Pascualico

Pas-cu-a-li-co, era un chico muy peculiar, cariñoso, de trato tan agradable, que era muy querido por todos los que le conocían. Debido a un infortunio ocurrido en el momento de su nacimiento, le quedaría una secuela para toda su vida que, básicamente consistía en que hablaba con la nariz, muy despacio, como desmenuzando las sílabas y además tenía la voz gangosa

Toñy Benedicto

Estas circunstancias le hacían parecer que no era muy normal, o por lo menos, no era como los demás niños de su edad, ni como los compañeros del colegio.

Pas-cu-a-li-co, desde que tuvo uso de razón se dio cuenta de que, todo el mundo lo trataba con lástima, y decidió aprovechar esta discapacidad tan especial para hacer siempre lo que le vino en gana y aunque le decían que era tonto, nunca le dio importancia.

Lucía una permanente sonrisa en su cara, era amable, simpático y nunca demostraba su enfado cuando le decían que era tonto, al contrario, su cantinela era, en un tono irónico –¡sí, sí, tonto! –y de ahí no lo sacaba nadie. Se habitúo al saludo que todos le hacían pronunciando su nombre, imitando su voz, esa voz tan peculiar y un poco gangosa –¡Pas-cu-a-li-co! –le decían y él saludaba con la mano y con su pícara sonrisa.

Cuando cumplió la edad reglamentaria para ser llamado a filas y hacer el Servicio Militar, conocido como, la mili, recibió la debida comunicación para incorporarse a filas. El día previsto por la autoridad militar llegaba Pascualico con el reemplazo de mozos al CIR, centro de instrucción de reclutas, para iniciar su periodo de Servicio Militar.

Quince de los mozos eran del mismo pueblo. Entre ellos se encontraba nuestro Pascualico.

El primer día que comenzaron las sesiones de instrucción en el CIR, no entendía nada, o parecía no entender nada. El caso es que lo hacía todo, al contrario. Si la orden era “izquierda”, él giraba a la derecha, y al revés. Se ganó en pocos días el apelativo de “el tonto”, algo que no le afectaba en absoluto. Al contrario, seguía con su estrategia, su simpatía y su ilusión por hacer lo que le decían, y ponía todo su empeño en hacer todo lo mejor que podía o sabía. Llegó un momento en que era tan difícil que siguiera las instrucciones y las clases al mismo tiempo que los demás, que los mandos militares decidieron ponerle un instructor particular, ¡para él solo!

Algo totalmente inédito en el ejército. Deseaban que adquiriera todas las habilidades necesarias que debe tener un soldado, entre ellas superar la instrucción militar y evitar tener que licenciarlo por inútil.

Un día tuvieron prácticas de tiro y de lanzamiento de granadas. De buena mañana ya estaban todos los soldados y mandos en sus posiciones. Las órdenes eran que tenían que coger la granada con la mano derecha y con la izquierda, debían tirar con mucha fuerza de la anilla que estaba en la parte superior, para arrancarla, tras lo cual, tenían que lanzar la granada inmediatamente al barranco, con todas sus fuerzas y lo más lejos posible.

Empiezan todos con ese ejercicio, las granadas van saliendo volando y explosionando. En un momento determinado Pascualico, llega hasta el puesto del teniente con la granada en la mano derecha y la anilla de la granada en la mano izquierda. Con los brazos en alto, le muestra las dos manos al teniente y al mismo tiempo le pregunta,

– “¡Ya-es-tá!, y, a-ho-ra – ¿qué- ha-go, mi- te-ni-en-te?

El teniente al ver a Pascualico con la granada en una mano y la anilla en la otra, abrió los ojos de par en par y sin pensarlo se tiró al suelo gritando con todas sus fuerzas –¡Cuerpo a tierra todo el mundo! Y tú, ¡tira eso al barranco inmediatamente!

Después de aquello Pascualico tuvo que aguantar las risas y chascarrillos de los demás –¡mira, mira el tonto, que no entera de nada! –le decían sus compañeros de mili.

Una semana después del incidente, Pascualico fue licenciado y se marchó a su casa.

Cuando llegó al pueblo, la noticia del porqué de su licenciamiento al poco tiempo de llegar a la mili, corrió como la pólvora entre todos los vecinos y además fue el hazmerreír de todo el mundo, especialmente entre los jóvenes. Pascualico aguantó todo aquello de forma estoica cuando, a su paso, todo el mundo decía –mira el tonto, que lo han echado de la mili –al mismo tiempo que soltaban una carcajada.

Tras un tiempo aguantando aquellos insultos, Pascualico reaccionó de una forma irónica e inteligente. A partir de ese momento no volvió a callar ante esas humillaciones y respondía:

–Sí, sí, yo soy el más tonto de todos los del pueblo, pero mientras que yo he estado en la mili solo dos meses, todos vosotros, que sois tan listos, habéis hecho una mili de quince.

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