El casco urbano de Cieza en el siglo XIX

Francisco Javier Salmerón Giménez

A comienzos del siglo XIX, los ciezanos habitaban un pequeño núcleo urbano, sin iluminación nocturna, con calles de tierra sin la mínima consistencia en las que la caída de la lluvia empantanaba y en las que el constante tránsito de caballerías y carruajes originaba que el agua se corrompiera, produciéndose entonces un olor fétido que impregnaba el aire, con graves consecuencias para la salud pública.

El casco urbano de Cieza quedaba en estos años delimitado por la Fortaleza, la más antigua construcción de Cieza, asomada al río Segura y la actual calle de Mesones, a la que configuraban dos conventos de religiosos que se encontraban en las afueras de la población, cerrándola. Se encontraba dividido en dos zonas claramente diferenciadas: la parte alta, de trazado plano y las Cuestas del Río, de gran desnivel y con frecuencia intransitables tras las lluvias. En el centro se encontraba la Plaza Principal que recibió distintos nombres a lo largo del siglo, donde existían porches divididos en casillas con puertas y cerrajas. La iglesia de San Bartolomé se encontraba en un lamentable estado; las Casas Capitulares estaban en un estado ruinoso y su torre sobre la que se encontraba la campana concejil y el antiguo y destartalado reloj estaba desnivelada, amenazando ruina, mientas que las barbacanas que circundaban parte de la Villa estaban en un estado lamentable.

Pascual Madoz en su Diccionario Geográfico-Estadístico-Histórico de España y sus Posesiones de Ultramar describió a la población del siguiente modo, con referencia a su situación a finales de los años 1840: “En la actualidad consta de mil trescientas casas que constituyen treinta y una calles y tres plazas, hallándose la principal en el centro del pueblo donde están constituidas las casas consistoriales, sobre las que descuella una torrecita con la campana del reloj público: también está la posada con las armas del Ayuntamiento, y un nicho de San Bartolomé, que se construyó como aquéllas en 1757. Desembocan en la precitada casa las calles del Cid, Hoz, Manga y Cartas. Las calles principales son espaciosas y llanas, casi todas con aceras; pero muy sucias en lo general, especialmente en tiempos de continuas lluvias. Por la que pasa la general se denomina la de Mesones, en la que hay tres posadas y una de nueva planta que se va a construir en el local que sirvió de hospicio a los frailes Franciscos; confluyen en ella la de Posadas, Plaza Nueva, Angosta, Herreros y San Sebastián: su entrada es por la cuesta llamada Cuesta de la Villa, y su salida por otra del barrio de San Joaquín, denominada Cuesta del Chorrillo. Se encuentra la misma a la parte del Este el convento que fue de Franciscos, fundado en 1739, cuya arquitectura es del orden compuesto, y el de monjas, Santa Clara, erigido en 1750. En el atrio de aquel edificio y principio de dicha calle, viniendo de Murcia, se ve un paseo circunvalado de una verja de madera, al que llaman Glorieta, que se formó a principios de 1843. En un extremo de la población, en dirección Oeste se encuentra la Casa Encomienda que administraba el consejo de las órdenes; al final de su descubierto se ve una torre de homenage, derruida, que titulan Fortaleza, cuyos fuertes paredones y residuos de almenas, testifican en el día la solidez de su tiempo”.

Describe Madoz una lamentable situación de abandono urbanístico que se mantendría hasta la mitad del siglo, cuando se consiguió un completo giro con la mejora de la actividad económica, que permitió entonces acometer obras largo tiempo postergadas.

Desde 1856 se inauguró el alumbrado con cincuenta faroles de reverbero, las casas fueron numeradas sobre azulejos traídos de Valencia, se comenzó a fijar un piso de casquijo y losetas en algunas calles, se reconstruyeron la Glorieta, la torre del reloj y también la fachada del Ayuntamiento…

De modo que sobre 1862 ya era notorio el crecimiento de la población, con la construcción de numerosos edificios: se arreglaron las calles y se pusieron baldosas, hasta el punto de que se hizo patente en esos años la “falta de suelo para ensanchar la población”. Poco a poco Cieza comenzó a tomar la fisonomía que hoy conocemos, alejándose del largo abandono que sufrió tras la Guerra de la Independencia.

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