La generación de Mediterráneo

Joaquín Gómez Carrillo

No mucho antes se había inventado el ‘cassette’, un gran avance para escuchar música enlatada; y de los magnetófonos aquellos de cinta y bobinas se había pasado a los reproductores de cassettes portátiles, algunos con micro incorporado para grabar sonido. Todos aprendimos pronto la verdadera utilidad de los bolis ‘Bic’: enrollar las cintas de cassette cuando éstas se liaban, se salían de su caja, se arrugaban y se formaba una pegotera en los rulitos del aparato reproductor; y, cuando la cintica se rompía a veces por haberse quedado enganchada dentro del mecanismo, mañosamente la pegábamos con un puntico de Fixo, ¡y a funcionar!

En el verano de 1972 tuve la suerte de asistir al Campamento Nacional de Espeleología, que se realizaba en Ramales de la Victoria, un bonito pueblo de la provincia de Santander, situado en la confluencia de los ríos Asón y Gándara. Yo había entrado al GECA (el grupo de espeleología de la OJE de Cieza) el año antes, de la mano de Eduardo López Pascual, profesor de Gimnasia entonces del Instituto y miembro de dicho grupo montañero. Este hombre siempre nos trató con camaradería y respeto, tanto como docente, como siendo compañero en las cuevas. Tenía un ‘Dyane-6’ (siempre lo dejaba abierto en la calle, aunque eran tiempos en los que se podía dormir con la puerta de la casa abierta), y con él nos llevaba y nos recogía del monte cuando hacíamos las salidas a las cuevas. Así que convocado el campamento de Ramales ese año, Eduardo nos ayudó y nos animó a afiliarnos y perfeccionarnos en la práctica de este ‘deporte-ciencia’ maravilloso, que era la espeleología.

En el setenta y dos fue jefe de campamento un tal Jerónimo Sainz Salas, de León, pues era la OJE de León la que hacía los campamentos en Ramales, y cuando nos despidió el primer día para salir de paseo (unos cien espeleólogos, de las diferentes regiones de España, todos con el uniforme de OJE), nos dijo “…Ahora id al pueblo, que las chicas os esperan”. ¡Era verdad! Las chicas de Ramales y de pueblecicos de alrededores estaban al tanto del inicio del campamento, que se instalaba todos los años en un prado con altas hayas a orillas del río Gándara, y nos recibían como una gran novedad en sus vidas. Y no solo se amigaban a nosotros en el pueblo por las tarde-noches, sino que acudían al río a las horas del baño, en zonas como el ‘Salto del Oso’ o ‘La Presa’. Esta última era un remanso, cuyo azud estaba construido con hormigón y peñones, para desviar un canal hacia un viejo molino. El agua del río Gándara era purísima y fresca, y cuando regresábamos de las cuevas: ‘La Cullalvera’, ‘Cuevamur’, ‘Carcabón’, o las simas ‘Callejo Madero’, ‘La Haza’, nos íbamos directamente a bañarnos a La Presa, o a lavar los monos, a veces embarrados, y ponerlos después a secar sobre aquellas piedras pulidas, ‘grandes como huevos prehistóricos’ del amplio cauce del río.

Hasta aquel año, o por ahí, creo que en mi casa no había televisor (cuando mis padres lo compraron, en ca Chuchuveo, ya era un aparato de electrónica mixta: con válvulas (‘peras’) y transistores, en blanco y negro, claro. Tampoco teníamos en casa otra clase de aparatejo para escuchar música, pues la radio a pilas del campo había dejado de funcionar tiempo atrás. Sin embargo unos años antes habían empezado a venderse los famosos reproductores de cassettes portátiles Philips (en la película ‘La Vida sigue igual’ (1969), biográfica del cantante Julio Iglesias, aparece este reproductor). Era un aparato de batalla por su simpleza; nada más que llevaba una palanca con tres funciones: ‘play’, ‘avance’ y ‘rebobinado’, y con un solo altavoz; aunque como ya he apuntado, a la que te descuidabas se ‘comía’ las cintas, las enrollaba, y había que sacarlas con mucha maña y echar mano al boli Bic para solucionar el problema. Mi amigo íntimo Pascual Lucas López tuvo uno, en el cual llegamos a escuchar hasta la saciedad el ‘Jesucristo Superstar’ de Ted Neeley, el doble disco de Paco Ibáñez grabado en el Olimpia de París, o los LP ‘Mediterráneo’ y ‘Machado’, del inefable Serrat, cuando no los Beatles sin parar. Pero eso sería como dos o tres años después, en el piso de Murcia.

La caverna más impresionante de Ramales era La Cullalvera. Ahora tiene un tramo abierto al público y, por sus dimensiones y fácil acceso, la pueden visitar hasta personas con discapacidad. Mas en 1972 estaba cerrada y tapiada con un muro en su enorme entrada, aunque el monitor no se molestaba en abrir la puerta: trepábamos el muro; ¡para eso éramos montañeros! La cueva más bonita era Cuevamur, con su impresionante hundimiento interior, donde cabría la iglesia de la Asunción con su torre. La sima más grande, Callejo Madero; y la más embarrada, Carcabón, con su lago interior y sus angostas galerías. Todas las mañanas teníamos como actividad el visitar las cuevas; luego, por las tardes, algunas clases de teoría y en seguida tiempo libre para baño en el río o lo que quisiéramos.

Además de las ramaliegas, había chicas madrileñas, que estaban veraneando por allí con su familia; de Santoña, de Laredo, de Ampuero, de Colindres, etc. Y también había una peñita vizcaína, pues bajaban a pie de Lanestosa, un pueblecico limítrofe a la provincia de Santander pero perteneciente a Vizcaya. En general, intentaban ‘ligar’ con alguno de nosotros, de su elección. Ella se llamaba Ana Quintela y era de Bilbao, pero pasaba las vacaciones en Lanestosa. Estando una tarde bañándonos en La Presa, me llamó la atención para que me acercara; tenía uno de aquellos reproductores Philips y me dijo “¡escucha!” (llevaba en la boca un aparato para corregir los dientes). La canción era ‘Mediterráneo’, y la escuché con ella para hacer una amistad que luego se borraría con el tiempo, pero no así la canción, que a tantos nos durará toda la vida. Somos, con orgullo, la generación de Mediterráneo.

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