Un recuerdo andaluz

Joaquín Gómez Carrillo

La vida entonces era más sencilla, o al menos eso me parece ahora echando la vista atrás. Y sólo hablo de los ochenta, que fue anteayer como quien dice, y aún éramos todos tan jóvenes que estábamos en la obligación de intentar cambiar el mundo. A primeros de agosto sería, que nos fuimos de viaje por la costa andaluza, mi joven y bella esposa Mari y mi hija Ana Sofía, que apenas tenía dos añicos, pero era risueña y hablaba por los codos. Como todo era bastante más simple, el coche, un Renault-5, no llevaba aire acondicionado ni airbag ni cinturones traseros, ni elevalunas, ni pantalla táctil ni GPS ni la complejidad electrónica que incorporan hoy en día los automóviles. Sin embargo, íbamos a donde queríamos y todo estaba bien. De hecho unos años antes habíamos ido a París con el mismo R-5, y con él habíamos callejeado por la capital francesa, ya que no existían los problemas de tráfico actuales en las grandes ciudades.

El viaje a Andalucía lo hicimos por etapas. Despacito. La primera hasta Vera y Garrucha, donde acampamos tres o cuatro días en un cámping grande y con buenos servicios. El pueblo de Mojácar, una monería; más las playas, un poco menos espléndidas y cálidas que las nuestras de Murcia o Alicante, que tenemos en el Levante las mejores playas de baño de toda España, pues en el norte las hay fabulosas: Gijón, Laredo, San Sebastián, ¡pero anda con dios!, el agua está para un dolor.

Estrenábamos tienda (una Altus de montaña, de doble techo, de tres plazas, ¿para qué más?), y todo lo necesario para ir cómodos: un buen colchón inflable, una mesa, dos sillones repantigables, etc. La niña lo pasaba estupendamente: todo era nuevo y novedoso. La vida era bella y daba gusto vivirla. Yo, a raticos, bajo la lámpara de 12 voltios que instalaba a la batería del coche, leía después de cenar ‘La Conjura de los necios’, de John Kennedy Toole, por lo que de vez en cuando tenía que cerrar el libro y reír para desahogarme. (Este autor, de Nueva Orleans, EE.UU., escribió dicha novela, la mandó a una editorial y le dijeron que nones; luego el pobre se murió, y entonces su madre la presentó, nada menos que al premio Púlitzer, y lo ganó; ¡lo que son las cosas…!).

En la segunda etapa obviamos Almería y continuamos carretera y manta por el interior hasta meternos en la provincia de Málaga. Entonces no había autovías y la carretera nacional 340, que iba de la Junquera hasta Algeciras, curveaba magníficamente por la costa malagueña: una preciosidad de paisajes con el mar a un lado. Y como este tipo de ruta pasaba por el interior de los pueblos y se podía parar en cualquier parte, pues el viaje se hacía muy ameno. Aún entonces todavía el viajar tenía dos emociones: la de llegar a los sitios de destino y la de vivir, kilómetro a kilómetro y pueblo a pueblo, el trayecto del viaje. (Por aquel tiempo, recuerdo que iba uno a Madrid y compraba ajos en las Pedroñeras, queso en Mota del Cuervo y jamón en Motilla del Palancar, y además tomaba café en la ‘Rana Verde’, en Aranjuez, a la orillita del Tajo. Los viajes eran como más humanizados, nos daba menos miedo el tardar un poco más, ¿para qué la prisa por llegar, si uno iba ya disfrutando todo el tiempo?).

La niña tenía su territorio en el asiento de atrás del R-5, con cojines y cabeceras para dormir, aunque todavía nos faltaba la cultura de sujetar con silletas y cinturones a los críos, y todo eso que ahora es obligado y está muy bien. Antes solo había que llevar puesto el cinturón en los asientos delanteros y en carretera. Y también se podía correr menos, por las características de las vías y por la dificultad de adelantar camiones.

Cruzamos la ciudad de Málaga sin detenernos, creo, aunque íbamos muy bien de tiempo y no teníamos prisa en llegar a nuestro objetivo de la etapa, que no era otro que Nerja, el pueblo de ‘Chanquete’ (ya por aquel entonces Televisión Española habían tomado la monita de requeteponer ‘Verano Azul’ todos los veranos, ¡qué paliza, con el Pancho, la Bea, el Javi, el Piraña…!). Nosotros queríamos ver ‘La Dorada’, mas nuestro gozo en un pozo, pues hacía poco que la habían trasladado a no sé dónde.

En Almuñécar, que es municipio de la costa granaína, paré a preguntar algo a un guardia civil: “Buenos días” –le dije–, y el hombre, que hacía plantón en el arcén, se llevó la mano derecha al tricornio y me respondió: “Buenas tardes”. ¡Oño!, miré mi reloj Casio de muñeca, con cronómetro, calendario, luz y alarma, made in Japan, y eran las doce horas y un minuto. Así da gusto, pensé, que a la Benemérita no se les escape una.

Total que entre paradas y relax viajero, felices como perdices, llegamos a Nerja a las dos de la tarde. ¿Qué era lo primero? (la niña ya iba comida bebida y cumplida con todas las atenciones). Un baño en la playa, dijo mi mujer. ¡Pos venga! Llevábamos en el coche siempre una ‘guía de Campsa’, que la compraba yo todos los años actualizada. (Obsérvese que entonces, ni ‘Google maps’ ni nada de nada.) De modo que en la guía ponía el parador nacional, la playa de Burriana y el caminito para acceder a ella con el automóvil (el parador tenía su propio ascensor de burbuja para descender por el acantilado, ¡una virguería!).

Como no habíamos visto por allí arriba ni a Julia (la pintora) ni a Floro (el municipal) ni a la panda de niños en bicicleta ni al mismísimo Chanquete, pues bajamos de inmediato hacia la playa. La arena estaba abarrotada de gente tomando el sol con sus toallas, y nadie en el agua. Mari se puso el biquini de urgencia y mientras yo sacaba los apichusques para acomodarnos en el espacio verde de bajo los acantilados y no le quitaba ojo a la niña, dormidica en el asiento de atrás, ella corrió a meterse al mar. Fue rápida, pero más rápida volvió. “¿Qué pasa?” –pregunté. “¡Que el agua tiene cubitos!” –dijo tiritando.

(Continuará)

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