La historia de la colmena

Joaquín Gómez Carrillo

Por aquel tiempo el hombre había leído, en un ABC pasado de los que le daba la Señorita con las revistas de ‘La Familia Cristiana’, un anuncio de la casa Apis Regina de Madrid sobre la tenencia de colmenas. De modo que, decidido a iniciarse en eso de la apicultura, recortó el cuponcico de pedido y solicitó contra reembolso un libro titulado ‘Los misterios de las abejas’, así como también cambió a un vecino del otro lado de los cerros una corderica de ahijar por un corcho (entonces en los campos se utilizaba el trueque más que los billetes).

Era verano y los días daban mucho de sí, por eso marchó al oscurecer por un atajo del monte hasta la casa del mentado vecino, y aún hubo de esperar a que éste encerrara el ganado en el corral y amamantara en la cabra la corderita del cambio que el hombre le había llevado bajo el brazo. El vecino, que cuidaba de la finca de otro señorito en régimen de aniaga (esto era un pago al año, parte en especie y parte en dinero), tenía varios corchos al amparo de la tapia del corral, y le dijo que la colmena que le entregaba era joven y que enjambraría en la siguiente primavera.

Como ya era noche cerrada y todas las abejas se habían recogido en el interior, y solo quedaban unas pocas en la puerta ventilando con sus alas, el vecino arrancó un mechón de pasto y taponó la piquera sin problemas. Después, rodeó el corcho con una soga de esparto y le dijo al hombre que se lo echara a la espalda con cuidado. Al levantar la colmena de su solera, el vecino también pasó la mano bajo el baleo inferior de pleita y decidió que estaba en condiciones de resistir el viaje.

Cuando echó a caminar, las abejas, en el interior, intuyeron el rapto y comenzaron a agitarse y a zumbar amenazadoras, pero el hombre, seguro de la atadura de cuerdas que le había hecho el vecino, mantenía cierta confianza en que los bichos no se escaparían y le aguijonearían el cogote, los brazos o la cara. No obstante, por precaución, tomó para regresar la arrodea del carril de los carros, en lugar de la senda abrupta del atajo, no fuera a ser -pensó con buen tino- que diera un trompicón en una piedra, un mal paso o un resbalón y se fuera al traste el invento.

Cuando el hombre llegó a su casa, plantó la colmena, con la piquera orientada al saliente, en un carasol arrepechado por una chaparra, donde días antes había preparado una solera de yeso. Luego le apartó el tapón de broza del agujero y se retiró a prisa, pues aun en la oscuridad absoluta algunos insectos salieron del corcho con muy malas pulgas.

Cerca del lugar de la colmena estaba el aljibe, por lo que las abejas acudían a beber en el pilón, y cuando alguna se caía dentro del agua, con un palico la sacaban para que pudiera secar sus alas y marcharse. Allí éstas no hacían nada a nadie: no era su territorio; solo había que llevar cuidado al arrimarse a coger agua para no hacerles daño; aunque sí que tenían cierto cuidado de no arrimarse a la colmena, pues en su terreno podrían atacar y picar a alguien, cosa que es fatal para el animal, ya que a diferencia de la avispa, la abeja pierde el aguijón y muere.

Llegó la época de la fecundación y, frente a la colmena, apareció un día una solada de zánganos muertos. Un zángano es un individuo que no comporta otro beneficio a la sociedad de producción de la colmena que el fecundar a las reinas; así que tras ello, las obreras con funciones de ‘soldado’ les dan matarile sin más contemplaciones y arrojan fuera sus cadáveres. Y ya por San José enjambró la colmena. Llevaba días en que se formaban pelotas de abejas en la piquera, hasta que por fin escapó un señor enjambre con su flamante reina.

El hombre, un tiempo antes, y como se daba mucha maña en hacer cosas de esparto, había preparado un par de corchos (entonces aún no se habían inventado las cajas de madera que usan hoy en día los colmeneros, con sus marcos extraíbles de alambre y sus láminas de cera prefabricadas, que llevan los hexágonos marcado a troquel). Un corcho para colmena no era ni más ni menos que un cilindro, tejido en espiral con una guita de esparto verde y albardín; su diámetro estaría por los 50 centímetros y su altura en torno a los 70 cm, llevando en el centro dos palicos en cruz; iba cerrado por sus extremos con dos baleos de pleita, y, en la parte superior se cubría con alguna tapadera que protegiese de las lluvias, a la vez que diera solidez y defendiera la colmena del embate del viento.

Fue a eso del medio día que lo vieron colgado de la rama de un pino cercano, pues cuando se independizan los enjambres, suelen quedarse en las inmediaciones al menos 24 horas, luego este envía lanzaderas a la búsqueda de alguna oquedad natural donde montar su nuevo hogar; mas es en ese tiempo cuando hay que estar ojo avizor por parte del dueño del abejar y atraparlo para conseguir una nueva colmena. Esa era la teoría que el hombre se había estudiado por las noches a la luz del candil en el libro de la casa Apis Regina.

Así que arrimó el perigallo bajo el pino y, con un calderico de cinc en la mano, se dispuso a recoger aquella inusual cosecha de insectos bullentes. Antes se había colocado un atuendo al efecto: con un saco vacío de Nitrato de Chile y una tela metálica muy fina, había confeccionado una careta que tenía más bien el aspecto de una escafandra de los astronautas de ‘Viaje a Luna’ de Julio Verne. Y aunque el vecino le había asegurado que las abejas en estos casos no picaban porque estaban ‘cluecas’, él no obstante tomó todas las precauciones. Luego, subido al último peldaño del perigallo, puso el caldero bajo el enjambre y golpeó con cuidado la rama del pino hasta que éste cayó por completo. Después vació aquel bullicio de miles abejas, que protegían y tapaban constantemente a su reina, dentro del nuevo corcho y lo cubrió con mucho cuidado.

(Continuará)

Share on facebook
Share on twitter
Share on whatsapp
Share on email
Share on telegram