El enjambre y los jabardos

Joaquín Gómez Carrillo

Nos quedamos en el artículo anterior cuando el hombre, subido a un perigallo alto y antes de que saliera el sol, había recogido con un calderico de cinc el enjambre que colgaba de la rama de un pino piñonero, y, descendiendo después con cuidado los cinco peldaños, lo había vertido dentro del nuevo corcho que él había hecho. De forma que ya poseía dos colmenas: la que había traído a cuestas, de noche, desde la casa del otro lado de las colinas, y la nueva que acababa de ‘fundar’.

No obstante, a los pocos días, la colmena madre soltó dos jabardos, es decir, dos enjambres menores. Un jabardo quedó agarrado al tronco de la carrasca, que no distaba más de 30 o 40 pasos del lugar, mientras que el otro salió con menos brío y formó una pelotica en unas estepas a pocos metros de la colmena. El hombre entonces, como había confeccionado un segundo corcho por si acaso, metió en él uno de los jabardos, como hiciera con el enjambre grande días atrás, y, como este por sí solo no tenía suficientes abejas para formar colmena, decidió juntarlo con el otro. ¿Pero cómo se hacía eso? El libro ‘Los misterios de las abejas’, de la casa Apis Regina, tenía la solución: había que eliminar una de las reinas. Cada enjambre, cada jabardo contenía una reina, nada más que una, y era imposible fundar una colmena con dos. De modo que había una tarea complicada: hallar la reina del segundo jabardo.

El hombre extendió una tela blanca frente a la puerta del corcho que tenía ya un jabardo dentro, y sobre ella vació el otro jabardo. Las abejas se movían sin parar y todo su afán era cubrir y ocultar a su soberana, a su hembra fundadora y matriarca. Pues solo las reinas son fértiles (fertilizadas por los zánganos antes de ser eliminados por inútiles para la sociedad de producción), y las obreras cuidan y miman a su reina, toman sus huevos que pone y forman guarderías de larvas. A unas pocas larvas las alimentan con jalea real y las alojan en unas celdas especiales: estas se convertirán en reinas, que no disputarán el ‘trono’ a su madre, sino que liderarán un número de obreras y saldrán de la colmena para fundar nuevos hogares.

El hombre, con un palito y mucho cuidado, removía la masa de insectos que no dejaban ver a la fundadora. Sin embargo, con paciencia pudo hallarla; ésta tenía un abdomen más grande y con anillos marrones, distinto al de las obreras, más pequeño y oscuro. Cuando al fin pudo cogerla con la punta de los dedos y separarla de la masa apelotonada de insectos, ocurrió algo inaudito, misterioso: las abejas amontonadas sobre el paño blanco, ‘supieron’ que se habían quedado huérfanas; un sentido que ignoramos les dio a entender que su reina ya no estaba entre ellas. Así que ‘voluntariamente’ comenzaron a desplazarse hacia la piquera del corcho. Formaron un cordón, un caminito, que ellas recorrían andando hasta que todo el jabardo por completo se introdujo en la nueva colmena, uniéndose a su ‘hermano’. El hombre, por gusto, metió la reina en una caja de mixtos y dio por terminado su trabajo. Ya poseía tres colmenas en su abejar.

Por el mes de mayo la familia tenía ganas ya de probar la miel. Así que el hombre avisó a un amigo para que ‘cortara’ la colmena, pues él no se atrevía. Se trataba del vecino de la casa de las tendidas del esparto, que era una de esas personas con maña para todo: desrababa corderas, capaba marranos, desorejaba perros, cortaba colmenas y hasta hacía de matachín si se terciaba; también tenía una jeringa grande de cristal y una caja de agujas como banderillas, y, si había que poner algunos tarros de penicilina a alguien de la vecindad, allá que iba él y le asaeteaba el culo.

Era una mañana de domingo del mes de la Virgen; las retamas explotaban su amarillor y las estepas exhibían flores grandes de pétalos rosa violáceos y bellamente arrugados. El de la casa de las tendidas del esparto llegó temprano, andando, con los trastos metidos en un saco de arpillera. Entonces el hombre, que salió de los corrales de poner pienso a las mulas, le indicó el sitio de la colmena. Y el otro, con sus manos desnudas (sólo se metió por la cabeza una careta de tela, algo mejor confeccionada que la que había hecho el hombre con el saco de Nitrato de Chile), se dispuso a ejecutar la faena.

Al de la casa de las tendidas del esparto se le notaba confiado; había cargado el ahumador con hojas secas de ciprés, cuyo humo no atufaba; llevaba además una palita de hierro de rabo largo y un enorme cuchillo jifero, pues en el interior de la colmena había que cortar los panales literalmente. El hombre, protegido de las abejas soldado que giraban con zumbido amenazante, asistía al otro llevando un lebrillo en la mano.

Retiraron la tapa superior, levantaron un poco el baleo de pleita y comenzaron a insuflar humo con el fuelle del ahumador, lo cual hizo que las abejas retrocedieran hasta la parte baja de la colmena, quedando libres los panales superiores, los cuales, el de la casa de las tendidas del esparto, fue cortando con su cuchillo y extrayendo con la pala. Éste era de pocas palabras, mas parecía dominar bien el oficio. Cuando cortó los panales hasta la cruz de los dos palitos de mitad del corcho, dio la vuelta a la colmena para que así cada año se extrajeran los panales más viejos.

Al final se fueron hacia la casa oxeando las abejas que perseguían el lebrillo; allí el vecino de la casa de las tendidas del esparto cortó varios trocitos de panal sellado y, con la punta de su cuchillo, los fue entregando al hombre, a la mujer y a los críos. En la boca, explotaban al morderlos y derramaban todo el dulzor como un alud de gloria. Luego, éste se marchó con un presente de miel que la mujer le puso en una merendera de aluminio. Y, como no le hacía llevarse los apichusques en ese momento, los dejó metidos en el saco de arpillera: la careta, el ahumador, la pala y el cuchillo. Que la mujer alzó en el rincón del tinajero.

(Continuará)

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