Johnny

Toñy Benedicto

Érase una vez un chico llamado Juan, al que él mismo se hacía llamar Johnny. Le gustaba divertirse y pasarlo bien, era muy cachondo, pero que muy cachondo. Siempre andaba contando chistes y batallitas, unas más fuertes y a veces más peligrosas que otras. Sus amigos decían de él que era muy exagerado para sus cosas y sus historias. Algunas parecían hasta irreales, por la fantasía que entrañaban.

Contaba con un grupo de amigos todos chicos, pues a las chicas las respetaban y no querían mezclarlas en esas prácticas y aventuras que solían experimentar las noches de los fines de semana.

En su favor hay que decir públicamente que si bien todo el grupo echaba muchas horas en su trabajo y sus jefes estaban contentos con ellos, su tiempo de esparcimiento también lo aprovechaban al máximo.

Les gustaba la buena conversación, beber cerveza, algún que otro whisky, “más algún” que otro y siempre con buena compañía, entre los que se encontraban aquellos amigos que lo habían sido desde pequeños.

Todos pensaban igual, todos disfrutaban con lo mismo. Se juntaban los fines de semana y se olvidaban del reloj y la familia. Sin embargo, nunca dejaron de ser muy buenas personas y queridos por todos.

Pepe, Antonio, Carlos, Manuel, Javier, Frasquito y Juan, a quien llamaban familiarmente Johnny.

Johnny era el más ingenioso de todos, siempre estaba pensando en hacer algo nuevo, por lo que también tuvo algún que otro fracaso y que a Dios gracias, no pasó de la categoría de anécdota.

Vayan por delante, algunas de ellas, como ejemplo.

Eran los tiempos de estudiantes fuera del hogar.

Al estar estudiando en la Universidad, vivían en la capital, habían alquilado un apartamento que, si bien estaba pensado para cuatro personas, se metieron a vivir ocho.

Tenían un solo cuarto de baño, por lo que hicieron un horario de uso. Horario que ninguno cumplía y por la mañana siempre se organizaba un gran lío, por aquello de que todos tenían prisa para salir. Los más organizados se duchaban y aseaban por la noche, pero Johnny, lo dejaba todo para última hora. La solución para no llegar tarde a clase era comprarles el turno, les daba 10 pesetas, que en aquellos días era bastante, y conseguía saltarse la cola.

Dormían como podían, había cuatro camas y el resto lo hacía en el sofá, que no era cama. Dos en los sillones que se echaban hacia atrás y podías estirar las piernas y los otros dos, como podían, unas veces en una colchoneta de gimnasia en el suelo y otras junto con el amigo que lo dejase, en un rinconcito de la cama.

La comida era otra cuestión. Acordaron que cada uno se llevaría de su casa, la comida ya preparada y congelada para la semana. La fruta, el pan, los huevos, ya los compraría cada uno según los necesitara.

Johnny, nunca pensó en esos asuntos. Su madre le daba dinero y él compraba lo que le apetecía. El problema es que siempre se lo gastaba en tomar el aperitivo en el bar y como luego se quedaba sin dinero y con hambre, tenía que pedir el favor a los compañeros para le dieran un huevo con que hacerse una tortilla para comer.

Llegó un día en que se cansaron y al negárselo, siempre decía que aquel único huevo que quedaba en el frigo era el suyo. Al final terminaron escribiendo, cada uno su nombre en sus huevos correspondientes con rotulador permanente. La madre de Johnny, se enteró y decidió comprar vales para que su hijo pudiera comer en el comedor universitario, pero el chico, los vendía para conseguir dinero y pagarse el aperitivo.

Un día se vio tan apurado que, al no contar con dinero en efectivo, ni tampoco tener los vales del comedor, decidió vender su traje de Tuno a uno de los compañeros por veinticinco pesetas. Aquello fue un dineral que le proporcionó el lujo de permitirse tomar el aperitivo durante algunos pocos días.

Años después, cuando ya era la época del euro, Johnny reclamó el traje de tuno a su amigo, quien le recordó que el traje era suyo porque se lo había comprado por 25 pesetas y que gracias a ese negocio él pudo tomar su aperitivo de cada día.

Johnny, que no escarmentaba, no paraba de hacerla y en otra ocasión, una noche de fiesta en un Pub, se acercó a la barra y pidió un Whisky. Agarró el vaso con la mano y con el brazo en alto, dijo mirando a todos los allí presentes

–¡Cuando Johnny bebe, todos beben!

¡Un trago para todos!

Los allí presentes acudieron raudos a por su correspondiente vaso de Whisky. Así estuvo durante un rato y cuando ya llevaba al menos seis tragos de Whisky, repitiendo siempre

–¡Cuando Johnny bebe, todos beben!, se acercó a la barra, pidió la cuenta y dirigiéndose a los allí presentes, antes de darles tiempo a reaccionar, dijo

–¡Cuando Johnny paga, cada uno paga lo que ha bebido!

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