De bandidos y de cárceles

Francisco Javier Salmerón Giménez

En los años centrales del siglo XIX otro famoso bandido conquistó un puesto de honor en el imaginario colectivo de las gentes de Cieza y sus alrededores, haciendo palidecer la figura de Jaime Alfonso el barbudo. El temor de los que debían viajar por los inseguros caminos era el Peliciego, quien con su cuadrilla proveniente de una partida carlista, sembraba la intranquilidad con frecuentes incursiones. Su nombre era Pedro Abellán y había nacido en Jumilla, comenzando sus correrías en torno a 1836 cuando ya tenía, junto a Pedro Palencia, una cuadrilla de treinta hombres que actuaba por toda la provincia de Murcia.

En 1840 lo localizamos entre Cancarix, Jumilla y Pinoso mientras siguen sus pasos columnas del ejército, a las que acompañan guías de Cieza. Y en abril de ese año llegaron noticias provenientes de Jumilla que apuntaban a que se había dado allí una ‘conspiración’ con objeto de engrosar sus filas. Treinta y dos ‘nacionales’ de Cieza se desplazaron para reprimirla, aunque con poco éxito pues en enero siguiente se puso precio a su cabeza, ofreciendo veinte mil reales de recompensa a quien lo entregase, vivo o muerto, como en las películas del oeste. Caería finalmente abatido en febrero o marzo de 1840, contribuyendo el ayuntamiento ciezano con una parte de la recompensa entregada a quienes consiguieron acabar con su vida.

A pesar de todos los esfuerzos desplegados para acabar con las acciones de estas cuadrillas de bandidos, el problema se hizo crónico y las persecuciones de malhechores fueron un hecho habitual para la sociedad ciezana durante este tiempo. Coincidiendo con la llegada de la Guardia Civil a Cieza en 1856 y la instalación de dos puestos de vigilancia permanente en la zona, en el Puerto de la Mala Mujer y en la Rambla del Moro, lugares en los que existían Ventas, el problema tendió a solucionarse.

Aunque los estertores del bandolerismo llegarían hasta el siglo XX, cuando un grupo de asaltadores de caminos y casas de campo capitaneado por el hermafrodita Encarnación Pascual se hizo tristemente famoso. Su acción más conocida fue el crimen de la calle Cartas, donde mataron a una madre y a su hijo. Unas coplillas recuerdan aquellos hechos:

“Entre Maleno y Carreras

y la Encarnación Pascual

mataron a la Piedaica

sin cuchillo ni puñal.

El Maleno la tenía

Y Carreas la tiraba

Y la Encarnación Pascual

Al muchacho lo estrellaba”.

En relación con las cárceles, habitaban los presos un edificio insalubre, estrecho e inseguro de donde era fácil escapar. En 1829 huyeron 13 de los 16 presos que había encarcelados y aunque en 1835 se proyectó la construcción de una cárcel más segura, con la aportación de todos los pueblos del partido judicial, en 1873 todavía no se había construido y sus condiciones de habitabilidad eran similares a las descritas. En este año, por cierto, se denunció que el encargado de la cárcel la desatendía, yendo poco por allí y que “por la noche se va a dormir a su casa dejando abandonado el establecimiento a merced de los presos”.

Podemos ambientar el desolador ambiente que existiría en el interior de la cárcel con una ojeada al inventario que se formó en el año 1845, “del que resultó la existencia de cinco pares de grillos, un abastillo de fierro, un vasico viejo de madera, una mesa vieja de madera, un candado con su yabe, doce cerrojos con sus yabes y una cadena fija en su calabozo…”.

Sólo dos de los presos fueron condenados a pena de muerte por los tribunales y sólo uno sería ejecutado. Natural de Cieza, su nombre era Felipe Sánchez y fue condenado por asesinato, por lo que fue ejecutado en la plaza pública en 1836 mediante un ritual cargado de dramatismo. Para morir con el inhumano sistema del garrote vil, llegó montado sobre un burro hasta el patíbulo montado en la plaza, vestido con túnica y cubierto con una ‘capuza’. El verdugo, que se desplazó desde Murcia colocó un pañuelo sobre su cara antes de darle muerte sobre un tablado de madera construido en la plaza, a la vista del público congregado. El Ayuntamiento costeó el traslado de su familia a Abarán para alejarlos del tétrico ambiente. Fue la última ejecución pública que se realizó en Cieza.

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