El coche sin letras

Toñy Benedicto

Pedro y Mari Pili eran una peculiar pareja. Ambos estaban divorciados, pero no deseaban volver a casarse –La vida nos va mejor así, sin lazos ni compromisos oficiales –solían responder cuando les preguntaban por qué si llevaban casi diez años viviendo en pareja, no formalizaban su situación.

Eran alegres, de fácil conversación, les gustaba hacer fiestas en su casa e invitar a los amigos y conocidos. Vivían todo el año en la playa porque Pedro estaba ya jubilado. Mari Pili, trabajaba en una empresa que tenía oficinas por todo el país, y solicitó el traslado a la ciudad más cercana a su domicilio. Cada día tenía que hacerse casi cien kilómetros entre ida y vuelta además de las horas de trabajo. Como ya iba teniendo una edad, solicitó la media jornada y, a partir de ese momento tuvo más tiempo libre para ella.

En realidad, a quien le vino bien de verdad fue a su incombustible coche, un Fiat 1500, de los años 1960, con matrícula M-5301 que ya estaba dando muestras de estar un poco fatigado. Por cierto, en los años 60 si comprabas algo con un préstamo del banco, se devolvía mensualmente con unos recibos que eran conocidas con el nombre de ‘letras’.

El coche, necesitaba también una buena mano de pintura. Se le veían partes oxidadas. Sus amigos decían –Pedro, ¡a ver cuándo le das una manecita de pintura porque lo tienes un poquitín enrobinado! Pedro nunca hizo caso de los amigos. Al contrario, alardeaba del buen estado del motor. Todavía era capaz de hacerse casi de un tirón el trayecto de la playa hasta Madrid, parando solo a rellenar el depósito de gasolina, pues llevaban bocadillos y agua para el viaje.

Pedro y Mari Pili vivían en un apartamento de apenas 60 metros cuadrados. Tenían un sofá cama, una cocina con lo imprescindible, tan imprescindible que, si te invitaban a su casa para tomar una copa, ¡debías llevar tu propio vaso y silla donde sentarte! Pedro se encargaba de tener siempre dispuesto el ron, el whisqui, la Coca-Cola y una bolsa grande de cubitos que compraba en el chiringuito. Tabaco tampoco faltaba.

Nada más traspasar el umbral de la vivienda, a mano derecha, una mesa cuadrada un poco grande para el poco espacio con que contaban. En la pared, dos cartelitos, en donde se podía leer Pedro y Mari Pili. A cada nombre le correspondían las medicinas debidamente expuestas sobre la mesa –así no se pierden –decían siempre que entrabas al apartamento y observaban los ojos que ponías al ver aquello que más bien parecía el mostrador de una farmacia que una mesa de comedor.

Un espejo más grande de lo habitual para dar sensación de amplitud, destacaba encima del sofá-cama situado en la pared de la izquierda, justo enfrente de la mesa. Contaban además con dos sillones y cuatro sillas de tijera, escondidas detrás de la cortina, por si llegaba algún amigo de visita sin avisar. Completaban el apartamento un microscópico cuarto de baño con inodoro, lavabo, espejo, bañera pequeñita y un bidet portátil. Para cocinar, un hornillo eléctrico. La encimera era el escurridor del fregador y en la pared un armarito-platero, debajo una cortinita de tela de flores ocultaba el cubo de la basura. Lo mejor era que estaba a pie de playa, con una terracita y unas cuantas y menudas macetas de flores muy bien colocadas encima de la valla que separaba un apartamento de otro. Una minúscula puerta de jardín, permitía la entrada y salida del apartamento por la terraza que daba directamente al gran espacio con césped que delimitaba la zona habitada con la arena de la playa. En la parte de atrás, junto a la puerta principal de entrada, tenían un armarito empotrado, cuya puerta era también otro espejo y en una vez en el exterior, cubierta con una chapa de uralita, estaba la lavadora. Al estar la casa en primera línea, el coche Fíat 1500, matrícula M-5301, lo aparcaban en la calle de atrás y la verdad es que no había persona que al pasar por su lado no le echara algún piropo del tipo de

–¡Anda que, a éste, ya se le ha pasado la edad de la jubilación!

Cuando todos se marchaban, ya casi de madrugada, Pedro y Mari Pili, sacaban su tocadiscos y sus discos de tangos, Frank Sinatra, Xavier Cugat, Édith Piaf, en fin, música para bailar y soñar. Bailaban abrazados a media luz y con la música muy bajita para no molestar a los vecinos, hasta casi la salida del sol. Estaban enamorados hasta las trancas, a pesar de su edad, y gustaban disfrutar así de su amor.

Aquella noche de tertulia, mostraron con orgullo el coche a sus nuevos amigos de la playa, alegando que a pesar de tener muchos años estaba en muy buenas condiciones. Una vez sentados en la terraza, Francisco no tardó en hacer la pregunta del millón, pregunta que le habían hecho todos y cada uno de los amigos el primer día que veían su coche. –Oye Pedro, tu coche tiene una matrícula muy rara, ‘no lleva letras’, pregunta que Pedro respondía siempre lacónicamente:

–Es que yo compré mi coche al contado.

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