El toro en la casa

Toñy Benedicto

Hacía como todos los años un calor sofocante. La calle estaba llena de gente con ganas de fiesta, comiendo y bebiendo sin parar. Bailando y cantando al compás de la música de pasodobles que una banda de músicos tocaba por todas las calles del circuito por donde horas después pasarían los toros corriendo desde sus corrales hasta la plaza de toros de la ciudad. Eran las fiestas del pueblo. Como todos los años la ciudad celebraba su ya tradicional encierro de los toros que serán lidiados por la tarde. La fiesta propiamente dicha comenzaba a mediodía, con la apertura de las puertas de todas las casas a los vecinos, amigos, conocidos y familiares que gustaran pasar a saludar a sus propietarios y tomar el aperitivo que se ofrecía de forma generosa. Multitud de sabrosas y típicas recetas gastronómicas se repartían por las mesas. Lo más típico y tradicional, que no podía faltar era la taza de caldo con pelotas. Cada mes de agosto, todo el mundo de los pueblos vecinos se daba cita allí.

La tradición popular decía que hasta que el alcalde no era informado acerca de que se habían terminado todas las viandas en los bares de la localidad, no podía dar comienzo el encierro de los toros, momento en que se debía disparar el primer cohete, anunciando que faltaban diez minutos para la salida de los toros del corral. Al escuchar la primera señal, el público comenzaba a buscar el mejor lugar. Unos subidos a los balcones, otros asomados a las ventadas del primer o segundo piso de las casas, buscaban refugio incluso encima de las tablas que había puesto para cercar el recorrido de los toros. Los más atrevidos seguían caminando por en medio de la calle, buscando un lugar o rincón estratégico donde poder ver el paso de los astados en su camino hacia la plaza de toros. Al tiempo que se escucha ese primer cohete se ven grupos de mozos corriendo desde los corrales hasta la plaza de toros. Tras unos minutos, el segundo cohete se deja oír y, de nuevo, otro grupo de jóvenes vuelve a pasar, en esta ocasión, a mayor velocidad y con el pánico reflejado en sus caras. El sonido del tercer cohete coincide con la llegada de los toros y, tras ellos, una gran multitud de jóvenes.

Es obvio decir que con el primer cohete se cierran todas las puertas de las casas y se abren ventanas y balcones que albergan al personal, además las rejas de las ventanas son escaladas por los más atrevidos. Aquella tarde, una de las casas, sin saber por qué, mantuvo la puerta abierta. No se veía a nadie dentro, tan sólo un gran pasillo que terminaba, al fondo, donde estaba el patio de la casa. De pronto, los vecinos comenzaron a gritar, –¡un toro se ha metido en la casa!, ¡socorro, socorro, que alguien llame a la policía! Los gritos no paraban de alertar del peligro, hasta que llegó un policía local que con mucha valentía hizo el intento de entrar en la casa, pero no llegó a traspasar el umbral de la puerta. Desde allí, con la pistola en la mano y mirando al personal que estaba en los balcones les preguntaba sin parar –¿qué hago, le pego un tiro, entro en la casa o qué? En esas estaba el policía preguntando a la gente, cuando aquellos que están en los balcones ven salir al toro de la casa, caminando de culo, hacia atrás. En ese momento la gente comenzó a gritar con más fuerza, –¡cuidado, el toro, el toro! – ¡Ay, Dios mío, que lo va a pillar!

El policía, que no se enteró de que tenía al toro pegado a su espalda porque estaba más preocupado en saber qué le respondía la gente, seguía mirando a los que estaban en los balcones mientras les preguntaba qué hacía. Cuando se dio cuenta de que el toro salía de la casa andando hacia atrás y que estaba ya casi detrás de él, comenzó a correr calle arriba con la pistola en la mano, gritando ¡el toro, el toro, cuidado que viene el toro! Casi al mismo tiempo se ve al toro que traspasa la puerta de la calle, muy asustado, pues detrás de él iba la dueña de la casa, vestida de negro, con un delantal gris oscuro, zapatillas negras y cubriéndose la cabeza con un pañuelo de color negro también, que llevaba entre sus manos una escoba de caña con la que daba golpes al toro en el hocico mientras le decía, –¡toro, tira p’a fuera, tira p’a fuera!, –¡venga fuera, fuera de aquí!

En esos momentos, la angustia y el miedo se transformaron en risas y chascarrillos, dejándose oír una gran carcajada al ver que el policía iba corriendo delante con la pistola en la mano y detrás le seguía el toro, que a su vez huía de la señora que le gritaba y le pegaba escobazos.

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