Radios mágicas, III

Joaquín Gómez Carrillo

Para poder establecerse en Cieza como vendedor de radios, tuvo que acogerse a una figura societaria, de manera que por fin se instaló en la Plaza de España, en el bajo de la casa de Don Domingo Anaya, con la denominación social ‘Radio Ortuño, S.A.’. El hombre había estado en Abarán durante trece años, donde puso una tiendecica de radios y máquinas de coser para subsistir con su oficio, pues una sentencia judicial le prohibía ejercer dicho comercio en nuestro pueblo como persona física. Hay que entender que eran otros tiempos (la sombra política de la posguerra fue muy alargada) y una querella por razones comerciales de competencia desembocó en sentencia del tribunal superior de Albacete (la Región de Murcia abarcaba también a la provincia manchega y en la capital de esta se hallaba la cúspide judicial de dicha región).

Ortuño vendía las radios Invicta, a la vez que era un técnico apasionado y le gustaba destriparlas cuando se averiaban y ponerlas de nuevo en solfa. La electrónica continuaba atrasada y el modo de funcionar, un tanto rudimentario. Sin embargo, aquellas radios grandes, de madera de ébano y filos dorados, con buenas voces, que hermoseaban en el lugar principal de las casas, capaces de crear ilusiones y abrir la ventana mágica al mundo invisible de las ondas, con el tiempo fueron poco a poco desplazadas por el invento arrasador de la televisión.

Cuando yo llegué a la tienda, ya hacía bastantes años que nadie compraba una radio de las de antes, y éstas, embaladas con viruta en sus cajas, se morían en las estanterías del pequeño y húmedo almacén; allí se oxidaban sus potenciómetros, se secaban sus condensadores, se agrietaban sus resistencias y se echaban a perder sus lámparas. Hasta que en sucesivas limpiezas fueron desapareciendo, y con ellas, el tiempo en que las historias había que imaginarlas escuchando. Cuando llegué a la tienda de Ortuño, la gente había empezado a adorar los electrodomésticos. Pero sobre todo, la reina había pasado a ser la televisión.

Años atrás, Ortuño y su concuñado Zamora, promovieron la colocación de un repetidor de televisión en el monte de la Atalaya. Mas todo era aún tan primitivo, que dicho aparato funcionaba a válvulas (‘peras’, que decía la gente). Este repetidor, junto al camino de la umbría, recogía la señal de la VHF de Aitana, que llegaba en el canal 3, y la repetía sobre el pueblo en el canal 5; de manera que ya no hacían falta aquellas aparatosas antenas sobre los tejados. Aunque por entonces solo había una cadena, que emitía unas cuantas horas al día, y que a la media noche tocaba el himno nacional y se acabó lo que se daba.

Los televisores, también de la marca Invicta, en blanco y negro, que vendía Ortuño poblaron las casas de numerosos clientes, y su uso ya se hacía imprescindible: si se rompía la tele, creían estar en un duelo, aseguraban los nuevos teleadictos. Aquellos aparatos funcionaban a válvulas todavía y carecían de placas de circuito impreso, por lo que sus condensadores y resistencias, enmarañados en su interior, se tejían en el aire como una araña de mil patas. Y fue por aquel entonces que, como lo más fetén del progreso, se creó la UHF. (¡Qué grandes éramos ya en España: teníamos dos cadenas, la VHF y la UHF!). ¿Cómo iba a llegar a Cieza esta nueva señal de televisión? Pues no quedaba otra que cogerla también de Aitana (Alicante), pero como allí la emitían en el canal 32, aquí llegaba tan débil cual un suspiro, por lo que de nuevo Ortuño y Zamora idearon colocar un repetidor en el Pico de la Atalaya.

Un fulano de Valencia fabricaba repetidores artesanales para la UHF; los hacía como churros; eran unos armatostes metálicos y dentro metía su maraña de componentes, sin esquema alguno de sus circuitos; todo lo llevaba él en su cabeza y no desvelaba a nadie el secreto. En lo alto del Pico plantaron una torre de 15 metros de altura, sujeta por 8 cables de acero, y en la base de esta, en una casetica minúscula, metieron la caja tonta del repetidor; éste recibía el flojico canal 32 y emitía sobre el pueblo, más amplificado, el 43. Cada vez que se averiaba, ni dios sabía meterle mano: había que cargárselo a cuestas, bajarlo sin despeñarse, y llevarlo al tipo de Valencia; luego hacer el viaje inverso.

Llegó el tiempo también en que Argelia emitía muy fuerte con sus reemisores apuntando para acá, y a las tres menos dos teníamos a los moros de fondo, interfiriendo nuestros programas. Entonces Ortuño ideó ‘traer’ la señal ‘limpia’ de Murcia; y eso hicimos, buscando las ondas con un medidor de campo y una antena por los altozanos de la Atalaya, como quien caza mariposas. Pero como la Cresta del Gallo, en Murcia, emitía por el 5, hubo que cambiar nuestro repetidor de la VHF (ya era moderno, a transistores), para que recibiera en ese canal y emitiera en el 12. ¡Todo el pueblo tuvo que cambiar antenas! (Por entonces, el alcalde José Morote Valchs, interesado en dar el mejor servicio a Cieza, nos acompañó más de una vez en la Atalaya.) Y ya, unos cuantos años después, Retevisión pondría repetidores en la Sierra de Ricote, todo ya en la frecuencia de UHF: la Uno en el canal 25 y la Dos en el 28. ¡Otra vez cambio de antenas!

Mas sobre aquellos tiempos míticos de las radios, que el viento se llevó, se decían muchas cosas y existían muchas anécdotas. Ortuño contaba que había vendido una en los Casones de Abarán y, a los tres días, vino el hombre a su tienda hecho una furia, diciendo que no la quería, pues “los tíos de la radio oían lo que él hablaba en su casa”. –Eso no puede ser– le aseguró Ortuño. El hombre, muy serio, se explicó: “Mir’usté, estaban hablando de las nuevas cocinas de gas y yo salté y dije a fuerte ‘¡una mierda p’al butano!’, y entonces, claricamente, ¡y que me muera ahora mismo si es mentira!, el locutor contestó: ‘¡…Pa tu boca, marrano!’”.

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