La Inquisición en Murcia

Francisco Javier Salmerón Giménez

Desde 1478 la Inquisición ocupó en Murcia un edificio cercano al Arenal, dentro de la alcazaba construida en el siglo XV por Enrique III, coincidiendo con el paso sobre el Segura, aproximadamente en el punto donde se encuentra el Puente Viejo en la actualidad. Su fachada principal correspondía a la conocida durante mucho tiempo como plazuela de la Inquisición. Hacia el levante tenía dos soberbias torres almenadas que perduraron hasta 1717, levantándose tras su caída una tapia que aislaba sus ruinas.

En 1748 se proyectaron reformas en el edificio tras comprobar sus deficiencias, agravadas por la cercanía del Segura. Se construyeron nuevas oficinas y una portería en la nueva entrada. A pesar de ello continuó siendo un edificio poco menos que inhabitable, pues los parches constructivos nada resolvieron, como tampoco las obras realizadas desde 1816 por el arquitecto Francisco Bollarín.

Según la descripción realizada por un preso liberado en 1820 de la cárcel inquisitorial, que había sido reformada con calabozos-cueva de pequeños ventanucos que conformaban un espacio oscuro y húmedo, disponía este de “un mal colchón, con una argolla al cuello fija en la tierra, otra en cada muñeca y en cada pie, fijas también en el suelo, y una cadena muy pesada alrededor del cuerpo y pendiente de la pared”. A los presos pobres se les facilitaba una sola ración diaria de comida que consistía en una olla de menudos que los hermanos de la Tercera Orden recogían de limosna en el matadero.

Durante su primer período de funcionamiento en España su foco de atención estuvo fijado en las herejías judaicas e islámicas, a las que se añadieron después otras, poniendo también su atención en los alumbrados y en las supersticiones populares, las ofensas morales y las actitudes hostiles hacia la Iglesia y la propia Inquisición, incluyendo casos de usura y bigamia. Su principal procedimiento eran el miedo y el secreto, que incluía la posibilidad de no dar a conocer el motivo por el que un acusado era encerrado.

Los autos de fe se desarrollaban con toda solemnidad en la plaza de santa Catalina de la capital, donde los condenados se entregaban a la autoridad civil para ser trasladados al ‘brasero’ situado ‘en la otra parte del río’, donde eran quemados. En los once años posteriores a 1557 fueron conducidas hasta la hoguera 154 personas vivas y 52 en efigie, condenados por judaísmo, blasfemia, luteranismo, poligamia o prácticas relacionadas con la religión islámica.

El impacto mundial que supuso la Revolución Francesa derivó en la preocupación y en el intento de la Inquisición española de evitarla. Desde que observara que las ideas de la Ilustración venían acompañadas de doctrinas sociales radicales, el Santo Oficio había dejado de ser tolerante y pasado a la ofensiva y en los años siguientes puso su esfuerzo en acabar con la ideología liberal. La cárcel de la Inquisición murciana se llenó de liberales detenidos, encerrados en unas condiciones que no todos pudieron soportar.

El 29 de febrero de 1820 unas trescientas personas se presentaron armadas con escopetas, hachas y garrotes, exigiendo la libertad de los presos y pidiendo a gritos las llaves de su cárcel. Al no obtener respuesta penetraron en la casa destrozando los muebles y las puertas, llegando hasta los oscuros calabazos donde encontraron a decenas de presos, entre ellos a José María Torrijos. Porque el primer acto de los revolucionarios de 1820 fue el asalto a las cárceles de la Inquisición, consideradas baluartes del fanatismo con el mismo significado que para los franceses tuvo la prisión de la Bastilla, procediendo a la liberación de los presos, la destrucción de sus archivos e incluso, en Barcelona, la demolición del edificio.

Los numerosos bienes de la Inquisición murciana, procedentes de embargos y de rentas confiscadas a posibles culpables, fueron vendidos en los meses siguientes. En noviembre se anunciaba una subasta en las puertas de la casa consistorial de Cieza que incluía 102 tahúllas de tierra de riego, algunas situadas en el Fatego.

La abolición de la Inquisición en marzo de 1820 fue definitiva, convirtiéndose en un duro recuerdo y en un interesante tema de estudio para los historiadores.

(Francisco J. Salmerón: ‘El final de las cárceles de la Inquisición de Murcia’. Revista Andelma, n.º 28. 2019).

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