cena, normalmente no se bañaban. La señora Deva, la madre de Conchita, oriunda de Cantabria, concretamente de San Vicente de la Barquera, nos dijo que su nombre hacía referencia a una diosa conocida como la diosa del agua y siempre contaba que desde que sus padres murieron nunca volvió a su pueblo, de ahí su añoranza por el mar y razón por la que todas las tardes, pasaba un buen rato sentada en una silla baja mirando el ir y venir de las olas, saboreando ese familiar olor a mar, mezclado con sus recuerdos.

Por fin una mañana se presentó Conchita en casa de nuestros amigos, traía una agradable sorpresa. En un platito portaba el primer higo rayado que había crecido y madurado en la higuera de su huerto –como lo prometido es deuda, aquí tenéis el primer higo de la cosecha de esa temporada, espero que lo repartáis como buenos padres y hermanos –les indicó. Todo fueron saltos de alegría y palabras de agradecimiento. Era un higo precioso, gordito y en su punto de madurez de color negro y con sus rayas características, de ahí su nombre. –Seguro que estará exquisito –exclamaron para darle las gracias a Conchita, por el detalle. Lo primero fue poner el higo a buen recaudo, dentro del frigorífico. Sería el postre de la comida de mediodía. Lo partirían en cuatro trozos con mucho cuidado de no estropearlo.

Tras la comida, que ese día hicieron más rápida que nunca, por eso de que tenían el higo esperándoles, Noemí se dirigió al frigo, abrió la puerta y como si de un importante ritual se tratara, agarró el platito con el higo en el centro, con las dos manos –¡no se vaya a caer! –pensó.

Después de recitar la siguiente retahíla,

–Hola don higo rayado

–que de parte del señor alcalde,

–esta noche está usted citado,

–en casa del gobernador,

–y si no se acerca, le cortará el pezón.

Después de recitar con solemnidad esa retahíla, que tantas veces había escuchado por boca de su padre cuando era pequeña, Noemí, cortó el pezón al higo, y ante las miradas expectantes de su marido e hijos, lo peló tranquilamente con una gran sonrisa y sin más dilaciones, se lo echó a la boca y ¡se lo comió!

Todo ocurrió en un santiamén, ella se dio cuenta de que se había comido el higo, y ya no había solución, en ese momento escuchó a sus hijos y su marido diciendo al unísono –¡se lo ha comido!, tras lo cual, y sin poder parar, al ver ante ella los impertérritos ojos de sus hijos y su marido, abiertos de par en par que la miraban asombrados por lo sucedido, le dio un ataque de risa histérica y comenzó a reír a carcajadas, al mismo tiempo que decía –¡perdón, perdón, ¡ay!, me lo he comido sin darme cuenta!

Share on facebook
Share on twitter
Share on whatsapp
Share on email
Share on telegram