¡No vengas más!

Toñy Benedicto

El alguacilillo me entregó las dos orejas y el rabo, por segunda vez esa tarde. El rumor se dejaba sentir desde los tendidos entre las ovaciones y aclamaciones del público –“hoy ha armado el taco” –decía el público. Obtuve un notable éxito con mi ya clásica y auténtica danza de torero.

En el tercio de banderillas, asomándome al balcón puse dos pares de banderillas que levantaron al público de sus asientos.

Comencé la faena, atándome bien los machos, recogí al toro, me lo llevé a mi terreno y conseguí la mejor faena de mi vida.

Inicié la vuelta al ruedo entre vítores y aplausos y a las primeras de cambio recibí el mayor disgusto de mi vida al escuchar aquella frase, que todo el mundo repetía sin parar cuando pasaba con los brazos en alto, mostrando los máximos trofeos entre vítores de torero, torero y aplausos.

–¡No vengas más, no vengas más!, ¡Qué no vengas más! –repetía el público a mi paso, con las manos llenas de trofeos y las mujeres arrojándome flores y diciendo –¡que no vengas más!

No me lo explico. No puedo explicármelo. No sé qué pasó aquella tarde. Toda la vida toreando en las fiestas de ese pueblo y ahora me decían eso. No lo entiendo.

Con ese estado de ánimo se encontraba Pepe Rodríguez, tras la celebración del último festejo taurino en un pueblo, en el que había participado durante las últimas 15 Ferias seguidas, sin perder ni una sola. Siempre salía a hombros. Siempre se llevaba los máximos trofeos y, en esta ocasión, ocurrió lo mismo. He sido el triunfador de la tarde, como siempre y, sin embargo, sigo sin comprender la reacción del público, –se preguntaba el torero Pepe Rodríguez, sin parar.

En las fiestas del pueblo lo más notable, era la Corrida de Toros. Se celebraba el día del santo patrón. Se hacía fiesta local y siempre colgaban el cartel de “No hay billetes”. Comenzaba el espectáculo con el paseíllo de la banda de Música de la ciudad. Eso era un clásico, el público la recibía entre aplausos y vítores y al final, todos los comentarios eran iguales, – “lo mejor de la corrida de toros, la Música”, –en eso coincidía todo el mundo.

El torero que abría cartel era siempre el mismo, Pepe Rodríguez. El resto eran las figuras del momento, que se iban alternando todos los años. Aunque, el que siempre repetía era, Pepe Rodríguez. Hasta el punto de que, cuando los aficionados preguntaban en los corrillos que, ¿quién iba ese año a torear?, siempre obtenían la misma respuesta –Pepe Rodríguez y dos más. Así un año tras otro y el que hacía el décimo quinto, se llenó la plaza hasta arriba, como siempre. Y como siempre, se llevó dos orejas y rabo en el primero, y dos orejas y rabo en su segundo. Aquella tarde fue apoteósica. La gente enloquecida, aplaudiendo sin parar. Repitiendo eso de, –torero, torero–, no había tregua. La música tocando, y las palmas que echaban fuego. Al diestro se le veía muy orgulloso, tocaba el cielo con las manos, era increíble. Había superado todas las expectativas, pues a primera vista el ganado no gustó mucho y los entendidos comentaban que no era bueno, y que ese año, no verían una buena corrida. Sin embargo, Rodríguez, con su maestría, demostró quién mandaba en el ruedo. Se llevó sus dos toros por donde él quería. Desde el principio de la lidia los entendió muy bien y aunque eran un poco lentos, supo adecuar la lidia a lo que el ganado daba de sí. Al final, eran como corderitos y pasaban y pasaban y repetían y repetían. Vamos que, aquello fue una tarde muy bonita, y muy torera. Una tarde total, de locura taurina. Llena de aplausos y vítores de ¡torero, torero!, orejas y rabos.

Como cerraba plaza, pudo aprovechar para dar la vuelta al ruedo él solo, y podría estar todo el tiempo que quisiera, saboreando el éxito; pero el público, su público de toda la vida, le repetía, entre aplausos y vítores, mientras daba su última vuelta al ruedo, algo que no comprendía, gritaban todos al unísono una misma frase, que no llegaba a comprender, no entendía nada, todo el mundo repetía sin parar –¡No vengas más!, ¡no vengas más!, ¡que no vengas más!

Después de varios años, Pepe Rodríguez, el torero ya jubilado, seguía en su casa recordando lo ocurrido aquella tarde y repitiéndose sin parar,

–todavía sigo sin entender lo que sucedió, ¿cómo pudo ocurrir aquello?

–se preguntaba, mientras las imágenes iban pasando por delante de sus ojos, llorando incluso al recordarlo.

–Estaba iniciando la vuelta al ruedo entre aplausos, vítores y al grito de torero, torero. Las dos orejas y el rabo entre mis manos. Las mujeres echándome flores, abanicos, pañuelos, besos y, sin embargo, no paraban de gritar:

–Ahí tienes, todos los trofeos, pero; ¡No vengas más! ¡Que no vengas más!

No vengas más, se seguía repitiendo el torero, en la soledad de su casa, aunque habían transcurrido ya más de una veintena de años, desde aquella tarde –fue algo inconcebible, en un público que, durante muchos, muchos años, me había demostrado una verdadera devoción y esa tarde, a pesar del gran éxito que tuve, repetían sin parar y con mucha inquina,

–¡que no vengas más!, ¡que no vengas más!

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