Cuando no hay ganas

María Guirao – Psicóloga

En ocasiones, cuando las personas nos encontramos en un momento de nuestra vida en el cual estamos bajas de ánimo, nos cuesta mucho encontrar motivación de forma generalizada. Esa falta de motivación se puede encontrar en cosas muy habituales como el hacer la cama y ducharnos, aunque también en las actividades que antes nos gustaba mucho hacer como salir a tomar algo con amigos, hacer ejercicio físico o tener relaciones sexuales. A veces incluso podemos dejar de sentir el mismo bienestar que antes nos generaba aquello que nos gustaba hacer. Por lo tanto, dejamos poco a poco de hacer cosas que nos vienen bien y nos cuesta todavía más ponernos a hacerlas, alimentando también así el desánimo.

Es fácil entender que cuando dejamos de hacer ciertas cosas por esta desmotivación luego nos costará más volver a retomarlas, y, además de eso, el mismo estado de ánimo deprimido nos dificulta darnos cuenta de que muy probablemente hacer cosas nos ayudará a encontrarnos mejor. Por lo tanto, romper esta inercia es, en ocasiones, muy complicado, ya que entramos en unas dinámicas, a veces sin darnos cuenta, que son difíciles de romper. Es complicado porque muy probablemente este estado de desmotivación que no nos permite hacer ciertas cosas, muchas veces también nos hace sentir culpables por no hacerlas, y esa culpa puede llevar a hablarnos o tratarnos de una forma negativa.

En mi opinión, para romper con esta desmotivación generalizada, el primer paso es pensar y entender que es normal que las cosas en este momento le cuesten más, ya que está desanimado. Cuando las personas están en un estado de ánimo deprimido tienden a pensar de forma negativa sobre ellas mismas, los demás y el mundo, y esto las lleva a actuar en consonancia a esos pensamientos negativos, aunque esto no les venga bien. Por lo tanto, lo primero es entender que si las cosas más sencillas cuestan más que antes es porque se está desanimado y es importante aprender a tratarse de una forma más empática en este punto.

Reducir la autoexigencia sería otro punto que iría en consonancia con el punto anterior. La idea sería intentar dejar de exigirnos lo que estamos habituados a hacer, ya que quizás en este punto esa exigencia no nos ayude ni nos permita ver el lado positivo de las cosas que sí estamos haciendo. Poner la atención en valorar aquello que sí hacemos y que habitualmente nos cuesta mucho hacer, por ejemplo: pensar que si últimamente me cuesta mucho salir a hacer ejercicio y hoy he salido a caminar un rato eso es algo que me vendría bien valorarme. El hacer un esfuerzo en valorar aquello que sí hacemos hará que sea más probable que aparezcan las ganas por repetirlo o hacer algo parecido para así hacernos sentir bien.

Para acabar, comentar que en ocasiones es complicado gestionar esta desgana y es normal no conseguir cambios significativos por nuestra cuenta, por lo tanto, siempre es muy recomendable buscar ayuda profesional para procesar todo lo comentado y no vivirlo como algo que no tiene solución.

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