Hablaré de cuevas pintadas

Joaquín Gómez Carrillo

Qué les iba a decir, este curso me he vuelto a matricular en el ‘Aula Sénior’ de la Universidad de Murcia, pues el anterior me lo tomé sabático por causa del confinamiento (no me hacía gracia pasarme horas y horas delante del ordenador asistiendo a las clases ‘on line’). Y, como en esta modalidad de estudios, uno puede elegir entre un abanico de asignaturas, a cuál más interesante, pues así floreando he cogido una que se llama ‘La prehistoria: nuestros orígenes’. Ya por el título se puede advertir que es una materia atractiva, ¿no?; pero lo es mucho más por el profesor que la imparte: nada menos que Ignacio Martín Lerma, catedrático de Prehistoria de la Universidad de Murcia y director de las excavaciones que se están llevando a cabo en la Cueva del Arco. ¿Saben a la cueva que me refiero? Sí, aquí en Cieza, en los Losares, no lejos del Cañón de Almadenes, que además de pinturas posee un yacimiento arqueológico interesantísimo, con niveles que se remontan a los neandertales (nuestros ‘primos’ remotos que se extinguieron hace unos 40.000 años, quedando sólo los ‘sapiens’, que somos nosotros).

En nuestro pueblo poseemos varios yacimientos prehistóricos donde existen pinturas. Las primeras que empezaron a ponerse en valor, o al menos a despertar interés (aunque tarde), fueron las del Barranco de los Grajos, en la Sierra de Ascoy. En algún artículo les he hablado de este santuario rupestre; recuerdo que lo titulé: ‘La mujer de los pies descalzos’. Allí hay principalmente dos cuevas o abrigos, en cuyas paredes existen paneles pictóricos. Por desgracia tardaron mucho en proteger este tesoro arqueológico con rejas, y los ignorantes, los curiosos sin conocimientos o los bárbaros que no respetan nada, llegaron a estropear buena parte de ellas. Mas es en el paraje de los Losares y Cañón de Almadenes donde se hallan la mayor parte de las cuevas pintadas ciezanas, siendo la joya de la corona la Cueva de la Serreta, afortunadamente bien protegida y que se puede visitar hoy en día pidiendo cita en la Oficina de Turismo de Cieza. (Sobre ella publiqué un artículo titulado ‘El ídolo de la Serreta’).

Fuera de Cieza existen, como es lógico, numerosos yacimientos con pinturas, ya sea a lo largo y ancho de la Región de Murcia, ya sea en provincias de nuestros alrededores. Al respecto, uno de los abrigos pictóricos patrimonio de la humanidad, es el de Minateda, con centenares de figuras pintadas en la roca. Sin embargo es en la zona de Cantabria y Asturias, donde se encuentran las cuevas pintadas más famosas, destacando entre todas Altamira.

Altamira son palabras mayores. Al principio hubo sus más y sus menos para aceptar que aquello tenía quince o veinte mil años de antigüedad. Al pobre Marcelino Sanz de Sautuola, el primer estudioso que presentó el hallazgo a la comunidad científica en París, le dieron el disgusto más grande de su vida; se le rieron en sus barbas. “¡Amos, anda! –le dijeron–, ¿es que te crees que nos hemos caído de un nido?”. Pero, amigo mío, cuando los franceses descubrieron con posterioridad otras cuevas pintadas en su país con parecida o igual técnica, como el conjunto de cuevas de Lacaux, entonces pensaron “¡oño, pos era verdá lo de éste!”.

Conforme avancen las generaciones, menos gente habrá que ha visto Altamira, la cueva original, las pinturas reales. Yo, disculpen la inmodestia, las vi dos veces, en dos visitas diferentes en distintos años. Pero eran otros tiempos y todo el mundo cavilaba menos en cuanto al cuidado que hay que tener con estas cosas. Luego, también he visto la ‘Neocueva’, una réplica perfecta anexa al maravilloso museo de Altamira. Perfecta en cuanto al techo de la caverna y las figuras se refiere.

En la gruta original -les hablo de los años setenta-, se pasaba del ‘vestíbulo’ al interior por una angosta galería, en parte artificial para ‘corregir’ un antiguo derrumbe (ello explica que el perrico de la nena de Marcelino se metiera por un agujero, y la niña detrás, y abocasen directamente a la sala de los Polícromos). Luego se llegaba al ‘sancta sanctorum’ de la caverna, donde el techo estaba tan bajo, que los artistas primitivos (mujeres u hombres, no se sabe) pintarían en algunas zonas acostados boca arriba, casi como Miguel Ángel pintara a Dios creando al hombre en la Capilla Sixtina. Por tanto, y con tal de meter turismo, lo que hicieron entonces fue rebajar el suelo de la sala hasta que se pudiera caminar de pie, y, para que el público tuviera la perspectiva de los propios artistas del paleolítico, dejaron sin rebajar una especie de tarima de suelo original, y, sobre ella había unos cojines para poder tumbarse la gente -yo lo hice- y tener los bisontes poco más que a distancia de brazo. Suena a barbaridad, ¿verdad? Pues así eran las cosas, hasta que se dieron cuenta y cerraron definitivamente. ¡Menos mal!

Otra de las cuevas pintadas que he visitado repetidas veces en la zona -y no quiero dejar de mentar Covalanas, en Ramales de la Victoria, donde también he estado en dos o tres ocasiones, una de ellas con mis hijas pequeñas- ha sido la Cueva del Castillo. Tras mi última visita a ésta publiqué tres artículos: ‘Manos sobre Manos’, ‘El invento del espray’ y ‘El primo neandertal’ (todos están en mi blog ‘El Pico de la Atalaya’). Esta cueva se puede visitar con cupo de personas al día, como la de Tito Bustillo, en Ribadesella (Asturias).

La Cueva del Castillo, cuyas figuras pictóricas principales en su interior son manos, mejor dicho, los negativos de manos, posee junto a su entrada un gran yacimiento arqueológico, junto al cual se levanta en la actualidad el centro de interpretación de las varias cuevas que hay allí mismo en el Cerro del Castillo: ‘la Pasiega’, ‘el Oso’, ‘las Monedas’.

Si van, esto está en Puente Viesgo (Cantabria), en el valle del Pas, donde los genuinos sobaos pasiegos.

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