¡Un extraño olor!

Toñy Benedicto

–Una noche estrellada y muy clara, debido a la luna llena que se reflejaba a sus anchas, sobre las aguas de un mar tranquilo… –así comenzaba esta historia, Pepi, la nueva vecina que llevaba viviendo entre nosotros hacía tan solo una semana y que nos relató a la hora del café en el patio de la casa. Por cierto, que nos dejó un tanto perplejos.

Debido al calor que hacía, teníamos la cancela abierta para conseguir, con suerte, un poco de corriente de aire. –Aquella noche y los días sucesivos tuvimos una experiencia que no sé todavía cómo calificarla, ustedes mismos, cuando la escuchen saquen sus conclusiones –volvió a insistir Pepi, al comienzo de su narración.

–Hacía una noche espléndida, aprovechamos para echarnos en las tumbonas de la terraza que daba a la playa. La luna, las estrellas, la brisa marina y el sonido de las olas con su ir y venir nos tenían seducidos en una agradable sensación de bienestar. De pronto un infrecuente olor, no exactamente el de un cigarrillo, pero algo así, nos despertó de nuestro letargo.

Todos nos miramos y preguntamos –¿qué es ese olor, de dónde viene? Alguien tuvo la ocurrencia de decir que se olía a porro, y todos los demás nos echamos las manos a la cabeza. –Pero si aquí no fuma nadie y los vecinos son todos mayores, ¿qué estás diciendo?, eso debe ser otra cosa.

La noche discurrió debatiendo acerca de cuál era el origen de ese extraño olor. Al cabo de un rato aquello desapareció y nos olvidamos.

Antes de acostarnos se me ocurrió asomarme al balcón de los vecinos por un lateral y con las luces apagadas, me fijé en que había dos personas descansando plácidamente en sendas tumbonas que se encontraban de espaldas a mí y no pude ver quiénes eran, pero sí me percaté de que una de ellas estaba fumando, pues el humo salía por encima de la tumbona. Supe que una de ellas era la abuela, porque pude escuchar su voz hablando muy bajito para no molestar.

No le di mayor importancia, precisamente esa noche apetecía dormir al raso. Al día siguiente –continuó contando Pepi –me despertó ese particular olor de buena mañana. Me asomé con disimulo al balcón de los vecinos y vi que la abuela estaba desayunando y junto a ella había un hombre, que resultó ser su yerno. Un rato después volvió ese olor exclusivo que no era de tabaco normal y que me dejó, de nuevo, alerta. No dije nada al resto de mi familia, en esos momentos estaban todos dormidos y no quería despertar falsas expectativas.

A la hora del baño, nos bajamos todos a la playa, agarramos los bártulos obligatorios como la sombrilla familiar, las sillas, tumbonas, bolsas con las toallas, los flotadores de los niños, la bolsa con los juguetes, una pequeña nevera portátil con fruta para los niños y botellines de agua. Pasamos una mañana estupenda, charlamos con los amigos de la playa, paseamos por la arena y nos bañamos en el mar. De vez en cuando venía de nuevo ese olor tan extraño que ya se nos estaba haciendo muy familiar.

Miramos a nuestro alrededor y observamos a algún bañista, mujeres incluso, tomando el sol y fumando, pero no vimos a nadie fumando porros o algo por el estilo, aunque el olor se percibía, no conseguimos descubrir quién era el fumador.

Esa tarde después de comer ocurrió lo mismo que la noche y el día anterior, de nuevo volvía ese peculiar y extraño olor desde el apartamento de los vecinos. Entre las personas que estaban de tertulia se encontraban los familiares y amigos que habían venido a pasar el día y con ellos la familia habitual, como era natural. Esta ocasión los vecinos hablaban en voz alta y pudimos escuchar la voz de un hombre, por lo que dedujimos que era él quien fumaba aquel tabaco con ese olor tan extraño.

Los días iban pasando y poco a poco nos fuimos acostumbrando a ese característico tufillo que ya se notaba, no sólo en la terraza de los vecinos, sino en la playa y en la terraza de la cafetería. Siempre coincidía cuando todos los miembros de la citada familia estaban juntos, pero seguíamos sin conseguir averiguar quién era la persona que fumaba ese tipo de tabaco.

Por fin, llegó el lunes, en la casa no se escuchaba nada ni a nadie y pensamos que se habían marchado todos. Al cabo de un rato de silencio total llegó la sorpresa, comenzamos a oler de nuevo ese punzante olor y ya no tuvimos duda alguna –¡era la señora mayor quien fumaba!, hicimos un pequeño comentario, acerca de esa peculiaridad, sin darnos cuenta de que los niños estaban por allí. Una vez en la playa, los niños se pusieron a jugar con unos amigos que estaban un poco alejados de nosotros. Nos dimos una vuelta paseando por la arena para buscarlos y fue entonces cuando de pronto vimos venir a nuestros pequeños corriendo, señalando con sus dedos a alguien y gritando a todo pulmón algo que no comprendíamos.

Por encima de las cabezas y un poco alejada de nosotros, descubrimos a la vecina de nuestro apartamento sentada en su tumbona, debajo de su sombrilla y fumando tranquilamente. Y entonces la pudimos ver haciendo todo un ritual, hasta los niños la vieron y sorprendidos dijeron –¡la abuela fuma porros!

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